Autor: Ortega, Félix. 
 El ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. 
 Un proceso largo y costoso  :   
 Cuatro problemas básicos: Agricultura, cambio en el poder decisorio, libre movimiento de mano de obra y costos económicos. 
 Arriba.     Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL INGRESO DE ESPAÑA EN LA COMUNIDAD ECONÓMICA EUROPEA

UN PROCESO LARGO Y COSTOSO

* Cuatro problemas básicos: Agricultura, cambio en el poder decisorio, libre movimiento de

mano de obra y costos económicos

BRUSELAS

De nuestro enviado especial, FÉLIX ORTEGA

BRUSELAS. (Crónica para ARRIBA.) - Pese a los problemas económicos, grandes, pero no tan grandes

como los han presentado aquellos países interesados en magnificarlos, el imperativo político manda y el

reforzamiento de la democracia española ha sido el factor definitorio capaz de asegurar ya hoy que

España entrará en las Comunidades Europeas. Este es el resumen sintetizado del viaje del Presidente del

Gobierno, Adolfo Suárez, por las nueve capitales comunitarias, convencidas, a veces a regañadientes, de

que no hay razón para negar lo que Suárez ha esgrimido, simplemente como un derecho, y de que el

aislamiento a la joven democracia no ayuda a apuntalarla, mientras que el lazo comunitario es un escudo

antitotalitario y, con la ampliación de mercados para el nuevo miembro, una garantía, desde luego no a

corto plazo, de la continuación del crecimiento económico.

El factor político ha sido el básico. Pero si la Comunidad ayuda a las tres democracias que han pedido la

adhesión también estas peticiones ayudan a una Comunidad considerada, por muchos como un barco que

se hunde y que, cuanto menos está en crisis y puede ahora, con las decisiones que tiene por delante, crear

la imagen de actividad precisa para realizarse ella misma, a nivel de organización intentar salir de su

propia parálisis.

Suárez: «No admitiremos condiciones previas»

Como el factor político es básico, parece muy probable que nadie rechistara ante la advertencia de Suárez

en el sentido de que España no admitirá preadhesiones ni condiciones previas a ningún nivel, se? éste de

tasa de inflación «conveniente» o nivel de desempleo también conveniente. Hay precedentes. En 1976 ya

se rechazó, por el mismo Consejo de Ministros de la CEE, la petición para Grecia de un período de

preadmisión, basándose el rechazo en que ello constituía poco menos que en insulto para el recién nacido

régi-men griego. Por lo demás, el proceso de entrada será largo y tedioso.

En cierta manera, la reciente confusión sobre el horario de entrada de cinco o diez años era un diálogo

inútil al tener razón todo el mundo, tanto Helmut Schmidt al hablar de diez años como quien hablaba de

cinco, porque, en definitiva, todos estaban de acuerdo en que en cinco años más o menos se firmará el

tratado de adhesión pero luego habrá también más o menos, otros cinco para el período de transición o

adaptación de la economía española a las comunitarias. Desde un punto de vista técnico al firmarse el

tratado de adhesión un país ya es miembro de pleno derecho de la CEE, pero desde un punto de vista real,

económico, sólo cuando acaba su economía el período de adaptación y se somete a pecho descubierto al

impacto sin almohadillas de la competencia comunitaria se puede hablar de «miembro pleno». Lo otro es

como el niño que está en el colegio: es miembro de la familia, pero aún está aprendiendo y papá y mamá

le ayudan para soltarle un día, sólito, a recibir bofetadas por la vida. En cualquier caso, debemos tener en

cuenta que Gran Bretaña estuvo doce años antes de lo que podemos llamar asociación plena, y debemos

tener en cuenta que un pro-ceso demasiado rápido perturbaría seriamente todos los sectores de la

economía española.

Del viaje se desprenden cuatro problemas básicos: En primer lugar, el caso agrícola, problema

comunitario y menos importante, pero fundamental para España, el caso industrial. En lo agrícola, cuatro

productos españoles parecen perturbar a Francia y, en menor grado, a Italia: el vino, los melocotones el

tabaco y el aceite de oliva. Y aquí surge la gran contradicción comunitaria, que no ha resuelto todavía los

problemas de sus agriculturas del sur mediterráneo ni eliminado de lejos la pobreza agrícola del sur

italiano y francés.

Por el lado español, y en el caso agrícola, es preciso plantearse varios temas: En primer lugar, el hecho de

que al no poner España pega alguna a los productos del norte comunitario tiene derechos adquiridos. En

segundo lugar, a la vista de la situación, es preciso replantearse un horario urgente de reestructuración de

la agricultura española de cara a la entrada comunitaria, porque cuando el setenta y cinco por ciento de la

producción española tiene características mediterráneas se puede hablar de exceso de dependencia

agrícola. Sin ir más lejos, los agroeconomistas portugueses están ya planificando una reforma productiva

en su campo. Más tomates, uvas, guindas, judías verdes y pepinos en el caso de productos frescos, y más

zanahorias y coliflor congelada. Sus estudios indican que la Comunidad consume más de unos producios

que de otros y funcionan en consecuencia.

En lo industrial, el impacto será menor en la industria pesada que en la pequeña empresa, que será

duramente golpeada si no forma consorcios o cooperativas y no se moderniza. El industrial español debe

poner fin por sí solo a las décadas de proteccionismo y al híbrido extraño de fase capitalismo en que

cómodamente se ha movido. Si no se mueve perderá hasta el mercado interno.

El segundo gran tema de la adhesión es el del cambio en el poder decisorio. Primero fueron seis países

comunitarios que votaban por mayoría mediante un sistema en el que los países más importantes tenían

más capacidad de voto. De Gaulle acabó con ello en 1966 y desde entonces todos tuvieron capacidad de

veto y, por ello se hizo precisa la decisión por unanimidad, muy difícil con doce miembros. Hoy el debate

está entre unos grandes que creen en la necesidad de tener una «mayoría cualificada», una especie de

«directora-do» y unos pequeños que creen mejor volver al sistema primitivo.

No, a la tesis de Schmidt

El libre movimiento de mano de obra, es otro escollo en una Comunidad con paro creciente. El tema lo

suscribió Helmut Schmidt en la «cumbre» de la CEE en Londres. Ciertamente, la República Federal tiene

más de un millón de parados y teme que al ingresar tres nuevos miembros en la Comunidad el derecho de

libre circulación laboral produzca sobre ella el derrame del paro externo. Pero es imposible aceptar la

tesis de Schmidt de crear en la Comunidad ampliada ciudadanos de primera y de segunda, limitando de

cualquier manera la libre circulación de los trabajadores de los nuevos miembros. Por otra parte, es

innegable que éstos pretenden con el ingreso un relanzamiento económico que a la larga elimine ese paro

que, sin embargo, se va a producir y acentuar en la etapa inicial de la asociación, al quedar eliminadas del

panorama las ramas económicas menos adaptadas a la nueva situación y menos competitivas. Además,

aún queda por demostrar que un nuevo miembro traiga emigración a la CEE. El caso británico es claro.

La adhesión se produjo en plena crisis, pero Gran Bretaña no envió mano de obra a la CEE.

Finalmente, los fondos de ayuda y los costos económicos. Hay países, los débiles de la Comunidad, que

resienten la dispersión de fondos de ayuda en el futuro ampliado. Hace un año Irlanda pidió que ningún

país de la CEE que hoy disfrutara de un beneficio de ayuda lo perdiera en una Comunidad ampliada.

Petición casi imposible porque entramos de nuevo en eso de ciudadanos de primera y segunda. Es claro,

sin embargo que los tres peticionarios recibirán más de lo que cotizarán.

Hacia una «Europa de los 12»

Pero la política manda y España entrará, como Grecia y como Portugal. Entretanto, acaso algún tipo de

asociación intermedia, por ejemplo, esa cooperación política sobre la que acaso se decidan los

comunitarios, que son los que tienen la última palabra. Sería un buen comienzo para la pobre Europa. Una

asociación política de doce, aislando de ella a lo económico, sometido a su propio ritmo, permitiría

probar, de cara al mundo, si eso de la Unión Europea es algo más que un sueño limitado a unas tarifas y

unos precios de patatas.

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