Los marxistas y el Sahara     
 
 ABC.    16/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LOS MARXISTAS Y EL SAHARA

Pese a que afirmen lo contrario las izquierdas marxistas, promotoras de las sesiones

parlamentarias sobre la descolonización del Sahara, éstas pueden venirse a convertir, al cabo,

en todo un proceso político al régimen anterior; cosa que, en principio, no merece objeción,

aunque probablemente no fuera de desear por razones de oportunidad política, pues en ello

podrían comprometerse intereses nacionales de primerísima importancia.

Pero es lo cierto, sin embargo, que tan radical inconveniencia ha tenido curso ya con el sólo

hecho de que tales sesiones parlamentarias se vinieran a celebrar. Ocasión han sido, en

efecto, para que en muchas de las preguntas formuladas primaran más, como motivo suyo,

razones ideológicas de naturaleza internacionalista, que el cuidado de preservar a todo trance

los supremos intereses nacionales.

De esta manera ha sido ahora y del mismo modo fue en el conjunto de circunstancias que

precedieron a la incoación de este debate y en la ejecutoria de los partidos que más críticos se

han mostrado con el desenlace español del tema del Sahara. No han tenido pudor nuestros

partidos políticos, especialmente los marxistas, en lavar ante los ojos del mundo los trapos

tristes más que sucios del remate de nuestra peripecia sahariana.

Es de observar, además, cómo en la historia de nuestras relaciones con el norte de África en

los últimos lustros se produjeron otros cambios de actitud que los del Gobierno español;

cambios que contrastan vivamente con algunas posiciones de moderación y responsabilidad

mantenidas ahora. Nos referimos, concretamente, a ia ejecutoria del Partido Comunista en lo

referente a nuestras relaciones globales con Marruecos.

Pedía en 1961 el P.C.E. que le fueran entregadas a Marruecos (a Marruecos, no a Argelia) el

Sahara, y Ceuta, Melilla y los peñones. Su enemiga visceral, estructural y lógica al régimen

franquista, llevábale a combatirlo sin reparar en medios ni recursos, aunque éstos afectaran al

propio patrimonio de la Patria. El P.C.E. ha tenido después, en estas y en muchas otras cosas,

su camino de Damasco, cuyas claves últimas permanecen ancladas en el más profundo de los

misterios; por muchas y variadas que sean sus fintas dialécticas en su actual versión eurocomunista.

Giros de tantos grados, en las posiciones comunistas, tampoco son rigurosamente de ahora.

Sabida es, por ejemplo, la profunda flexión política que los comunistas franceses hicieron al

inicio de la guerra mundial última. Colaboraron en la invasión alemana mientras estuvo vigente

el Pacto germano-soviético, pasando luego a nuclear la acción de la Resistencia cuando Hitler

y Stalin rompieron lo convenido.

¿Cómo, entonces, creer sin más lo que el P.C.E. proclama ahora en rendido servicio a la

democracia y a España? ¿Cómo asumir como indiscutiblemente patriótica su preocupación por

lo que España hizo o dejó de hacer en el Sahara? Otro tanto cabría preguntarse, en lo que a

este concreto tema respecta, en lo que corresponde al P.S.O.E. ¿Quién puede no pensar que

su interés en este problema es menos por el de la buena imagen de España que el de los

intereses de una nación cuyo régimen es correligionario suyo? Otros políticos, que no están ni

en el P.C.E. ni en el P.S.O.E., merecen las mismas graves consideraciones.

Al concluir este comentario sobre tan doloroso y triste asunto como es el de nuestra salida del

Sahara, no podemos menos que recordar las palabras aquellas: «Con la Patria se está con

razón o sin ella, igual que con el padre y con la madre.»

 

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