Autor: Ramírez, Pedro J.. 
 El Rey sancionó ante las Cortes el texto fundamental. 
 Esta Constitución a todos debe regirnos y todos debemos acatar  :   
 La Corona intentará evitar o conjugar las discrepancias para lograr el bien de España. 
 ABC.    28/12/1978.  Página: 1,4. Páginas: 2. Párrafos: 22. 

EL REY SANCIONO ANTE LAS CORTES EL TEXTO FUNDAMENTAL

"ESTA CONSTITUCIÓN A TODOS DEBE REGIRNOS Y TODOS DEBEMOS ACATAR"

«La Corona intentará evitar \«Nuestras miradas deben dirio conjugar las

discrepancias \ girse al porvenir con la más para lograr el bien de España» \

ilusionada de las esperanzas»

IMPORTANTE DISCURSO DE HERNÁNDEZ GIL

«LA CONSTITUCIÓN ES LA ESTRUCTURA DE LA DEMOCRACIA»

SU Majestad el Rey Don Juan Carlos sancionó ayer por la mañana, en un acto

solemne y emotivo, la nueva Constitución de la democracia. De acuerdo con sus

palabras, la flexibilidad demostrada por los partidos a la hora de armonizar sus

respectivos proyectos políticos supone «el mejor aval para que España pueda

iniciar un nuevo periodo de grandeza». Diputados y senadores, puestos en pie,

acababan de subrayar con una cerrada ovación el momento en que e] joven Monarca

estampaba su firma, con una pluma de oro de 1a casa Christian Dior, bajo el

texto constitucional. Su padre, Don Juan de Borbón —toda una vida consagrada al

ideal de la Monarquía democrática e integradora—, a duras penas podía contener

la emoción en una de las tribunas. Fueron instantes inolvidables para la

historia grande de España.

Fue un acto sencillamente perfecto. Incluso el tiempo contribuyó a darle realce

y brillantez. La lluvia, que no babía cesado de caer a lo largo de la noche,

remitió por la mañana y un tibia sol invernal fue trepando por la fachada del

Palacio de la Carrera de San Jerónimo, hasta encaramarse sobre el dosel colocado

ante la puerta principal. Los destellos de los tricornios de la compañía de

honores de la Guardia Civil fueron creando un ambiento magnético y sereno. El

marco era de luminosa calma cuando Sus Majestades llegaron a las Cortes poco

antes de las once y medía de la mañana.

DON JUAN, RECIBIDO CON APLAUSOS

La inmensa mayoría de los diputados y senadores ya ocupaban sus escaños y el

primer aplauso acababa de brotar del hemiciclo cuando los Condes de Barcelona,

en compañía de las infantas Cristina y Elena, había ocupado sus lugares Junto a

los demás miembros de la Familia Real Los primeros en percatarse de su presencia

habían sido los senadores de designación real Camilo José Cela, Guillermo Luca

de Tena y Víctor de la Serna. Vueltos de forma ostensible hacia don Juan, ambos

iniciaron el batir de palmas. Joaquín Satrústegui les secundó en seguida.

Pronto, otros senadores de similar significación monárquica, cuyo ejemplo no

tardó en prender en la inmensa mayoría de los presentes.

La tribuna presidencial, a la izquierda de la reservada a la Familia Real,

estaba ocupada por los presidentes del Tribunal Supremo, Ángel Escudero del

Corral; del Tribunal de Cuentas, Servando Fernando Víctorio; del Consejo de

Estado, Antonio María de Oriol, y de la Junta de Jefes de Estado Mayor, teniente

general Ignacio Altaro Arregui.

A su izquierda, en la tribuna del Cuerpo Diplomático, todas las miradas de los

curiosos se centraban en el embajador norteamericano, Terence Todman. Los

especialistas escrutaban, en cambio, el rostro incacrutable de Yuri Dubinin, el

hombre de Moscú. Presidiéndolos a todos, en el centro de la primera fila, su

decano, el nuncio Dadaglio.

Y a pocos metros de su solideo tenuemente carmín, el solideo granate de monseñor

Tarancón. El presidente de la Conferencia Episcopal conversaba distendidamente

con sus compañeros de «palco». Entre ellos el hebreo Vergel y el evangélico

Cardona. Y en segundo plano, el padre Martín Patino, eficaz enlace entre el

cárdena) y e] presidente de las Cortes durante la tensa jornada del miércoles.

La tribuna de la nobleza había sido, junto con la de Prensa, la primera en

llenarse. La duquesa de Alba, acompañada de su marido, el director general de

Música, Jesús Aguirre, había llegado al filo de las once, enfundada en una

iridiscente chaqueta de un azul entre cobalto y gules. En torno suyo fueron

ocupándose todos los asientos. De pie, en la última fila, el presidente del

Siglo XXI Antonio Guerrero Burgos, con su flamante uniforme de gala de coronel

jurídico del Ejército.

LA IZQUiERDA CUMPLIÓ CON EL PROTOCOLO

Se notaban más las presencias que las ausencias. Los periodistas anotaron, sin

embargo. la falla del honorable Tarrade llas, del diputado ex etarra Patxi

Iturrioz y de Dolores Ibárruri. Todos los demás parlamentarios ocupaban sus

lugares con sus ternos oscuros recién planchados. Los dictados indumentarios del

protocolo se siguieron casi unánimemente al pie de la letra. Dentro de las filas

del P. S. O. E. la principal excepción era Nicolás Redondo con traje claro y

camisa abierta. Su colega de Comisiones Obreras, Marcelino Camacho, embutido en

un traje gris de tres piezas, parecía, en cambio, un conspicuo ejecutivo de la

City londinense.

El Rey llego al hemiciclo a las once y treinta y cuatro minutos. El intervalo

había sido invertido en el llamado «Salón de los Pasos Perdidos», escenario de

la entrega de una placa conmemorativa con las firmas de los miembros de las

mesas de ambas Cámaras.

Don Juan Carlos vestía uniforme de capitán general e iba acompañado de sil

esposa, Doña Sofía, y de su hijo, el Príncipe Don Felipe. Junto a ellos tomaron

asiento el presidente de las Cortes y los del Congreso y Senado. Los entusiastas

aplausos suscitados en el momento de la entrada de loa Reyes habían permitido

detectar ya unas cuantas excepciones en el contexto de la actitud general. Los

parlamentarios «peneuvistas» —también unos cuantos, muy pocos, del P. S. O. E.—

habían permanecido en sus escaños, clavados como postes, con los brazos caídos

mientras los demás aplaudían.

Su comportamiento sería el mismo a lo largo de todo el acto. Sólo al final el

senador Miquel Unzueta —heredero del talante moderado y ecuánime de Juan

Ajuriaguerra— rompería esta especie de disciplina de partido, sumándose a la

ovación de los más. Arzalluz explicaría a los periodistas que si bien están

dispuestos a acatar la Constitución su contenido no les causa ningún entusiasmo

y que, de la misma manera que el 6 de diciembre se abstuvieron de votar, ayer se

abstuvieron de aplaudir.

RIGUROSO DISCURSO DE ANTONIO HERNÁNDEZ GIL

Vinieron entonces los discursos. El de Antonio Hernández Gil fue una pieza ri

Diputados y senadores aplaudieron largamente el instante en que el Rey firmó el

texto constitucional gurosa y elevada, digna de un intelectual de su talla. Dos

de sus párrafos hicieron mover algunas cabezas en señal de asentimiento. El

primero por su carácter indicativo de la nueva realidad posconstitucional: «La

Constitución abre grandes puertas a la movilidad de las tareas políticas. Hasta

ahora, en España, la política ha versado de una manera muy considerable sobre sí

misma en sus aspectos organizativos. Ha sido antes problema que vía. Va no será

así. El Estado social y democrático de derecho bajo la forma política de la

Monarquía, la organización territorial del Estado, el pluralismo como cauce de

las ideologías y de la defensa de los intereses, y las Cortes en su misión

legislativa y de control del Gobierno, son elementos de una sólida estructura a

partir del cual la acción política puede tomar derroteros más referidos a las

concretas realidades.»

El segundo, por lo que supone de incitación a una nueva ética humanista de la

existencia: «España —y señaladamente la juventud— necesita sentirse atraída por

la fuerza de los ideales. No pienso en imperialismos de grandeza, pero sí en

propósitos de superación y de progreso. Hay que buscar la dimensión moderna, a

la vez autóctona, europea y universal de España. Mucho pueden hacer las normas

idóneas y la política de altas miras No todo depende de la propia España en el

mundo interdcpendiente de hoy. Mas hay una aportación que requiere del impulso

personal como contribución al destino histórico. Coloraría el énfasis en el

trabajo en la cultura y en cierta inclinación por la austeridad.»

Sus últimas palabras fueron de despedida: —«sólo la independencia me habéis

encarecido y he procura do servirla»— y de agradecimiento. Acababa de hacer una

mención a la gentileza y discreción de la Reina y a la capacidad del Príncipe de

Asturias de «acomodar con disciplina la fragancia de sus pocos años a estos

ritos solemnes». El hijo del Rey no pudo ocultar una abierta sonrisa, que fue

correspondida por un divertido movimiento de cabeza de Don Juan Carlos y por

muchos gestos de simpatía entre los asistentes. Antonio Fontán conversó durante

unos instantes en voz baja con el heredero del Trono.

Tras firmar el ejemplar de la Constitución que le presentó el letrado mayor de

las Cortes, Felipe de la Rira, el Rey pronunció su discurso trenzado, según él

mismo dijo, con «palabras breves y sencillas». La idea medular de su Monarquía

volvió a brotar de nuevo de sus labios: «Al ser ésta una Constitución de todos y

nara todos, es también la Constitución del Rey de todos los españoles.» Y al

final la reiteración de su más firme promesa: «Todo mi tiempo y todas las

acciones de mi voluntad estarán dirigías a este hermoso deber que es el servicio

de mi Patria.»

Luego vino la parada militar y el hemiciclo quedó rápidamente varío. Enganchados

en los escaños permanecían una sensación y un deseo. La sensación de que las

Cortes ya no volverán a reunirse en su actual composición y el deseo de que

ninguno de los ayer presentes volvamos a ser testigos de la sanción solemne de

ninguna otra Constitución—Pedro J. RAMÍREZ.

 

< Volver