Autor: Trías Fargas, Ramón. 
 Cmpaña para el referéndum constitucional. 
 El sí a la Constitución     
 
 El País.    29/11/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Campaña para el referéndum constitucional

TRIBUNA LIBRE

El "sí" a la Constitución

RAMÓN TRIAS PARCAS

En mi época de intelectual independiente habría tenido muchos comentarios

críticos que hacerle a la Constitución, Ahora mismo tengo que controlarme para

no empezar una letanía que a la vez que pusiera de relieve los defectos del

texto resaltara la brillantez y la originalidad de mi pensamiento. Ciertamente

habría podido destacar extremos positivos, como es el caso de tos artículos que

se refieren a las autonomías. Pero también aquí habría buscado sobre todo poner

de relieve mi objetividad y mi imparcialidad que, dicho sea de paso, habrían

reforzado la fuerza de mis a taques y el prestigio de mi figura. No nos

engañemos: yo creo que habría estado bien en mi papel porque los intelectuales —

o incluso los políticos de presencia testimonial— tienen la obligación de ser

heterodoxos. Son catalizadores profesionales del programa social. Tanto que

cuando consiguen la aceptación del público para sus ideas y pasan con ello a la

ortodoxia, o cambian de ideas o se jubilan. Esta actitud es la que he practicado

toda mi vida y me he cansado de hablar y de escribir contra el franquismo

(expedientes disciplinarios, TOP, mullas, bueno ustedesya saben). Pero llega el

15 de junio y me pareció que se entreabría —aunque fuera sólo una rendija la

puerta de la democracia. Creí, equivocado o no, que por lo menos en una primera

etapa debía dejar de ser aspirante al tábano, no recuerdo si socrático o

demosteniano, que sobre la grupa del noble caballo del Gobierno ateniense le

aguijonea para que se encabrite en rebeldía. Me ha parecido necesaria la

suspensión, por un momento, de mis anhelos de utopia para pasar a la

colaboración realista en la construcción de un país en que entre otras cosas los

utopistas puedan pensar y hablar libremente. Aquello de dejar la torre de marfil

aunque sea por poco rato.

Yo he vivido de niño la sorprendente humillación de ver a unos padres vencidos

emprender la ruta del exilio en América con unas pocas maletas, muchos hijos y

ni un duro. Todo esto a mí me parece que no se debe repetir, pase lo que pase.

Todos hemos visto cómo la precipitación y el dogmatismo y extremismo verbal de

muchos han malogrado experiencias sociales mil en Chile y fuera de Chile. Estas

imprudencias no se deben repetir, pase lo que pase. ¿Y quién puede pensar que

España esté hoy inmune á qué cosas de este tipo ocurran?

Frente a todas las cuestiones que van mal en España algo marcha bien y me parece

que este algo compensa todo lo demás. El país real no está enfrentado. Los

partidos políticos mayores, los que representan una parte abrumadora de la

población española, no están enfrentados. Nuestros líderes, las cabezas visibles

de nuestra política, no están enfren tados.

Hay muchas cosas, demasiadas, que no funcionan y que habrá que corregir, pero

nadie puede decir que el juego político, hoy en España, sea a vida o muerte.

Nadie puede decir que husmea tragedia, como se husmeó sangre muy pronto en la

vida de la Segunda República. Si, si, ya sé que se me va a hablar del orden

público. No hace mucho que escribí un articulo en este mismo periódico que

titulé «Goteo sangriento», en el que expresé mí preocupación por las

alteraciones del orden y propuse soluciones. Pero en este momento es preciso

concretar, si queremos precisar la realidad de las cosas, que la violencia está

en manos de grupos marginados, que no pueden pretender la representación de

nadie y que, de hecho, no dicen representar a nadie. Noestán, afortunadamente,

en condiciones de arrastrar al país por caminos de suicidio. La política

responsable en todos los rincones de la geografía española, incluso en el País

Vasco, está contra el derramamiento de sangre. Es posible que de momento esa

unanimidad contra el terrorismo resulte poco eficaz en la lucha contra el mismo,

pero históricamente esta voluntad de paz por parte de todos es lo que cuenta.

Nadie, ni siquiera esos amigos que me decían haber comprado un piso en Perpiñán

para cuando muriera Franco, piensan que estemos en los prolegómenos de otra

guerra civil. Y esto es lo que hay que mantener. En España lo único que vale a

medio plazo es esa democracia en paz —lo que quiere decir normalidad civilizada—

que estamos empezando a conseguir pero que todavía no hemos consolidado.

La Constitución es una prueba más —seguramente la más importante— de esa

voluntad de. paz. Claro que como íal es producto de mil transacciones y claro

también que por eso mismo no es perfecta. O se dialoga y se transige o se va a

las manos. Por lo menos en España. Que quede, pues, claro que la Constitución es

un documento de paz y que esto sólo la justifica. No hay que decir que establece

los mecanismos para su propia reforma y perfeccionamiento. Reforma y

perfeccionamiento que se podrán conseguir después de la aprobación de la

Constitución, democrática y pacificamente. La Constitución, señores, pretende

cerrar oficialmente la etapa de la violencia desde el poder para abrirle las

puertas a la convivencia, al diálogo y al respeto de las personas. Yo no me

siento capaz de negarle mi voto afirmativo.

De fracasar los comicios del día 6. ¿tendríamos que volver a las leyes

Fundamentales? ¿O iniciar la redacción de una nueva Constitución con otro

período de dos años de incertidumbre en que nadie se atreve a gobernar, la

economía anda manga por hombro, y el orden en la calle por los suelos? Ni

siquiera los que abogan por la abstención se atreven a pensar en lo que pasaría

si la Constitución no se aprobara. Y es que incluso si se aprobara fríamente y

con escasa votación, se daría un grave traspié. Le habríamos mermado nuestro

apoyo ai primer piso adelante de la libertad en nuestro país después de cuarenta

años. Yo comprendo que se vote si a la, Constitución con el propósito desde hoy

de modificarla por medio de los resortes que ella misma permite. Pero no

comprendo la mirada huidiza, el ánimo vergonzante y la trastienda engañosa de

los que se van a abstener con la secreta esperanza de que otros aprueben la

Constitución que ellos dicen repudiar. Basta de querer comer a dos carrillos. La

democracia exige ciudadanos responsables que actúen responsablemente cada día

del año.

La Constitución cierra una etapa de nuestra historia de signo autoritario que yo

he desaprobado desde que en 1939 surcaba en un camarote de tercera el mar

océano. Al mismo tiempo, la Constitución abre una puerta al futuro y a la

esperanza. Ño puede ella sola garantizar lo que nos espera. Pero sin ella el

desbarajuste social y político, hoy y aquí, están asegurados. Por eso yo votaré

que sí a la Constitución. Y una vez aprobada volverá, tal vez, a mi vocación de

teórico en la seguridad y la libertad de un clima democrático al que esta

Constitución habrá contribuida mas que cualquier otro acto político.

 

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