La izquierda española ante Europa y la O. T. A. N.     
 
 ABC.    03/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. MIÉRCOLES, 3 DE MAYO DE 1978.

LA IZQUIERDA ESPAÑOLA ANTE EUROPA Y LA O. T. A. N.

La visita a Madrid del presidente de las Comunidades Europeas, Roy Jenkins, y sus precisiones —

coincidentes con las realizadas por el ministro Calvo Sotelo— han matizado en forma de especial

actualidad el tema, complejo y vario, de las relaciones presentes y del futuro de España en el Mercado

Común.

De momento, puede decirse, el diálogo hispano-comunitario discurre por los cauces normales y propios

de nuestra actual situación nacional. En el orden práctico se han cumplido las premisas políticas que

condicionaban enérgica-mente nuestras posibilidades de integración en las instituciones políticas y

económicas de Europa. Lo que resta desde el presente hasta el día en que se alcance nuestra incorporación

cabal a los circuitos económicos de la C. E. E., definido está por un conjunto de problemas en el que tanto

pesan nuestras aspiraciones legítimas como las dificultades generales de la Comunidad, constreñida a una

reconsideración de sus actuales estructuras ante la distinta dinámica que le habrán de imprimir las en-

tradas en ella de España, Portugal y Grecia.

Pero no son sólo estas cuestiones cualitativas las que preocupan; existen otras que, siendo independientes

del número de miembros de que finalmente conste la C. E. E., suscitan, desde los medios doctrinarios de

nuestra izquierda marxista, discusión sobre los propios principios económicos en torno a los cuales se

encuentra centrada la tarea de la integración europea. Principios de libre empresa y de economía libre de

mercado.

No sólo difieren los socialistas españoles de sus correligionarios europeos en lo tocante a la O. T. A. N.

(el socialismo español es el único socialismo antiatlántico), sino que, con énfasis presumiblemente

creciente, cuestionan, asimismo, el modelo económico desde el que ha sido históricamente posible la

resurrección económica desde las ruinas en que la dejó sumida la última contienda mundial. Cierto es que

sin el concurso del Plan Marshall, Europa occidental no habría podido despegar de sus ruinas; aunque es

cierto también que aquella ayuda de los Estados Unidos tuvo por fundamental virtud «cebar la bomba» y

corregir la anómala situación creada por la catástrofe bélica.

Asimismo, no es menos de señalar la otra evidencia de que la Europa del Este, la Europa de la

planificación centralizada y socialista —planificación impuesta por los tanques soviéticos— ex-

perimentaba durante el compás histórico de la posguerra un curso económico inverso; de

empobrecimiento general y agotamiento irreversible de las libertades políticas. No hay otras opciones,

pues, que las que cuentan; no hay otra cera que la que arde.

Si ante Europa en particular y ante la realidad atlántica en general los socialistas españoles se mantienen

ternes en su doble utopía de las propuestas autogestionarias y del limbo geopolítico para las opciones

cardinales de nuestra política exterior, nada de extrañar tendría que, a la postre, generaran más dificul-

tades aún para la integración en Europa y en la gran ecuación atlántica que todas cuantas cupo imputar,

con razón, a las limitaciones políticas del régimen franquista.

 

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