Autor: Luca de Tena y Brunet, Torcuato (MERLÍN; ABC). 
   El idioma español y la Constitución     
 
 ABC.    21/06/1978.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

ABC. MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO DE 1978. PAG. 3

LA ROSA Y LA ESPADA

EL IDIOMA ESPAÑOL Y LA CONSTITUCIÓN

Por Torcuato LUCA DE TENA

(De la Real Academia Española)

El texto constitucional, tras una bonancible navegación apenas alterada

por chubascos y marejadillas, que no llegaron a borrascas, es un buque que

va acercándose lenta y majestuosamente al muelle de atraque.

Así como a la nave, que ya ha cruzado el hostiad del puerto, aún le quedan

algunas maniobras por hacer para su definitiva arribada (la autorización

del práctico; el lanzamiento de cabos o cables a los bolardos), al texto

constitucional le faltan todavía algunos tramites —pocos, pero importantes— para

convertirse en Constitución: los debates en el Pleno del Congreso y el Senado;

el juego de duplicas y réplicas entre ambas Cámaras, el referéndum y la

proclamación.

La navegación ha concluido, mas la arribada no. Sin el práctico, el buque

puede encallar; sin la rítmica y precisa tensión de los cables amarrados a los

bolardos del muelle el casco podría dañarse en el último instante. Tanto en el

arte de navegar como en el quehacer de legislar, el último segundo del periplo

cuenta tanto como el primero. Y aun diría que cuenta más, porque tras el

primero hay tiempo de rectificar un rumbo mal tomado o una decisión improvisada.

Y tras el último ya no hay posibilidad de rectificación.

¿Hay algo rectificable en el texto Constitucional? Caso de haberlo, ¿cabe

esperar que se rectifique?

Si el contenido de lo modificable es puramente político, será muy difícil,

porque la obediencia a los partidos sería igual en el Pleno del Congreso a la

obediencia que los miembros de la Comisión redactora les tuvieron durante

estos primeros debates. Pero si tal contenido es puramente semántico o de

carácter cultural e histórico, ¿por qué perder las esperanzas de que el buen

juicio de la mayoría de diputados y senadores acabe por imponerse?

Me refiero concretamente al artículo 3, que dice así:

«1. El castellano es la lengua oficial del Estado. Todos los españoles tienen

el deber de conocerlo y el derecho de usarlo.

. 2. Las demás lenguas de España serán también oficiales en las comunidades

autónomas de acuerdo con sus respectivos estatutos.

3. La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un

patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.»

Excusado es decir que quien esto firma no sólo está de acuerdo, sino que

aplaude la perfecta redacción del punto 3, del punto 2 y del final del punto 1.

Su discrepancia se limita a la utilización del vocablo «castellano» aplicado

a nuestro idioma, en lugar de «español», que es como se le conoce a lo ancho y

a lo largo de este planeta, en el que España es geográficamente una mínima

parcela e históricamente una formidable potencia cultural.

Si un polaco, un chino o un sirio afirma en su país que sabe hablar español, ni

al pueblo llano ni al más sabio de sus eruditos se le ocurrirá pensar que se

refiere al bable, al valenciano, al vascuence, al mallorquín, al gallego o al

catalán. Si un tratadista sueco afirma que el español lo hablan como idioma

propio 250 millones de seres, podrá discutírsele la estadística, mas no el

idioma al que se alude. Volvamos la oración por pasiva: si nosotros mismos

confesamos que sabemos hablar francés, ni a los extranjeros, ni a los franceses,

ni a nuestros vecinos de residencia se les pasará por el magín que nos referimos

al bretón o a la lengua D´Oc. Si afirmamos que conocemos el italiano, nadie en

Italia ni fuera de Italia confundirá nuestro aserto con un hipotético

entendimiento del siciliano, el napolitano o el piamontés. Cierto es que la

lengua oficial de Italia es la florentina o toscana, en la que escribió

Dante su «Divina Comedia». Pero búsqueme usted un solo diccionario del mundo que

no diga que el italiano es la lengua que se habla en Italia. El idioma oficial,

junto a otros, de las Naciones Unidas es el español, no el castellano. El

diccionario de la Lengua, lo es de la española no de la castellana.

Aún hay más. Las Constituciones políticas de todas las Repúblicas hispano-

americanas declaran que la lengua oficial en sus respectivos Estados es el

español. Es paradójico 7 hasta grotesco que ellos reconozcan al español como

su lengua oficial... ¡Y ESPAÑA, NO!

La lengua en que escribió Rosalía de Castro; la lengua en que escribió Auxias

March; la lengua en que escribió Maragall; la lengua en que escribió Cervantes,

conviven en España junto con el eúskaro. Pero todas ellas, salvo una, son

locales y exclusivas a una parte de la patria común. En Galicia no se habla el

catalán; ni en Cataluña el vascuence; ni el bable en el País Vasco; ni el

gallego en Vasconía. Pero en todas ellas se habla un idioma común conjuntamente

con el vernáculo: este idioma común es el español.

El castellano que balbució Berceo es patrimonio, en electo, de la antigua

Castilla. Pero el español en el que escribe hoy el catalán Gironella, el gallego

Alvaro Cunqueiro o el vascongado Arcilza (como ayer lo hicieron los también

vascongados Unamuno, Maeztu o Baroja) es patrimonio de toda España.

Claro es que esas otras lenguas peninsulares —meritísimas y cargadas de

historia— son españolas. Pero lo son como adjetiva, porque son lenguas de

España. Pero «el español» como sustantivo no hay más que uno. Así lo entiende el

mundo entero. Así lo entienden nuestros hermanos de América. Así lo

entienden los safarditas, palabra derivada de «Sfarad», que en hebreo significa

«España». Así debería reconocerlo la Constitución.

Las autorizadas voces de Julián Marías en «El País», de Pedro Laín en «La Gaceta

Ilustrada», de Marta Portal en ABC, se han alzado antes que la mía en el mismo

sentido patriótico y apolítico. Yo quisiera aportar a sus argumentos mi grano de

arena y poner el énfasis en la contemplación de esos millones de hispano-

parlantes de ultramar que nos contemplan como las pirámides contemplaron a los

soldados

de Napoleón.

Cuando Rubén Darío, el nicaragüense universal (¡universal por escribir en

nuestro idioma!), se refería al Continente de nuestra habla, lo definía

así:

«La América ingenua que tiene

sangre indígena,

que aún reza a Jesucristo y

aún habla el español.»

El vocablo «castellano», aplicado al idioma, es local y regional. El «español»

es nacional y universal. Cuando se posee un tesoro de tales quilates no puede

ser ignorado, desconocido, casi diríamos que menospreciado, por el texto

constitucional.

Por respeto a sí mismos, a nuestra historia y a la proyección de España en el

mundo, esperamos que la fina inteligencia de senadores y diputados sepan

entender a tiempo que lo castellano es lo que nos diferencia. Y lo español, lo

que nos une.

T. L. de T.

 

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