Autor: Castro Zafra, Antonio. 
 Iglesia. 
 Los obispos en la política y en la Constitución     
 
 Arriba.    26/03/1978.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

IGLESIA

LOS OBISPOS EN LA POLÍTICA Y EN LA CONSTITUCIÓN

Desde la última semana de noviembre, la Conferencia Episcopal Española (CEE) se

ha transformado en un bullicioso parque de bomberos. Los obispos quieren apagar

el fuego involuntariamente provocado por su documento sobre el texto

constitucional, y no hay día sin rectificaciones y aclaración. Hasta tal punto

que, como sucede en toda polémica prolongada, algunos comienzan a preguntarse

qué pasó al principio, porque no recuerdan si fue una colilla, un corto circuito

o una «bomba-molotov» lo que provocó este incendio.

Naturalmente, todo esto pudo evitarse.

Pero hay que agradecer que haya sucedido: en este hecho están incluidos todos

los elementos para una reflexión sobre la «psicología política de la Iglesia».

1. Se ha producido un cambio en la CEE.

Como último dato, el documento de los obispos sobre la Constitución española nos

sirve de punto de partida para reafirmar que se ha producido un cambio de

mentalidad en nuestros obispos. Porque conocemos el talante de la CEE, sabemos

también que el Vaticano II influye sustancialmente en ella.

Mucho antes de que finalizaran los días de dictadura, con la posterior irrupción

de las fuerzas políticas más diversas, la CEE había iniciado ya este cambio. Más

aún, a mi juicio, y desde una perspectiva evangélica, creo que la democracia no

sólo ha traído «bienes» a la evolución de la Iglesia, si se me permite este

subrayado aparentemente insolldario. Por lo menos pueden contabilizarse en su

haber dos «males»: la ausencia de críticas —y algo más— al ejercicio de su

anuncio evangélico y defensa de los pobres, y en segundo lugar una inquietante

«paz económica» en forma de sustancial subvención del Estado capaz de apagar las

tensiones ideales e impedir el salto de calidad. (Los intelectuales, reunidos en

el Colegio Loyola de Madrid, a principio de año, no ocultaron el su «temor a que

prevalezca la tendencia a lograr seguridades sobre el impulso de carácter

profético propio de la actitud evangélica y sobre la promoción de los derechos

humanos».)

2. Pero este cambio es aún incompleto.

E| cambio de mentalidad y consecuentemente de actitud producido en los obispos

no es aún suficiente. Cierto que el documento sobre la Constitución está en la

linea iniciada años atrás, y conecta con el Vaticano iI. No parece Justo hablar

de «neotemporaiismo» en la CEE. Pero los viejos reflejos —uno de ellos seria ta

persuasión de la propia fuerza— jugaron una mala pasada a los obispos y el

resultado fue un texto que subrayaba posturas «episcopales» en las que,

lógicamente, los seglares católicos no se sienten totalmente representados. De

modo que los obispos circularon largos trayectos del referido documento con una

óptica de portadores de verdad y derecho, es decir, observando las cosas desde

arriba, al tiempo que inconscientemente reservaban para los seglares, como

virtud cristiana fundamental, la obediencia a la autoridad eclesiástica. Y

resulta que «arrogancia» y «clericalismo» son radicalmente inconciliables con

una actitud seglar responsable en la Iglesia y con una mentalidad episcopal

nueva y con ciliar.

La misma ambigüedad del texto refleja que los obispos de la CEE también negocian

entre ellos para conseguir un número mayor de votos: el párrafo que se refiere a

las torturas —demenclal en unas sugerencias sobre la constitución— no se explica

de otro modo que en base a una exigencia impuesta por determinado grupo de

obispos, (la defensa de los no católicos queda, sin embargo, en manos de cuatro

palabras indirectas.)

Quiero decir que, a la vista de estos datos, se detectan demasiados gestos

"impulsivos», típicos de una Iglesia-poder o de una Iglesiapolítica y siempre,

naturalmente, entendiendo por Iglesia a los obispos.

3. Falta una revisión más profunda.

Para estimular el desarrollo de ese cambio de mentalidad en la CEE falta una

revisión más profunda de la que no escapen ni siquiera los tópicos. No se trata

de una muela podrida: una observación atenta descubre numerosos puntos

gravemente fosilizados. La

inercia continúa desplazando en la misma dirección que recorre desde siglos a

muchos objetivos de la Iglesia española, por ejemplo, la subvención estatal. (Se

acepta «a priori» que el Estado costee la Iglesia porque siempre ha sido así.)

Todo ese mundo de los objetivos de la Iglesia continúa, pues, cruzando delante

de nosotros y siempre hacia el mismo sitio sin que lo advirtamos, hasta que se

produce un hecho clamoroso reflejado por los periódicos en primera plana: -Más

de seis mil millones para la Iglesia», o éste otro: «Los obispos coaccionan al

Congreso.» De modo que nos convertiremos todos en bomberos, en apagafuegos, en

gente que se mata corriendo con la manguera en la mano para eliminar los

incendios que nosotros mismos producimos por nuestra falta absoluta de madurez y

de capacidad de revisión. Naturalmente, sin tiempo para reflexionar y siempre a

remolque de los acontecimientos. Y apaleados.

4. Elementos esenciales para una psicología política de la Iglesia.

En último término, y para acabar con el «diálogo de sordos» que tiene

establecido persistente y dolorosamente la Iglesia con la sociedad, dentro de

esa linea de revisión, habría que comenzar sometiendo a examen «las actuales

estructuras de la propia Iglesia».

La primera víctima de esas estructuras son «los seglares»; cuando los obispos se

pronuncian desde un área episcopal y por lo mismo exclusiva, sobra la

Constitución,túan desde una base paternalista que minimiza e los seglares, a fin

de cuentas, y en el caso que nos ocupa, los destinatarios de la Constitución.

Contradictoriamente, la actual estructura de la Iglesia española carece de

espacio para un pronunciamiento seglar; no hay garganta para hacer oír su voz

que, en consecuencia, está muda. La red multicapilar que permite una circulación

masiva de actitudes y reacciones ante los hechos, y que incluso se anticipa a

ellos, no existe aquf. Siempre serán los obispos quienes hablen, juzguen,

adopten posiciones: a los seglares no les queda otra iniciativa que la de

desplazarse a los asentamientos que previamente señalen los prelados. La

Jerarquía eclesiástica decide, pues, por todos y en todo con un perfil

«pacelliano», de «sociedad perfecta». Esto, que pudo justificarse por una falta

de madurez de los creyentes en alguna época determinada se ha convertido va en

procedimiento habitual. Los obispos, en general, no parecen dispuestos a

renunciar a sus posiciones, y porque materialmente son incapaces de ocupar todos

los puestos que semejante sistema genera, recurren en último término a los

curas, como hombre de confianza. La «colegialidad» —la participación en el

poder— no pasa de ahí sino en casos excepcionales. El rito litúrgico que ejerce

el clero no necesita sino de sacristanes, es decir, de «cuasi-clérigos». En

último termino, unos seglares con voz aportarían a este pacífico y poderoso club

episcopal o clerical puntos de vista diferentes y

juicios críticos enojosos. Pero los seglares y su participación activa —que

podría acelerar el proceso de cambio en la Iglesia jerárquica— continúan

marginados, desde el momento en que el binomio Iglesia-pueblo de Dios no se

aplica con todo su rigor matemático.

La segunda víctima de semejante estructura son, paradójicamente, «los propios

obispos». Situados desde hace siglos en el lado del poder presentan una

deteriorada imagen que ellos mismos se demuestran incapaces de corregir. La

imagen de obispo-igual-a-poder ha acuñado la vida española hasta épocas muy

recientes. Los obispos necesitan, pues, armarse de paciencia hasta que alcancen

los tiempos en que sus palabras serán interpretadas según el diccionario de la

lengua española, y no con vigésimas intenciones. Pero es preciso que sepan que

esto no va a suceder mientras se mantenga la actual estructura que divide a la

Iglesia en dos cuerpos, uno arriba y otro abajo, uno que manda y otro que

obedece. Creo, además, que los seglares carecemos literalmente de persuasión

interior, de convicción, para empeñarnos en la tarea de interpretar

evangélicamente determinadas actitudes episcopales. Muchas de las cosas que

afirman nuestros obispos, la mayoría de ellas se han cocido lejos de nuestro

alcance y, por supuesto, al margen de nosotros. No pueden ser nuestras, y no se

nos puede exigir la enorme responsabilidad de defender por sistema esos juicios,

además de que carecemos de argumentos para ello. No estamos en el ojo del

huracán que los ha creado. Nuestra ignorancia es tan absoluta sobre lo que se

pretende con determinadas actitudes como la de cualquier no creyente: en esto

soy igual a un musulmán o a un ateo, en que no sé porqué dice mi obispo esto o

lo otro.

Creo, finalmente, que no se producirá una verdadera osmosis entre la Iglesia y

la sociedad, hasta que este fenómeno biológico no haya cumplido su ciclo en la

propia Iglesia. No estamos ante un problema semántico, de buscar las palabras

adecuadas para que lo que dicen nuestros obispos sea comprendido exactamente por

la sociedad española. A mi juicio, existe un problema anterior y biológico que

detecta una amplia zona de tejidos atrofiada —precisamente la zona más amplia—

que urge vitalizar. ¿Cómo vamos a pedir que no haya diálogo de sordos entre la

Iglesia y la sociedad si el diálogo no se realiza dentro de la propia Iglesia?

La psicología política de la Iglesia comienza, pues, dentro de ella misma.

Antonio CASTRO ZAFRA

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