La sanción de la Constitución. Discurso de Hernández Gil. 
 Se ha logrado una Constitución auténtica y legítima  :   
 A nadie excluye y a todos ofrece el llamamiento a la convivencia pacífica en la libertad y en la ley. 
 ABC.    28/12/1978.  Página: 5-7. Páginas: 3. Párrafos: 27. 

DISCURSO DE HERNÁNDEZ GIL

"Se ha logrado una Constitución auténtica y legítima"

A nadie excluye y a todos ofrece el llamamiento a la convivencia pacífico en la

libertad y en la ley

Antonio Hernández Gil, presidente de las Cortes, pronunció ayer, antes de la

sanción de la Constitución por Su Majestad el Rey. el siguiente discurso, que

por su importante contenido político recogemos íntegro:

«En la solemne sesión conjunta que inauguró la actual legislatura Vuestra

Majestad pronunció un discurso alentador ante unas Cámaras expectantes. En él

proclamó "el reconocimiento de la soberanía del pueblo", para decir luego: «La

democracia ha comenzado..., ahora hemos de tratar de consolidarla."

El reconocimiento de la soberanía del pueblo es un postulado de alcance

universal, soporte y estímuío del cambio político promovido gor Vuestra Majestad

y asumido por los españoles. Ver en aquel momento el comienzo de la democracia

significaba afiri mar un primer paso en el camino largo y difícil pero seguro e

inevitable, para convertir la convivencia en entendimiento sin hegemonías ni

sumisiones. El mensaje de la consolidación de la democracia era entonces una

esperanza y un compromiso. Hoy nos encontramos más cerca de ella en la esfera de

los hechos y en la del derecho. Porque 1a Constitución es la estructura de la

democracia, la base para consolidarla. Y hoy es el día de la Constitución.

Vais a, proceder, Majestad, a la firma de un importante documento político y

legisi lativo. La crónica del acontecimiento irrumpe convertida ya en historia.

El momento es emocionante y solemne desde sus preliminares. La emoción supera

incluso a la solemnidad. El acto no es sólo protocolario. Tampoco estamos aquí

obedeciendo a la tradición o a un uso. Nos reúne un deseo compartido. El Rey y

las Cortes han querido que la Constitución, elaborada toda ella en el

Parlamento, obtenga en él, en este hemiciclo, la sanción que la erige en norma

de conducta. Hay una recíproca voluntad de encuentro. La Monarquía, que no dudó

en promover el tránsito del pueblo hacia la democracia, recibe de ella esta

proclamación legitimadora; y córrelativamente, la democracia, en cuanto ha dado

lugar a un Estado de Derecho, recibe a través de él la configuración política de

la Monarquía parlamentaria.

PREOCUPACIONES PROFUNDAS

No ha sido breve el período constituyente. Es imposible que lo fuera tal y como

se ha desenvuelto. El tiempo no se ha perdido. Su decurso se nutre de largas

jornadas de trabajo en el estudio, el diálogo i el debate. Ha habido meditación

y preocupaciones profundos. También, a veces, vacilaciones. Nunca ha faltado,

sin embargo, el sentido de la responsabilidad en todos los miembros de las

Cortes. Considerando en conjunto la tónica dominante en las tareas

parlamentarias, así como en las consagradas a la Constitución, bien puede

afirmarse que, se ha procedido de una manera digna y en muchos aspectos

ejemplar. La Constitución, democrática por el contenido y por el espíritu que la

inspira, lo es también en su génesis y en su entorno.

Majestades, Alteza Real, señoras y señores parlamentarios:

Me considero en el deber de decir a las Cámaras reunidas algo que, aun

sabiéndolo, es Junto recordarlo. Con todo lo hecho por Vuestra Majestad hasta

llegar a la Constitución no os habéis interferido lo más mínimo en el proceso de

su elaboración. Habéis comprendido, incluso en los menores detalles la

independencia del poder legislativo. Esta actitud, acertada en el fondo y de

exquisita delicadeza en la forma, es un noble servicio que se une a los muchos

ya prestados a la causa de la democracia. Estamos seguros, Majestad, de Vuestra

surna fidelidad a la Constitución, escrupulosamente respetada antes de su

nacimiento.

A su vez, me considero en el deber de resaltar ante Vuestra Majestad que todos

los paralamentarios, sin abdicar de sus creencias, han colaborado en un esfuerzo

común. Las relaciones de convivencia han sido cívicas y amistosas. La

contradicción no se ha producido entre enemigos ni los ha generado. Se ha

conseguido hacer compatible el propio convencimiento con la comprensión de los

criterios no compartidos. Frecuentemente se ha logrado el acercamiento de

pareceres distintos. Fue siempre recibida con satisfacción la unanimidad, unas

veces espontánea y otras laboriosamente forjada. No faltaron en ocasiones la

transacción y hasta la tolerancia. Los discrepantes. han merecido el respeto,

también deserrado por ellos.

Así se ha discutido y elaborado la Consi titución aprobada en votaciones

ampliamente matoritarias por los Plenos del Congreso y del Senado, con

participación de los representantes del pueblo. No era fácil para éste, en el

referéndum, formar juicio sobre el conjunto de un documento necesariamente

complejo y técnico. El pueblo ha ratificado la Constitución en términos indiscui

tibles desde el punto de vista de la legalidad y claramente favorables en el

plano de la realidad política y en el de las estimaciones sociales y morales. El

laconismo del sufragio condensa como síntesis de la voluntad lo que es, al

propio tiempo, emoción humana, razón histórica y decisión. La fori ma de

pronunciarse España sobre su futuro no ha podido ser más rigurosa, completa y

libre. Lo que somos y lo que vamos a ser depende de nosotros mismos. Nadie puede

apropiarse de vuestro destino ni hablar con fundamento vinculante fuera de la

democracia. He aquí el gran problema resuelto.

Si la Constitución hubiera de ser la imai ginada por cada uno, no habría

Constitución posible. Se ha logrado, sin duda, una Constitución auténtica y

legítima. La más próxima a tas aspiraciones de los partidos políticos y de los

ciudadanos, aunque no el ideal mismo contemplado por cada sector de opinión.

Refleja la directriz marcada por la voluntad general. Es lugar de encuentro y de

coincidencia en los presupuestos básicos. La Constitución a nadie excluye y a

todos ofrece el llamamiento a la convivencia pacífica en la libertad y en la

ley.»

«España necesita sentirse atraída -destacó Hernández Gil- por la tuerza de los

ideales»

La libertad es atributo de la persona, lo mismo que el don del pensamiento o de

la palabra. integra y define su propio ser. O la libertad comprende a todos o no

hay libertad. Por eso es aliada de la igualdad. Si falta la igualdad, la

libertad se degrada y degenera en instrumento de dominación y hasta de

esclavitud. Es indispensable su presencia en la regulación de las relaciones

entre las personas y de éstas con el Estado. El derecho a la vida y la

convivencia en la paz son las más absolutas exigencias de la libertad. Al mismo

tiempo legítima el ejercicio de la autoridad en cuanto es un modo de defender la

libertad como valor ético y social suprema.

La armonía entre la libertad y el orden: ésta es la ley. Ley, y en grado máximo,

es la Constitución. Por su rango y por los fines a que tiende La Constitución, y

en concreto la nuestra, consagra como ley: el reconocimiento y la garantía de

los derechos y de las libertades de los individuos, las comunidades y los grupos

sociales y políticos; el cumplimiento de los deberes; el respeto a las

conformaciones históricas y culturales dentro de la unidad de la nación

española; la distribución equilibrada de los poderes y el ejercicio limitado y

eficaz de los mismos por las correspondientes instituciones; la eliminación del

arbitrio; la realización ini dependiente de la justicia; el fomento del progreso

y de todos los bienes de la cultura en beneficio de los españoles; la defensa

del ordenamiento constitucional y sus presupuestos esenciales, y los propósitos

de cooperación en la paz con todos los países.

Creer que la Consunción lo es todo sería una utopía impropia de la experiencia

histórica. Has considerar que es poco o nada implicaría un escepticismo acaso no

bien intencionado. Sabemos que, sancionada y promulgada la Constitución, no se

alterará el curso de los hechos; las realidades materiales serán las mismas y

los problemas no quedarán, sin más, resueltos. Sin embargo, trae consigo un

cambio importante. No se limita a consolidar el que ya se ha producido. En el

campo de la significación social de la convivencia no es lo mismo tener la

Constitución pendiente que tenerla como punto de partida.

DESPEJADA UNA INCÓGNITA

La Constitución es, de inmediata, certeza. Despeja una incógnita que se ha

cernido sobre España demasiado tiempo. Nos concede identidad política. Pone

término a la imprecisión y a la inseguridad. Coni fiere el Estatuto de la

ciudadanía sin discriminaciones por razón de nacimiento, sexo, raza, opinión o

religión. Y nos oblii ga y conduce no en virtud de una fuerza coercitiva ajena a

nosotros, sino por acatamiento a la voluntad del pneblo en el que todos nos

integramos.

La Constitución genera un orden jurídico. Hemos llegado hasta ella en el

ejercicio de una opción política. Convertida la opción en ley suprema, surge el

deber de su cumplimiento. Este incumbe a los ciudadanos y a los poderes

públicos. Respecto de los ciudadanos, la Constitución irradia derechos y

obligaciones. Respecto de los poderes públicos, el deber se antepone a todo. Las

funciones, las prerrogativas y las facultades son consecuencia del deber. En él

tienen su fundamento y a él le sirven como medios de realización. Un deber, a la

vez grave y honroso, es la aplicación de las normas constitucionales, tanto de

un modo directo como a través de las leyes orgánicas y las ordinarias, y

mediante el control de la constitucionalidad.

Sólo con un ordenamiento totalmente compenetrado con la Constitución,

correctamente interpretada, rendirá cuantos frutos entrega y promete.

La Constitución abre grandes puertas a la movilidad de las tareas políticas.

Hasta ahora, en España, la política ha versado de una manera muy considerable

sobre sí misma en sus aspectos organizativos. Ha sido antes problema que vía. Ya

no será así. El Estado social y democrático de derecho bajo la forma política de

la Monarquía, la organización territorial del Estado, el pluralismo como cauce

de las ideologías y de la defensa de los intereses, y las Cortes en su misión

legislativa y de control del Gobierno, son elementos de una sólida estructura a

partir de la cual la acción política puede tomar derroteros más directamente

referidos a las concretas realidades. Es deseable un amplio espíritu de

cooperación compatible con ciertas diferencias de planteamiento y enfoque, para

contribuir a la efectividad práctica de cuanto la Constitución reconoce,

protege, garantiza, asegura, promueve y fomenta. Estas palabras y otras

similares, que pueblan los preceptos de la Constitución, tienen el significado

de un mandato unido a un significado tuitivo. Destinatarios de la protección son

los ciudadanos, los trabajadores, los empresarios, los profesionales, los niños,

los minusválidos, los emigrantes, los consumidores y, en general, la persona en

sus diversas actividades y situaciones. En el Plano objetivo las normas recaen

sobre la salud, la familia, la economía, la naturaleza, los bienes materiales y

los del espíritu, es decir, la sociedad en su conjunto. Suele equipararse la

Constitución a unas, reglas de juego. Es cierto, aunqne no se agota en ellas.

Formula también las grandes líneas de la política general del Estado y sus

fines. Esa política general no se identifica con la que, en concreto, realicen

los Gobiernos. Ahora bien, han de tenerla como base y pauta, en cumplimiento de

la Constitución.

SUPERACIÓN Y PROGRESO

España -y señaladamente la juventud- necesita sentirse atraída por la fuerza de

los ideales. No pienso en imperialismos de grandeza, pero sí en prepósitos de

superación y de progreso. Hay que buscar la dimensión moderna, a la vea autóci

tona, europea y universal de España. Mucho pueden hacer las normas idóneas y la

política de altas miras. No todo depende de la propia España en el mundo

interdependiente de hoy. Mas hay una aportación que requiere del impulso

personal como contribución al destino histórico. Colocaría el énfasis en el

trabajo, en la cultura y en cierta inclinación por la austeridad. El trabajo es

la forma general e ineludible de la realización de cada uno. La cultura, con su

presupuesto en la edui cación í su punto culminante en la ciencia, es

actualmente una actitud y una instancia inevitable para el progreso; toda

transformación profunda de la sociedad pasa hoy por la ciencia. La austeridad es

a modo de un ascetismo civil más exigeni te con el más asistido de

posibilidades. Dudo si la vieja idea de la felicidad o la más reciente del

bienestar pueden ser mói viles dominantes. En cualquier caso, sitúo en primer

termino a quien protagoniza la vida en la plenitud de su sentido humano y

espiritual, no al que sólo apetece, de-anda y consume.

La Constitución organiza la convivencia de los españoles en un sistema político

y social que tiene por base la democracia, Queda así establecida y consolida

como principie. Después vendrán numerosas especificaciones a través de las

leyes. No obstante, las posibilidades del desarrollo democrático no se agotan en

las formulai ciones normativas. De un lado, porque siempre habrá normas

pendientes. Y de otro lado porque existe también lo que podría llamarse una

democracia en profundidad sedimentada en el fondo de las conciencias

individuales y de la conciencia colectiva, que no procede de la ley y

difícilmente puede encajarse en ella. Es formación, costumbre, espíritu. Supone

el constante reconocimiento del otro eomo igual y distinto. Es diálogo abierto y

superación de los dogmatismos cerrados. Al mismo tiempo que afirma las

respectivas

individualidades fortalece los vínculos de la solidaridad.

La democracia no se circunscribe a la consagración del voto ni altriunfo de la

mayoría. Es una técnica: pero también, en mochos aspectos, un problema de

sensibilidad y de conducta. Por eso con la Constitución no sólo estrenamos una

ley nue-va, sino asimismo una nueva vida más llena de alicientes y de

responsabilidades.

Majestades, Alteza Real, señoras y señores parlamentarios:

Termino con muy sinceras expresiones de gratitud: a Su Majestad el Rey, por dar

a las Cortes la prueba del máximo reconocimiento que significa su presencia para

sandonar en ellas la Constitución; a Su Majestad la Reina, que, como tantas

veces, simboliza gentilmente junto a la fisura del Rey la nota femenina de su

digna y discreta compañía; y a Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, que sabe

acomodar, con disciplina, la fragancia de sus pocos años a estos ritos solemnes.

Por último, y en el orden personal, me permito decir que ignoro cómo se cruzó mi

imagen ante la mirada de Vuestra Majestad cuando me concedisteis el señalado

honor de designarme presidente de las Cortes. Acaso buscando la independencia.

Desda tuero sólo la independencia me habéis encarecido y he procurado servirla.

Gracias, Majestad. Gracias también a las señioras y a los señores diputados y

senadores, a los partidos políticos y a los grupos parlamentarios. He ofrecido

desde la independencia la comprensión y desde todas las ideologías he sido

correspondido con la comprensión.»

«SE HA PROCEDIDO DE UNA

MANERA DIGNA Y EJEMPLAR»

(Hernández Gil)

 

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