Autor: Ventura, Vincent. 
   A Lord Kilmarnock, en Ronda, desde el País Valenciano y sobre el Mercado Común     
 
 El País.    05/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PAIS, martes 5 de septiembre de 1978

TRIBUNA LIBRE

A Lord Kilmarnock, en Ronda, desde el País Valenciano y sobre el Mercado Común

VICENT VENTURA

Conocida es la afición de los ingleses, incluidos los lores, a mantener correspondencia pública con los

directores de sus periódicos. No es extraño, por tanto, que lord Kilmarnock, mientras descansa en Ronda,

y no en la Costa del Sol, hasta la que quizá baje algún día, pero para volver a subir enseguida a la sierra,

escriba al director de EL PAIS, periódico que, por lo visto, ha escogido entre los que le llegan para

informarse de lo que pasa entre nosotros.

El mencionado lord leyó el editorial de EL PAIS del día 29 de julio pasado titulado Un año frente a

Europa y le preocupó un poco su tono. ¿Por qué? Tiene sus razones, que me parecen destacables,

independientemente de que tenga razón o no. Entre tener la razón y tener razones hay diferencias

considerables y no sólo de matiz. Me parece que vale la pena comentarlas, sobre todo aquí, en el País

Valenciano, donde vamos a remolque de intereses no tan generales como parecen, aunque bien distintos

de los nuestros.

En primer lugar, lord Kilmarnock asegura que su Gobierno apoya nuestro ingreso «sin querer relacionarlo

con otras cuestiones, como las de Gibraltar y la OTAN». Que Inglaterra apoya nuestro ingreso en

cualquier caso me parece evidente porque me parece lógico. Lo he dicho en algún otro comentario. No

sólo no hay intereses encontrados entre Inglaterra y España en el ámbito de la CEE, que será competitivo

aunque se generalice y supranacionalice una Europa políticamente integrada, sino también porque se trata

de un país cuyo abastecimiento, desde el punto de vista de la alimentación —y de otros muchos—

depende de la importación. En Inglaterra están nuestros primeros, más antiguos y, en general, todavía más

sólidos mercados para, por ejemplo, la exportación agrícola. Ahora bien, que Inglaterra no vincule el

apoyo de la candidatura española ante la CEE a su ingreso en la OTAN no quiere decir que no lo hagan

otros países como, por ejemplo, la República Federal de Alemania, que lo ha explicitado, si no por boca

de sus ministros, sí por boca de dirigentes de la socialdemocracia, que es el partido gobernante. Y si

gobernara el otro, la CDS, esta presión no disminuiría, sino todo lo contrario. Por lo demás ¿qué duda

cabe de que, puestos ante el disparadero, los negociadores españoles jugarían la carta gibraltareña como

contrapartida del ingreso en la OTAN? Quiero decir con esto que la cortesía del lord veraneante en Ronda

es muy grata, pero no puede ir más allá de su valor como gesto. La OTAN está, implícitamente, vinculada

a la CEE. En el fondo, se trata de un mismo proyecto. Y en ese proyecto Gibraltar es moneda de cambio.

Guste o no, y a mí no me gusta nada esa CEE, las cosas son así.

Por seguir el mismo orden que el lord en sus observaciones, diré que, en efecto, el «proceso

constitucional español está aún por terminar», pero, como que es un proceso no consuetudinario, como el

inglés, sino «consensual», con perdón sea dicho, lo que resulta muy diferente, puede estar seguro de que

el tal proceso terminará felizmente. Felizmente, claro, para los «consensuales» y no tanto para los que

preferiríamos un sistema como el consuetudinario inglés. Es entonces cuando el Gobierno constitucional

español —que probablemente seguirá siendo de mayoría UCD, salvo que llegue al acuerdo de compartirlo

con el PSOE— no perderá la ocasión de ocupar escaños en el Parlamento europeo, aunque fuera a cambio

de nada en lo que a relaciones económicas se refiere. Porque el espaldarazo europeo vendría a sustituir la

frustración que en este orden de cosas viene arrastrando el franquismo. Y hay bastante franquismo en

UCD como todo el mundo sabe. Lo hay incluso en el propio Gobierno. Por lo demás, mejor es estar ya,

cuando se llegue, en el Parlamento europeo que no estar en parte alguna del conjunto de instituciones de

la CEE. Pero —y voy a saltar ahora el orden en el que el lord plantea las cuestiones— ¿no sería lógico

que, por lo menos, España obtuviera de estas vinculaciones mejores posiciones sobre «los tratados con los

países del Magreb, etcétera», incluyendo en el etcétera a Israel, naturalmente, ya que puede dejar de ser

un país «tercero» por su posición geográfica europea y por su democracia, que, «consensual» y todo, es

mucho mayor que la de Marruecos, por ejemplo? Es decir, que la CEE podría y debería, a fin de que no

sea imposible vivir de la agricultura y se pueda, consiguientemente, mantener en ella, con rentas no

distantes de las industriales, alrededor del 20% de su población agrícola como sugiere lord Kilmarnock,

llegar a acuerdos en aquello en que son ya posibles, que normalicen la posición de España respecto de la

de los países del Magreb, mejorados en el tratamiento comunitario. Parece hasta cierto punto viable que,

por ejemplo, se libere a España de las cláusulas de salvaguardia y se reduzcan a cero las aduanas en frutos

como los cítricos, cuya producción comunitaria es deficitaria a ojos vista. No es igualmente posible, al

menos en una primera fase de las relaciones, hacer lo mismo con las lechugas trocadero, pongamos por

caso, o con cierta temporada en que los albaricoques procedentes de España coincidan con los franceses,

por poner otro caso. Lo que no tiene sentido es que un país que va a pertenecer a la CEE como miembro

de pleno derecho cuando la CEE quiera, puesto que ese país quiere, reciba peor trato que países como los

del Magreb, que nunca podrán ser miembros de la CEE por muchas obligaciones políticas que la CEE

tenga con ellos. Lo cual, por parte española, tendría que sugerir la idea de negociar un conjunto de

acuerdos parciales —agrícolas, industriales, de servicios, etcétera— que puedan entrar enseguida en

funciones y otro conjunto que entren en negociación permanente. Sobre la base de evitar las coincidencias

temporales, se podrían aprovechar las producciones deficitarias de la CEE para integrarse en ellas con las

nuestras excedentarias, tanto agrícolas como industriales. Esto es más lógico, natural y urgente con

situaciones de hecho, como la de los emigrantes y sus derechos.

Ciertamente, los problemas laborales serán más difíciles cada día, porque no es probable que se regrese al

sistema del crecimiento constante del producto nacional, pero si eso es así, como opino con él, ¿no cree el

lord que lo que pasa es que la economía de mercado necesitada del crecimiento constante para generar

puestos de trabajo, cuando cesa el crecimiento entra en crisis, puesto que no responde a estímulos

diferentes de los Competitivos? Calidad de la vida, menos horas de trabajo para más trabajadores,

aminoración de las diferencias en la clasificación profesional y en sus retribuciones, participación desde

la base en las decisiones colectivas de todo tipo, etcétera. Un sistema que hay que ir inventando, puesto

que no existe praxis referencial, sin descartar de él relaciones internacionales diferentes, no tensas ni

hegemónicas, que desarrollen la cooperación con el Tercer Mundo, etcétera. Y, sobre todo, con unas

relaciones de trabajo en el polo opuesto de las de la agotada economía del crecimiento por el consumo.

Pero éstas son elucubraciones sobre las que resultaría interesante discutir con lord Kilmarnock, vaso de

whisky en mano, bien en Ronda, bien en su club de Londres, o en el bar de la Cámara de los Lores, si es

que es a ella a la que pertenece un hombre que durante sus vacaciones no olvida la política inglesa, la

europea, la de las relaciones entre Inglaterra y España, y que mantiene un cierto entusiasmo, todo el que

cabe en la moderación británica, por algo con lo que también estoy de acuerdo: «Una Europa dedicada a

consolidar la democracia y satisfacer las aspiraciones regionales en un clima económico cada vez menos

favorable.» Sobre todo si, además, puestos a soñar en el futuro, se trata de una Europa «de los pueblos»

que quiera convertirse en la opción neutral del mundo con la que romper los acuerdos hegemónicos de

que somos víctimas quienes vivimos bajo la OTAN o bajo el Pacto de Varsovia.

 

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