Autor: Miguel y Martín, Antonio de. 
   No entraremos     
 
 Ya.    12/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

NO ENTRAREMOS

Por Antonio DE MIGUEL

LOS más optimistas de nuestros amables enemigos - enemigos de que les quitemos el "chollo"

maravilloso que ya entrevió el político belga Van Zeeland al decir que el Mercado Común europeo

llegaría a ser la más brutal autarquía en favor de unos cuantos países privilegiados - calculan que allá para

el año 1985, si las cosas no se enconan demasiado, "quizá" podamos entrar en el Mercado Común. Eso sí:

hemos de reconocer que jamás hemos recibido una mala palabra ni una frase molesta, como cuadra a la

más exquisita diplomacia. Éramos, por generosa concesión de nuestros benéficos contradictores, los más

guapos, los más salados, los más simpáticos de los hombres de la Tierra, pero de acercarnos al templo

sagrado del MCE, de la calle Beliard, de Bruselas, ni hablar. Primero fueron razones puramente políticas.

¡Ah, si no fuera por la maldita dictadura franquista! Pero luego, cuando Franco desapareció, surgieron las

dificultades puramente técnicas. ¡Ah, si España no fuera tan anárquica, tan suya en materia económica y

financiera! Y cuando se demostró que lo que ocurría en España a este efecto no era distinto de lo que

ocurría en cualquier otro país, salió, por fin, el verdadero motivo de la feroz inquina "europeísta" hacia

nuestro país: España era un enemigo mortal en el terreno competitivo de las agriculturas francesa e

italiana. Ninguno de los dos países consentiría, por consiguiente, que los españoles entraran en el viejo

"katipunam" europeo. A pesar de las magníficas palabras y sustanciosas promesas coleccionadas por el

presidente Suárez en su gira por unos cuantos países europeos. No entramos y no entraremos ni a medio

ni a largo plazo en la Comunidad Económica Europea.

Y realmente ¿nos conviene entrar? Doctores tiene la Iglesia y técnicos supersabios el Estado para decidir

sobre esta cuestión. Nos-otros, humildes plumíferos y más humildes economistas todavía, nos tenemos

que atener a lo visto y a lo dicho a lo largo de los veinte años que el tratado de Roma lleva de vigencia.

Cierto que en alguna ocasión se nos han hecho proposiciones tan deshonestas como aquella de que el

Mercado Común estaría dispuesto a rebajar en un 60 por 100 sus aranceles para productos fabricados si

nosotros accedíamos a reducir en un 40 por 100 los nuestros para los mismos productos. ¡Maravilloso!

Eso hubiera equivalido a decir que nosotros, generosamente, estábamos dispuestos a dejar entrar gratis

todas las naranjas y todo el aceite que quisiera el exterior, seguros de que nadie se iba a acoger a tan

liberal propuesta. Además, y a la vista de las cifras cantantes y vociferantes de nuestros ingresos

arancelarlos, resultaría que al abrir completamente las puertas de nuestra importación nuestro erario

perdería definitivamente ese 40 por 100 de ingresos, que iría a nutrir las arcas de los comunitarios.

Estupendo. Y en el proyecto de acuerdo entre España y el Mercado Común de 1967, que, como todos, no

prosperó, además de mostrarse completamente intransigentes en relación con el trato arancelario dado a

los agrios, las frutas y las patatas tempranas, mostraron cierta condescendencia con las legumbres y con

las anchoas en salmuera, que no tenían ninguna importancia para nuestra economía.

NATURALMENTE que nos tenemos que apuntar a las propuestas dadas, en relación con la agricultura

europea, por aquel economista, Mansholt, que previo la reestructuración del campo de todos los países en

tres fases: de corto, medio y largo plazo, aunque hemos de hacer constar, de ahora para siempre, que

semejante reestructuración y homologación era un auténtico sueño de verano. Mientras tanto es

interesante revisar las consecuencias no ya de nuestra pedida y no concedida hasta ahora adhesión al

Mercado Común, sino de nuestra simple asociación al mismo. Un economista español de grandes saberes

y auténticos alientos, el señor Sánchez Asiain, hizo un estudio muy completo de lo que dicha asociación

iba a traer en el terreno fiscal, y resulta que, por ocupar España un lugar privilegiado en el cálculo de los

costes, su competitividad era tan eficiente que el ingreso de nuestro país en dicha Comunidad traería

aparejadas sendas pérdidas, tanto en el sector presupuestario como en el sector económico. Porque

España, en la comparación de los sistemas fiscales europeos, se encontraba justamente en la mitad de la

proporción de los impuestos directos y los indirectos, tan distante de Holanda, donde los impuestos

directos suponen más del 56 por 100, como de Grecia, donde no llegan al 24 por 100. Además debe

hacerse constar que ahora, principalmente, el volumen total de los impuestos pagados a la importación

excede con mucho de los que realmente pagan los productores nacionales. Aparte de que la falta de

semejanza fiscal es tal que nuestro arbitrio sobre la riqueza provincial no tiene par igual en ningún otro

país europeo, así como el viejo impuesto del timbre, transformado en el IIT, tampoco. En cuanto a los

impuestos sobre el consumo, al lado de los países que sólo gravan algunos productos, como el azúcar y la

gasolina, etc., nosotros gravamos muchos más productos de consumo directo o indirecto. Decididamente

no entraremos en el Mercado Común, por mucha diplomacia y guante blanco que se ponga en el asunto.

 

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