Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Hay que escoger y después actuar     
 
 ABC.    03/03/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

HAY QUE ESCOGER Y DESPUÉS ACTUAR

SEÑORAS y señores: es sabido que gobernar es escoger; pero hemos de reconocer también

que vivir en sociedad nos obliga a todos a un mínimo de opciones. El que no las haga y prefiera

mantenerse en la confusión, allá él; pero no podrá quejarse de nada de lo que le ocurra a él y a

España.

Los graves sucesos de estos días nos han obligado a muchos a tomar decisiones difíciles, pero

hay que recordar que todos estamos obligados a tomarlas si no queremos que vengan tiempos

todavía más duros y delicados.

Me dirijo, naturalmente, y con toda claridad, a las derechas españolas. Y quiero decirles,

señoras y señores, lo mismo que les dijo ya don Antonio Maura en 1904: «Por muchos años los

intereses conservadores, los que en una acepción genérica se llaman derechas de la sociedad,

han podido sestear, al amparo del Poder y de la fuerza, desatendidas de la vida pública. Los

tiempos han cambiado, por manera que perseverar las clases conservadoras en esa actitud

sería el más vil de los suicidios: el de aquel que no sale siquiera al encuentro de la muerte. Las

clases conservadoras necesitan entrar vigorosamente en la vida pública y usar y ejercitar

escrupulosamente, pertinacísimamente, todos sus derechos para afrontar a las izquierdas, que

son un montón de contradicciones, pero al cabo una alianza amenazadora y subversiva.»

Maura afirmaba que había pasado la época de las oligarquías y que hoy «la política

conservadora es democrática o no es conservadora» (esta última frase es de 1913).

Esta es la primera cuestión sobre la que hay que decidirse; hay que enterarse de una vez de

que hay una derecha democrática y otra que no lo es, y que no se puede actuar fluctuando o

pululando entre ambas. Menos aún se puede, por supuesto, decir que se opta por la

democracia constitucional, y no seguir sus reglas de juego; es decir, pagar la cuota de

ciudadanía con todas sus consecuencias. Hay que votar, hay que aportar recursos, hay que

jugar al caballo de uno, que ganará una veces y otras no, pero es el nuestro.

Desde que murió Cánovas del Castillo y se pasó por el «Maura, no», la derecha española se

mueve en una intolerable ambigüedad: se deja manejar por los «idóneos» de turno (aunque los

desprecie) y se deja tentar por las aventuras golpistas como solución.

Pues bien, señoras y señores: algunos no estamos dispuestos a dejar la democracia y la calle

a las izquierdas para ellas solas, y precisamente por eso les reconocemos el derecho de

utilizarlas, con plena igualdad de derechos, en una España que siga siendo tal nación (y, lo

demás, a discutirlo) y bajo su bandera.

Optamos claramente, como he dicho, por una España que siga siéndote, pero con cuantas

reformas y modernizaciones hagan falta. No jugaremos con nada ni con nadie que ponga en

peligro esa unidad fundamental, pero es evidente que ésta puede ser instrumentada (como ya

lo fue históricamente) con diferentes grados de autonomía, desconcentración y

descentralización.

Optamos claramente por la democracia, que es decir que optamos por el pueblo. Hay a quien

no le gusta verle llenando las avenidas, las bocacalles y los «excalectric» (por cierto, ¡qué

espectáculo increíble y maravilloso el de Atocha hace unos días!); a mí sí, siempre que sea en

son de paz y sin «mueras» para nadie; y creo que no volverá a haber una España grande

mientras no sea una sociedad que no tema a su pueblo en las calles, como no le teme la

sociedad inglesa.

Optamos claramente por la seriedad en política. Estamos donde estamos por falta de seriedad,

por una serie de Gobiernos débiles y frívolos, por gentes que han pegado los gritos en un sitio y

puesto los huevos en otro, sin saber muy bien, en el fondo, ni lo que gritaban ni dónde se

dejaban los huevos. Y es hora ya de que se den cuenta los que dicen gobernar que no pueden

eludir sus claras responsabilidades si desgobiernan.

Optamos claramente por la ley, el orden, el principio de autoridad. Supongo que no tengo que

explicarlo. Pero no estamos dispuestos a que nos obliguen a escoger entre Scila y Caribdis,

entre las metralletas de unos o las metralletas de otros. Ni Don Carlos ni el petróleo. Queremos

paz, trabajo, confianza y también iniciativa, discusión, control. En una palabra, orden y

progreso, paz y libertad sin tener que renunciar a una cosa por otra.

Optamos por el realismo. No se puede cambiar una nación en días ni en meses; se puede ir

reformándola prudentemente a lo largo de los años. Ello es especialmente importante en

tiempos de dificultades económicas. Hay que hacer planes, saber a dónde se va, marcar

prioridades y etapas. Querer cambiarlo todo a la vez es dejarlo todo peor y luego, encima,

quejarse del tiempo perdido.

Nos decidimos por la moderación en todo. Huyamos del todo o nada. Como dice el refrán, vale

más medio pan que ninguno. No lo vamos a tener fácil, no creemos falsas expectativas.

Digamos siempre la verdad al pueblo.

Queremos una sociedad basada en instituciones. Una mera suma de individuos es

como la arena del desierto cuyas dunas el viento transporta de aquí para allá. Una sociedad

apretada por las cadenas de hierro de un sistema autoritario y sin debate no se deshace, pero

tampoco reacciona ni tiene iniciativas. Prefiramos los hilos de seda de las instituciones, los

lazos familiares, los vínculos profesionales, las realidades comarcales, las estructuras

asociativas, etcétera. Y tengamos mucho, pero mucho cuidado, en hurgar en las existentes; no

sabemos cuándo el sacar una ficha del dominó cuidadosamente apilado lo hace caer todo de

golpe. La mejor regla es no mover las cosas quietas; dejemos en paz a la familia y al Ejército,

por ejemplo. Lo que es compatible con las reformas adecuadas y progresivas, pero no con

experimentaciones irresponsables.

Pensemos seriamente en los problemas reales, antes de inventar otros. ¿Es que no tenemos

bastantes problemas, para entretenemos, con el terrorismo, con el paro, con la Bolsa, con la

pesca, y cien más? No recurramos a la fácil y peligrosa fórmula de darles la espalda, mientras

nos dedicamos (como Don Quijote) a dar grandes lanzadas a molinos de viento o cuchilladas a

pellejos de vino.

Vengo diciendo todo esto hace tiempo, y cada vez está más claro que no hay otro camino.

Señoras y señores: basta ya de criticar y, al ruedo, a hacerlo mejor; todos somos pocos para

arrimar el hombro en este vía crucis de España.

Lo repito: hay que escoger, hay que manifestarse, hay que mirar al futuro, hay que jugársela.

Nos va demasiado en ello, nos va España, nos va su paz civil, nos va el no convertirnos en un

país de saineta, nos va el ser una nación seria y moderna; nos va, en fin, todo lo que vale la

pena.

Quiero, en fin, terminar con unas cuantas prioridades personales. Me gustaría poder contribuir,

de algún modo, a la realización de tres objetivos prioritarios: una España unida, una juventud

con ilusiones y una derecha democrática.

Una España unida, como puede estarlo una sociedad moderna, que es algo pluralista y

complejo, pero unida en dos sentidos: uno, que todas sus regiones, cada una a su manera, se

sientan españolas y en competencia, como dice el bellísimo himno valenciano, «para ofrendar

nuevas glorias a España». Otro, en el sentido ciceroniano, de que hay unas pocas cosas que

nadie discute; pocas, pero importantes. Mi lista es: la misma unidad de España, la Corona, el

actuar siempre por caminos legales. Todo lo demás, a las disputas propias de hombres.

Una juventud con ilusiones. Lo cual supone una cosa: darles quehacer. Hoy, en realidad, no

pasan; les hacemos pasar porque les damos dinero sin función y voz sin responsabilidad.

Y, en fin, una derecha democrática. Elijamos a Reagan o a Thatcher; dejemos en paz los

pronunciamientos. Porque podemos hacer lo primero, no tenernos disculpa ni tendremos buena

conciencia si hacemos concesiones a lo segundo.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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