Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Los locos de Attard     
 
 ABC.    16/06/1978.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ESCENAS PARLAMENTARIAS

«Los locos de Attard»

ESTO de «los locos de Attard» es una diablura que no se me ha ocurrido a mi, y

eso que se me ocurren tantas que aún no caben las que pienso en todas las que no

digo. Lo de «los locos de Attard» se le ha ocurrido a Luis Carandell,

investigador, explorador y espeleólogo del «show» de Celtiberia. Le tomo

prestada a Carandell la frase epigramática porque ayer, en la Comisión

Constitucional, fue el día de «los locos de Attard», es decir, de los señores

diputados que han perdido la razón, si es que alguna vez la tuvieron, en los

debates constitucionales. Me parece que era don Juan de la Cierva quien decía

que para ganar un pleito hacen falta tres cosas; tener la razón, saberla

defender y que te la quieran dar. Ninguna de esas circunstancias concurrió en

los oradores que protagonizaron la sesión de ayer.

Y no es que los oradores no razonaran correctamente, ni que se echara en falta

una ilación (o sea, enlace del consiguiente con sus premisas, según enseña la

Lógica) en sus discursos. Es que partían de una premisa disparatada o delirante:

la. premisa de que España es un país ocupado por otro país llamado España.

Partiendo de esta premisa, las fuerzas de Seguridad o del Orden Pública, no sólo

son un «cuerpo represivo», sino que son. un ejército de ocupación. El pueblo

español está sometido, por la fuerza de las armas, al dominio de un Estado que

representa precisamente la soberanía del pueblo español. Si quieren ustedes

entretenerse un rato pueden seguir obteniendo nuevas reducciones al absurdo.

Como, por la gracia de Dios y de la Constitución, estamos en una democracia

parlamentaria y no en una democracia popular, «los locos de Attard» no salieron

del palacio de la carrera de San Jerónimo hacia la clínica psiquiátrica, sino

que se fueron tranquilamente desde sus escaños a la libérrima «rue». La libertad

de expresión y la inviolabilidad parlamentaria también deben servir para

engrosar la «Antología del disparate».

, El caso es que el cronista, que se ve a si mismo, como el personaje de Valle-

Inclán, feo, católico y sentimental, siente una especia] debilidad por estos

oradores de sinrazones solitarias y pintorescas, y que seguramente son unas

excelentes personas y unos extravagantes diputados. Se debatía el precepto

constitucional que otorga al Estado la competencia exclusiva en materia de

seguridad pública, aunque bien es verdad que, a renglón seguido, se admite la

posibilidad de creación de policías dependientes de las entidades o comunidades

autónomas, que colaboren con los Cuerpos de Seguridad del Estado. Esa es la

fórmula del «consenso». Bueno, pues la fórmula del consenso ha parecido escasa y

estrecha a algunos vascos y a algunos

catalanes. O sea, a «los locos de Attard».

El orador que ha roto el fuego en esta batalla, ya no autonómica, sino

abiertamente separatista, es don Heribert Barrera. La tesis del señor Barrera

consiste en afirmar que la competencia exclusiva del orden público es una

atribución de la soberanía, y que no se puede hablar de nacionalidad catalana si

no se le reconoce a Cataluña la soberanía como nación y, por tanto, el derecho a

custodiar, con su propia legislación y sus propios instrumentos, el orden

Público dentro de lo que, para entendernos, tendré que llamar fronteras, casi en

el más estricto sentido del Derecho Internacional Público. Don Heribert Barrera

es el único representante elegido por el partido de Esquerra Republicana

de Cataluña, y ya dijo en este Parlamento y en este mismo debate constitucional

que para él no existe más patria que Cataluña, ni más bandera que la catalana,

ni otro himno nacional que «Els segadors».

La misma tesis, con parecidos argumentos y diversas palabras, ha sido mantenida

por el también diputado catalán don Antón Canyellas. Me da la impresión de que

don Antón estaba como su tocayo Antón Pirulero, según el cual que cada uno

atienda a su juego, y el juego del señor Canyellas consistía en defender una

enmienda en Madrid para luego exhibirla en Barcelona, sin otro propósito que el

de que constara en el Diario de Sesiones. Diga esto porque el señar Canyellas,

después de una breve conversación en tona confidencial, al fondo de la sala y en

un aparte, debajo mismo de mi nariz de cronista, retiró su enmienda y no obligó

a los miembros de la Comisión a hacer la gimnasia de levantarse para rechazarla.

Don Marcos Vizcaya, del Partido Nacionalista Vasco, pretendía también privar al

Estado de la atribución de asegurar el orden público. Y por fin tuvimos que

escuchar el inevitable discurso del inevitable señor Letamendía. El señor

Letamendía no sólo habló en nombre de sus electores de la izquierda abertxale,

sino de los electores del P.N.V. y del P.S.O.E. en el País Vasco. El señor

Letamendía afirmó que él no hablaba en nombre de E. T. A. ni defiende la

violencia de E. T. A. En lo primero tiene razón, porque pretendía hablar en

representación de todos los vascos, y en la segundo ya es más discutible, porque

justificaba la violencia como rebelión de un pueblo oprimido contra las fuerzas

de ocupación, mientras concedía. que la reacción de las fuerzas «ocupantes» son

explicables aunque no estén justificadas. En resumen: que el señor Letamendía

encuentra justificado que los miembros de E. T. A. disparen contra los guardias,

pero no justifica que los guardias respondan a esos disparos.

Al señor Barrera le contestó otro catalán, el señar Martín Toval, socialista,

más como mediador amigable que como contradictor. Al señor Vizcaya le respondió

el señor López Rodó (Fraga no fue ayer tarde al Congreso), quien opuso a los

obuses políticos del vasco definiciones jurídicas tomadas de Bodino y de Hobbes.

Y el señor Pérez Llorca ofreció una breve, firme, contenida e inteligente

respuesta al discurso del señor Letamendía. «Las paredes de este caserón —dijo—

jamás habrán escuchado un discurso como el que acaba de pronunciar el orador que

me ha precedido en el uso de la palabra», dijo Pérez Llorca. Y como el señor

Letamendía citase en su discurso las cifras de vascos detenidos o condenados, el

señor Pérez Llorca anunció que renunciaba a citar otras estadísticas más

elocuentes y dolorosas.

Fue la de ayer una de las más penosas sesiones que nos ha deparado el debate de

la Constitución. El señor Attard intentaba desdramatizar la función con su

eterno buen humor, y hablaba de las «correspondientes agujetas» de los señores

diputados al anunciar que se votaría, párrafo a párrafo, apartado por apartado,

el conflietivo artículo 141. Creo que no será necesario que les informe a

ustedes de que, a la hora de la votación, «los locos de Attard» fueron

derrotados. Si no hubiese sido así, ya sería, en este momento el cronista de un

Parlamento en un país de fábula—Jaime CAMPMANY.

 

< Volver