Autor: Rouco, Jesús. 
   Por la crisis española la CEE puede verse obligada a revisar su política en el Mediterráneo     
 
 El País.    07/07/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Por la crisis española la CEE puede verse obligada a revisar su política en el Mediterráneo

JESÚS ROUCO

Si algo se puede decir con algún asomo de exactitud acerca de la óptica con la que en estos instantes los

medios políticos y diplomáticos de Europa occidental analizan la crisis gubernamental española y su

desenlace, es que los cambios habidos en España —y los que probablemente se registrarán en el futuro

inmediato—, no son considerados, en realidad, ni como un producto, ni siquiera como un factor

significativo del proceso político interno, sino más bien como un efecto, y a la vez como una posible

causa multiplicadora de ciertos movimientos profundos que se están operando en el cuadro posicional,

táctico y estratégico de la Comunidad Europea, respecto de los Estados Unidos y de la Unión Soviética en

el Mediterráneo. En ese sentido no parece aventurado afirmar que, por primera vez, se asiste de forma

clara a una especie de internacionalización de la política doméstica española.

Un golpe para Giscard

El domingo por la mañana, en una conversación telefónica con este corresponsal, un miembro de la

Comisión Europea (órgano ejecutivo de la CEE), que se encontraba en Bonn, nos dijo lo siguiente:

«Tanto en los partidos como en las cancillerías de Bonn y París, el tema español ha dejado sin fin de

semana a los expertos del área. Lo mismo ocurre en la Comisión. Como es lógico, los «dossiers» van y

vienen. Pienso que ya entre los «nueve» se están preparando dos clases de informes: uno comunitario, y

los demás de carácter nacional. Claro está que ninguno se hará público ni oficial, puesto que por ahora,

sólo constituyen material de estudio, o si usted quiere, de análisis. Pero servirán de base para los debates

que sobre el caso se efectúen durante los próximos Consejos de Ministros y de jefes de Estado de la CEE.

En mi opinión personal, el cambio de Gobierno no favorece a la política española seguida hasta hoy por

la Comunidad, a causa, sobre todo, de la salida del señor Areilza, o de lo que esa salida sugiere. No quiero

decir que los sucesores del Gabinete del señor Arias, vayan a ser, desde el punto de vista exclusivamente

español, menos o más aperturistas que los anteriores. Creo que en el fondo no se trata de una cuestión de

más o menos aperturismo nacional. Hasta el jueves pasado la llamada liberalización española se

encaminaba, fundamentalmente, hacia Europa. La CEE era la primera meta de la democratización

española, y por eso el señor Areilza viajaba tanto por aquí; en cambio, puede preverse que a partir de hoy

lo serán, aparentemente, los Estados Unidos».

La opinión de este tecnócrata europeo coincide con la de los «hispanólogos» alemanes y franceses. Un

diplomático, miembro conspicuo del Partido Liberal Alemán, (FDP), señaló que «el camino elegido para

superar la crisis representa un golpe muy duro para el presidente Giscard d´Estaing». Otro tanto se estima

en los medios dirigentes del Partido Socialista Francés, e incluso en los que rodean al «premier» Chirac,

por un lado, y Servan-Schreiber, por el otro. Fue precisamente un portavoz de este último grupo quien

ayer nos aseguró que «Giscard d´Estaing, frente a los Estados Unidos, ha perdido el primer round de su

«matoh» sobre España. No cabe duda —agregó— de que el señor Suárez y los ministros que elija han de

estar, por sus vinculaciones nacionales e internacionales, más cerca de las tesis estratégicas

norteamericanas que de las europeas».

Naturalmente, ninguno de estos sectores dispone aún de suficientes elementos de juicio para confirmar la

teoría, y seguramente la elección de la persona que habrá de hacerse cargo del palacio de Santa Cruz, les

permitirá, como lo habría dicho el canciller Schmidt, «ver más claro en el bosque».

No obstante, nadie en la CEE —especialmente en Francia y en Alemania— pasa hoy por alto un

antecedente más que sugerente, y que por cierto habría sido motivo de una charla extraoficial de Giscard

d´Estaing con el señor Callaghan, durante la reciente visita que el presidente francés hizo a Gran Bretaña,

es decir, muchos días antes de la crisis: el hecho de que el Rey Juan Carlos hubiera pensado en los

Estados Unidos, y no en Europa, para hacer su primera aparición oficial en el exterior. Ha sido en

Washington, y no en Bruselas, en París o en Bonn, donde el jefe del Estado presentó por primera vez,

fuera de España, su proyecto democratizador. Por si fuera poco —subrayan ahora los expertos

europeos— la crisis gubernamental estalló casi inmediatamente después del regreso del Rey. Ningún

observador, incluidos los más maliciosos, piensa seriamente que esa estrecha relación de sucesos haya

surgido de algún «consejo» norteamericano murmurado a los oídos reales. Lo que sí se supone, y eso con

bastante fundamento, es que el Rey fue justa-mente a los Estados Unidos porque los dirigentes españoles

habían decidido ya variar el rumbo internacional de la apertura, o para usar palabras dichas en una

ocasión por el señor Areilza, a Gastón Thorn, «premier» de Luxemburgo, «los frutos europeos de la

democratización española».

Fracaso de Europa

Los socialistas franceses y alemanes, que tienen sus buenas razones —en particular electorales— para

querer destacar el «fracaso» de la política mediterránea de Giscard d´Estaing, apuntan, con humor

insidioso, una circunstancia que, sin embargo, merece atención: Giscard hizo, evidentemente, con su

presencia en Madrid el 22 de noviembre, algo más que un esfuerzo meramente diplomático en pro del

proceso liberalizador, y tanto el Eliseo como el Quai d´Orsay, se han mostrado desde entonces más

interesados que nunca —y que nadie, si se exceptúa quizá a Washington— por lo que se estaba cocinando

en Madrid. Si ahora resulta que políticos como el señor Areilza, el señor Calvo Sotelo, o hasta el señor

Fraga, que siempre escucharon detenidamente a París, se ven obligados a ceder el puesto a otros liberales

con mejores oídos para lo que en materia de política atlántica se dice en Washington, Giscard tendrá que

reconocer que su «recurso español», uno de los nuevos pilares de la «independencia» o «autonomía»

francesa en el Mediterráneo, puede dejar de existir o no dar los beneficios esperados. Así, una de las

plataformas electorales giscardianas podría venirse sencillamente abajo, para regocijo del señor

Mitterrand.

Pero lo que los socialistas prefieren no recordar es que Giscard tomó la «iniciativa española» —como en

su momento tomó la de Grecia, aun en contra de la opinión técnica de la Comisión Europea — no sólo

motu propio sino también ha pedido de Schmidt y de Wilson. quienes por sus más próximas amistades

con el socialismo hispano, a través del laborismo y de la socialdemocracia, no estaban en condiciones de

dar la cara. Por tanto, si al final el giscardismo liberal se queda retrasado en España respecto de los

Estados Unidos, su fracaso será también el de la Comunidad Europea.

 

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