Autor: Serrahima Bofill, Maurici. 
   El ruego de la Real Academia     
 
 Informaciones.    01/07/1978.  Página: 1-?. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

EL "RUEGO" DE LA REAL ACADEMIA

Por Maurici SERRAHIMA (Senador de designación real)

SON muchas los que me han preguntado mi parecer sobre el texto que, con el

«ruego» de que fuese añadido al artículo 3.º, título I, del proyecto para la

Constitución, ha sido «elevado» a las Cortes por la Real Academia de la Lengua.

A mi entender, el sentido de dicha propuesta no ofrece ninguna duda. Es el de

una intervención de la Real Academia —y me sorprendería que pudiera proceder de

todos sus miembros— en el terreno de lo político. De las Cortes.

La redacción, del referido artículo tercero fue una de las que dieran lugar a

una deliberación más larga y delicada. Gracias a la prudencia y tacto que

predominaron en la comisión y, en especial en la labor de los ponentes —que

acaban de ser recompensados por Su Majestad el Rey con altas condecoraciones—,

pudo llegarse a un texto que, sin satisfacer del todo a ninguno de los campos

pudo ser adoptado por una amplia mayoría. Pues bien, se da el caso de que el

párrafo que ahora propone la Academia para que sea añadido a aquel texto

destruiría, de ser aceptado, el equilibrio que para dicho artículo se obtuvo en

la comisión. Y lo destruiría precisamente en el sentido a que

aspiraba la minoría que votó en contra.

Si esto no es «tomar partido» en la lucha política, no sé qué otro nombre puede

dársele. Porque los argumentos que se dan como «lingüísticos» no parece que

tengan una gran solidez. La evolución Que transformó el antiguo castellano

originario mediante la influencia de otras lenguas, más o menos vecinas, la han

experimentado, a lo largo de los últimos siglos, todas las lenguas europeas —sin

excluir el catalán—, y a ninguno de los países en que se hablan se la ha

ocurrido cambiar por ello el nombre de su lengua, Por lo que ae refiere a las

prefe-

(Pasa a la última pág.)

El "ruego" de la Real Academia

(Viene de la primera pág.)

rencias de los latino-americanos, no veo que el hecho haya de tener en la

Constitución influencia ninguna. Los angloparlantes de América se resisten con

frecuencia a reconocer que hablan "ingles" —parece que en los Estados Unidos

llega a decirse que hablan "americano"—, y ello, no obstante —y a pesar de que

el nombre oficial de lo que solemos llamar "Inglaterra" es el de "Gran Bretaña"—

, en todo caso se ha conservado para la lengua el nombre de «ingles». Es decir,

el originario, el de la tierra en que nació, a pesar de que, con respecto a la

isla natal, tal nombre corresponde a una extensión proporcionalmente inferior a

aquélla en que, en la Península Ibérica, se habla el castellano.

Tampoco puede sostenerse, ni en términos de lingüistica, que el castellano sea

«el idioma común a toda la nación». Fue éste uno de los equívocos que el

proyecto constitucional supo salvar, con una delicadeza que ahora el «añadido»

de la Real Academia pretende destruir. Es cierto que es el castellano, con mucha

diferencia, el que es hablado por un mayor número de personas. Es cierto que,

por ello, es la lengua oficial

del Estado. Nadie lo discute. Pero ello no permite crear, entre ella y las

restantes, ninguna otra clase de jerarquía. Hacerlo supondría el olvido de que

el castellano es, para mi y para la inmensa mayoría de los catalanes, una lengua

«aprendida» (y lo mismo para los vascos y gallegos, pero prefiero ahora

limitarme al ejemplo de mi caso, que conozco mejor). Me parece muy bien haber

aprendido el castellano. Pero cuando escribo estas lineas las he pensado

previamente en catalán, mi propia y única lengua. Así lo decía Maragall, en

1910, en una carta a Ortega y Gasset, en que le hablaba del problema de la

lengua: «Os lo digo en la vuestra, pero no os hagáis ilusiones, lo pienso en la

mía: no hago más que traducir.»

Aparte de todo ello, se olvida demasiado fácilmente que el catalán ha sido,

además —y el problema no está aún resuelto—, una lengua «perseguida». Lo fue

notoriamente a partir del Decreto de Nueva Planta, en 1717, y de la prohibición

por Carlos III de la enseñanza en catalán. Y en muchas otras ocasiones. Pero lo

ha sido de un modo agudísimo a partir de 1939, hasta el punto de que se destruyó

una gran cantidad de libros y testos catalanes y de que

hablar catalán «en público» —cosa que podía significar "por la calle" —podía

conducimos a la Comisaría, por lo menos, y de que fue prohibido el catalán para

cualquier clase de rótulos y de impresos, sin excluir, por ejemplo, los

recordatorios de primera comunión... Y no hay que decir que la enseñanza del

catalán fue totalmente suprimida... Las dificultades sólo han sido vencidas, y

muy lentamente, sin la menor ayuda del dinero público, por la conciencia tenaz

de los catatanes de que el catalán es «nuestra lengua».

Por ello, en los momentos en que hoy vivimos, es normal que los catalanes —e

igualmente los hablantes de las restantes lenguas minoritarias— nos manifestemos

opuestos a una Constitución en que no aparezca la salvaguarda de que tal

opresión no se volverá a producir. El texto del articulo tercero, tal como queda

redactado por la comisión, contiene en tal sentido garantías bastante

satisfactorias. En cambio, es evidente que el «añadido» de la Real Academia las

destruye en gran parte... Creo que con lo dicho basta para que quede claro cual

es mi opinión sobre el texto inexplicablemente propuesto por la Real Academia.

TICAS

1 de julio de 1978

 

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