Autor: Garrigues, Antonio. 
   Sobre un polémico anteproyecto de Constitución     
 
 ABC.    26/01/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

SOBRE UN POLÉMICO ANTEPROYECTO DE CONSTITUCIÓN

JULIAN Marías está publicando unos artículos sobre el Anteproyecto de

Constitución, que han despertado gran interés y revuelo, tanto por el rigor de

su contenido como, sobre todo, por la radicalidad y negatividad que adopta

frente a ese texto, contrariando el signo positivo general de sus precedentes

comentarios sobre el proceso político español.

No voy a entrar en el análisis del Anteproyecto, no porque no sea bueno y

razonable hacerlo así, que lo es desde luego, sino porque quisiera tocar una

cuestión previa.

Está fuera de duda que, a partir de la desaparición en Occidente de las

monarquías absolutas para convertirse en monarquías parlamentarias, o para dar

paso a formas republicanas, las constituciones son un instrumento esencial de

los sistemas políticos vigentes. Las constituciones tienen por objeto establecer

los límites del poder, la tabla de los derechos y ios deberes, individuales y

sociales, y la interrelaclón y el luego de las instituciones.

Se puede decir que en esa materia sí que no hay nada nuevo bajo el sol. Está

todo inventado y descubierto. Hay, sí, muchas variedades, pero son variaciones

sobre el mismo tema que el paso de los tiempos va imponiendo, quedando intacta

la sustancia de la cosa. Esto lo saben bien los constitucionalistas y es difícil

que lo ignore un político que merezca este nombre.

Por otra parte, los países así reiteradamente «constitucionalizados», han tenido

una vida política buena o mala, continua o discontinua, serena o agitada,

evolucionada o involucionada, al margen de los correspondientes textos

constitucionales, Estos son letra y, si no hay un espíritu cívico, un sentido

político y una conducta humana coherente con ellos, son letra muerta.

La política es una empresa y está sujeta a la ley de toda empresa. Una sociedad

anónima necesita tener unos estatutos, pero su realización en cuanto empresa no

dependerá de ellos, sino del esfuerzo, de la capacidad de gestión, de la

competencia de tos que la dirijan y de la confianza y asistencia de los

accionistas. La Iglesia católica no depende tampoco del Código Canónico. El

vigente ya está desfasado y el que se está elaborando no resolverá la crisis de

la fe.

La historia política contemporánea de España, con sus once o doce constituciones

es, a este respecto, aleccionadora. Los españoles cambian de constitución, pero

no cambian de hábitos y costumbres políticas. La derecha no cedía en nada de sus

privilegios y la Izquierda era anárquica. No se generó una verdadera clase

dirigente ni una clase media que sirviera de puente y de comunicación entre las

altes y las bajas, es decir, que diera equilibrio y estabilidad. No se hizo la

revolución industrial ni la cultural, y los casos aislados -algunos

extraordinarios- fueron eso, islas. Si se descuentan las leyes orgánicas, que

fueron un remedo de constitución, la última, la de la República, sirvió para

presidir la guerra civil.

Que es mejor una constitución buena que una mala es algo que no necesita

demostración. Lo es así desde Licurgo y Solónr y que por ello hay que dedicar a

su elaboración trabajo y esfuerzo, y pensamiento y prudencia e imaginación, es

evidente. Pero que no hay que poner en el resultado final más que unas

esperanzas discretas y moderadas, lo es todavía más.

Los dos tipos fundamentales de constitución son el parlamentario inglés y eí

presidenciaiista norteamericano. El primero ha sido paradigmático para todas las

constituciones de la Europa occidental, y el segundo para todas las

constituciones de Iberoamérica. Pues bien, la Constitución Inglesa se

caracteriza porque no existe, es decir, porque no existe como texto escrito. Es

un conjunto de leyes, de reglamentos, de tradiciones, de innovaciones, de

hábitos y de costumbres que, con una evolución de tipo pudiéramos decir

vegetativa, ha creado uno de los sistemas políticos más perfectos que ha

conocido la Humanidad. Perfecto para Inglaterra, pero que no funcionó con la IV

República francesa, ni con la vigente Italiana, ni ha funcionado con ninguna de

las españolas, salvo con la del 76 gracias a la infraestructura caciquil del

sistema.

De la Constitución norteamericana que. por el contrario, es una constitución

escrita, redactada por unos hombres puritanos, liberales, pragmáticos y

proféticos, lo que se puede decir de ella es que es un texto muy breve que, como

texto constitucional, no puede ser menos coherente desde el punto de vista

digamos «cartesiano». El poder ejecutivo y el poder legislativo nacen del

pueblo, pero en diferentes e independientes instancias. No emerge el ejecutivo

del legislativo -como en la Constitución inglesa- para asegurar la debida

cohesión entre ambos poderes, sino que son dos instituciones que corren

paralelas. Corren paralelas y, sin embargo, se encuentran y han dado origen,

bajo su vigencia, a una de las naciones más poderosas que ha conocido la tierra.

¿Gracias a la Constitución escrita? No. gracias a la «constitución», a la

estructura de lo que es el cuerpo y el espíritu de la sociedad americana.

Mientras ésta mantenga la cohesión que hoy tiene, la Constitución de los

fundadores de la nación americana funcionará -corregida y aumentada por las

enmiendas de que ha sido objeto- de una manera satisfactoria. El día que esa

cohesión se rompa, como se ha roto en gran parte de los pueblos de Europa, la

Constitución presidencialista se hará inviable. Y en Iberoamérica,

seguidora unánimemente de dicho sistema, por su diferente sustrato

sociológico, el presidencialismo ha tenido una precaria vigencia. Salvo en

dos o tres países -y en uno de ellos como Méjico, en una forma muy -«sui

generis»- ese sistema ha sido desplazado por formas básicamente

dictatoriales.

El régimen presidencial en una sociedad como la actual italiana, con una derecha

democristiana y una izquierda comunista, no tendría la menor posibilidad de

sobrevivir. Es algo de lo que pasa con la actual Constitución francesa

semipresidencialista de De Gaulle; también en ella el poder legislativo y el

presidencial corren paralelos y desfasados en el tiempo. Si en las próximas

elecciones de marzo Giscard d´Estaing -cuyo poder le viene directamente del

pueblo y no de las Cámaras- al que todavía le quedan legalmente dos años de

mandato presidencial, tuviera que enfrentarse con unas Cámaras de mayoría

socialista y comunista, no se ve claro cómo esa situación de desequilibrio se

podría mantener y por cuánto tiempo. Es lo que no puede pasar en Norteamérica,

donde no hay prácticamente socialismo ni nada de marxismo.

La Constitución en un cuerpo político es un factor muy importante, pero

solamente instrumental. Tiene que dar la «forma» política, pero no puede dar su

contenido, que es lo importante. Un mal Gobierno con una buena constitución,

lleva a un país a la ruina. Un buen Gobierno con una mala constitución, le hace

prosperar y lo potencia.

Para la inmensa mayoría de la gente, la constitución es un texto «arcano», ni fo

conoce ni lo entiende; en cambio conoce y sabe bien si es gobernado positiva o

negativamente. En España, cuando se logre finalmente tener un texto

constitucional, se habrá dado un paso importante para la organización de la

acción de Gobierno, pero si luego ésta falta, la Constitución no podrá suplir,

en manera alguna, esa ausencia de ía acción política. No hay que poner ni

generar esperanzas en cosaa que luego no puedan dar satisfacción a esas

promesas.

La vida es un claro-oscuro y en él hay que vivir. Julián Marías, que pertenece a

la raza de los que de lo oscuro aspiran a lo claro, sabe estas cosas muy bien.

Hay ya bastantes mentes en España empecinadas en oscurecer, más de lo que está

de por sí, el horizonte. Sin caer nunca en la utopía, lo que no hay que hacer en

manera alguna es sumarse a ellos.

Antonio GARRIGUES

 

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