Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   España y Dios en la Constitución     
 
 ABC.    15/11/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MIERCOLES, 15 DE NOVIEMBRE DE 1978. PAG. 3.

ESPAÑA Y DIOS EN LA CONSTITUCIÓN

LA Constitución de 1978 es 1a octava en la lista cronológica de las

Constituciones promulgadas; y la decimoquinta —más o menos— en la larca

relación de proyectos constitucionales de convivencia a partir de 1808.

Tres de esos proyectos —el Estatuto Real de 1834, la Constitución

progresista templada de 1837 y la Constitución liberalconservadora ideada

por Canovás en 1876— contenían intentos de compromiso y se concibieran

con ciertas pretensiones —muy incompletas— de pacto general entre los

españoles. Por desgracia también esas Constituciones fueron otorgadas más que

pactadas; impuestas por una concepción de España a las demás ideas de

España; también esas Constituciones, como todas las demás en macho mayor

grado, fueron Constituciones de media España contra la otra media; efectos y

causas a la vez de esa dialéctica de bandazos y de paroxismo político que

alcanzó su máxima amplitud en. los dos casos inmediatamente anteriores a nuestra

Constitución: la republicana de 1931. sectaria por la izquierda; las leyes

Fundamentales de 19381967, imposición de signo contrario y escluyente. La

Constitución de 1978 es diferente a todas. La han redactado, codo con codo, los

enemigos de ayer convertidos, para tan alta ocasión, en adversarios

convergentes. No surge de una Imposición, sino de un pacto. No es la

Constitución de media España contra la otra media, sino la de casi

todos los españoles para todos los españoles. Ni la Iglesia como tal ni los

Ejercitos como tales han participada en los debates ni en las votaciones: los

insignes militares designados senadores por el Rey no ostentaban la

representación de las Fueraas Armados, lo mismo que los respetables sacerdotes

diputados y senadores por la U. C. D., por el P. S. O. E. y por algún grupo

regional independiente no representaban a la Iglesia; el voto de uno y otro

sector no fue, además, unánime. Iglesia y Ejército han cumplido, en el

proceso constituyente, su función secular de instituciones medulares; no su

atribución antaño desbordada como instituciones políticas supletorias.

Por eso podemos contemplar con mayor claridad y serenidad la situación de tres

grandes ideas —que han sido bandera de combate en nuestra historia moderna— y

que tienen dentro de esta Constitución un lugar evidente; pero no como factores

de división, sino como sedimentos de unidad.

Ante todo la idea, de Dios. Píos ha estado en algunas Constituciones anteriores

contradictoriamente, como grito de cruzada o —expulsado absurdamente de la

convivencia nacional— como objetivo de una persecución. Alguna Constitución le

ha hecho en nombre de Dios; alguna se ideó para desterrarle del sistema. Ni uno

ni otro era el Dios que bajó a decirnos una palabra de paz. no a convocarnos

para la guerra fraterna. Las Constituciones anteriores fueron demasiadas veces

fruto sazonado del odio y el miedo; y abocaron fatídicamente a la guerra civil.

Durante siglos la Iglesia y el Estado han recurrido por sistema a la muerte como

sanción, como remedio, como camino; y la muerte se ha revuelto, en lógica de

tragedia, contra el Estado y contra la Iglesia. Hemos matado y hemos muerto en

el nombre de Dios; o para borrar a Dios de nuestra vida pública. En la

Constitución de 1978 hemos querido desterrar a la muerte como recurso y como

protagonista de nuestra historia. La muerte no se resigna y se aferra con

desesperación, a nuestra vida colectiva. Pero ya es una muerte ilegal; una

muerte ajena, no, como durante siglos, una muerte que nos salía de dentro. Una

Constitución que trata de expulsar a la muerte, que reconoce a la presencia de

la Iglesia católica, pueblo de Dios, que formula la convivencia como un ideal,

que nace de la concordia básica y no de la guerra, que establece la paz social

como climax común lleva en sus entrañas el mensaje de Dios, aunque no imponga

forzosamente el nombre de Dios en vano.

Ha fracasado en España, desde 1873 a 1934, en el Arsenal de Cartagena y en la

plaza de San Jaime, la concepción federal del Estado. Ha fracasado también en la

España contemporánea, desde la Constitución de Narváez a la de Franco, el

concepto de Estado centralista que sustituía la participación de las regiones

por los pactos del Estado con las oligarquías regionales. Esta Constitución

Intenta una síntesis; y crea el Estado regional, que no es federalista; que

es, como el que iniciaba la República en 1932, un Estado de autonomías de

participación, en el que las Comunidades Autónomas son la versión íntima del

Estado en las diversas Españas. La diferencia esencial con la República es el

marco. Lo que fracasó en el marco centrifugo de 1a República tiene todas las

posibilidades de triunfar en el marco nacional de la Corona. No es la

primera vez que fuertes personalidades autonómicas —las Españas— coexisten

armónicamente en el marco de la Corona; con esa estructura ganamos los mejores

momentos de nuestra Historia, con ella podemos ganar el futuro. Nacionalidades y

regiones —Quedó claro en el debate constitucional— no significan

grados diferentes de españolidad, sino trayectorias históricas más o menos

acusadas, realidades culturales más o menos diferenciadas, velocidades

autonómicas diferentes. Pero esa aparente dicotomía no niega, sino que

reafirma, la suprema unidad de la Patria común e indivisible. No hay

contradicción, sino matización; no hay imposición ni abandono, sino

reconocimiento de una doble realidad: la unidad y la diversidad. Una realidad

que nos ha estallado antes muchas veces; que ahora tratamos de llevar al terreno

de la síntesis. La Constitución de 1978 es el camino; el único camino para

plantear de una vez por todas el conjunto de los problemas de España.

Dije que había una excepción en los precedentes. Y es que la Constitución de

1978 tiene un precedente histórico: sólo uno. Me refiero a esa fabulosa eclosión

de las Juntas Provinciales en 1808, cuando ante el Estado deshecho por la

agresión exterior y el desfondamiento del antiguo régimen vacío se unieron

hombres de ese régimen y hombres nuevos en esas instituciones populares,

interclasistas, donde a nadie se le preguntaba de dónde venía —como dijo el

presidente para hablar de nuestra situación—, sino adonde quería ir. De aquella

conjunción brotó la primera de nuestras Constituciones, ahogada en la convulsión

de Europa y en la reacción de la España oscura. Hoy hemos encontrado, al cabo de

ciento setenta años, el mismo camino. Que sigue inédito. Que vamos a iniciar,

con una, enorme esperanza.—Ricardo DE LA CIERVA.

 

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