Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La firma del Rey     
 
 ABC.    28/12/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

La firma del Rey

SOBRE la puerta del palacio de la Carrera de San Jerónimo, guardada por los dos

famosos leones de bronce, se ha tendido un gran dosel con el escudo de España.

En el escudo también hay teones, y torres, y cadenas, y barras, y la granada

última y difícil, como un resumen de la larga historia, dolorosa, gloriosa y

gozosa, de nuestra unidad nacional, apretada bajo la Corona. Dentro, sobre la

tribuna de la presidencia, otro dosel: el de lai grandes ocasiones del

Parlamento, del templo de las Leyes, del lugar que tantas veces vio como el

pueblo libraba, ganaba o perdía las muchas batallas de su soberanía, las viejas

luchas de su libertad. Allí los sillones para los Reyes de España y el asiento

para el Principe Felipe, que representa la continuidad de la dinastía y la

permanencia de la institución. En los escaños, los diputados y senadores que han

hecho y aprobado la primera Constitución acordada de nuestra Historia y que son

los representantes legítimos del pueblo que acaba de refrendar le Monarquía

parlamentaria, es decir, la Corona y la Democracia.

En la alta tribuna de honor, la Familia Real, alrededor de Don Juan de Barbón,

Conde de Barcelona, ese hombre para quien la Historia ha reservado el caprichoso

y casi silencioso destino de ser hijo de Rey y padre de Rey, protagonista

lejano, pero vecino, generoso y vigilante de la peripecia histórica del

interregno, que sabe de paciencias y de renuncias. En los palcos de la galería

representantes del Ejército, de la Iglesia, de la Magistratura y de la

diplomacia. Casi todos los periodistas que se apiñan en la tribuna de Prensa

asisten a un espectáculo nunca visto: la firma de una Constitución de España.

Don Juan Carlos I viene vestido con el uniforme de gala de capitán general del

Ejército de Tierra. Desde aquí se puede adivinar en su rostro un gesto de

alegría, reprimida por la solemnidad del instante. Enfrenta el hemiciclo y los

diputados y senadores se ponen en pie y aplauden al Rey constitucional, heredero

de la dinastía y votado por et pueblo. Sólo un pequeño grupo de parlamentarios

vascos permanecen en pie sin ofrecer sus aplausos, como una paradójica expresión

de respetuosa ingratitud. Ei Rey que entra en el Palacio del Congreso va a

firmar la Constitución que consagra no sólo la soberanía y la libertad del

pueblo español, sino también Ia autonomía más generosa y amplia a los países de

España.

El presidente de las Cortes, don Antonio Hernández Gil, el más ilustré "parado"

por la gracia de !a Constitución, pronuncia las dos palabras que adjetivan este

acto para la posteridad: solemnidad y emoción. Y con ser la solemnidad mucha,

casi más emoción que solemnidad. Sin el Rey que escucha esas palabras, es seguro

que todo habría sido más difícil. La Constitución del reencuentro con la

libertad y de la voluntad de concordia tal vez no habría podido nacer en medio

de las esperanzas, las paces y las palabras. La Monarquía y la democracia abren

una nueva etapa para la grandeza de España y nos ofrece a los españoles la

oportunidad de ser exactamente aquello que queramos ser con nuestro esfuerzo

libre y con nuestra responsabilidad entera, desde una igualdad en los derechos y

en las obligaciones. «La Constitución de todos y para todos es también la

Constitución del Rey de todos los españoles», ha dicho Don Juan Carlos, y cuando

se ha referido a ella se ha acordado antes de las obligaciones que de las

prerrogativas y ha repetido aquellas palabras que pronunció, hace ahora tres

años —un soplo en la vida de un pais, y, sin embargo, un soplo que le devuelve

toda su fuerza al viento del pueblo—, en el momento de su proclamación, en aquel

momento erizado de dificultades y angustiado de incertidumbres: "El Rey es el

primer español obligado a cumplir con su deber.»

Los discursos han sido breves. Se han pronunciado las palabras precisas para dar

le de un acto histórico a la posteridad. El libro donde está escrita la

Constitución española de 1978 ha sido firmado por don Antonio Fontan, presidente

del Senado; por don Femando Alvarez de Miranda, presidente del Congreso, y por

don Antonio Hernández Gil, presidente de las Cortes, ese hombre a quien el Rey

designó para una. misión delicada, sin pedirle otra cosa que la lealtad de su

independencia. Cuando, con pluma de oro, Don Juan Carlos I ha puesto su firma al

pie del libro de la Constitución, las dos Cámaras legislativas, reunidas en los

escaños del Congreso, han vuelto a estallar en aplausos. Todo se ha desarrollado

con una sencilla solemnidad y con una emoción contenida, pero casi palpable en

el aire del viejo Palacio del templo de las leyes. Todo se ha desenvuelto dentro

de un protocolo breve y digno. El protocolo sólo se ha roto durante un instante,

cuando el presidente de las Cortes ha hecho una referencia al Príncipe Felipe El

Rey ha mirado a su hijo, serio y atento hasta ese momento, y ha sonreído de una

forma espontánea y confiada, como quiera Dios que España pueda sonreír ante su

futuro. Los Reyes y el Príncipe, que sonreían, y las palabras del presidente de

las Cortes, que hablaban de esperanza ante un porvenir abierto por una

democracia nueva traída de la mano de una Monarquía, a la que siempre hemos

vuelto los españoles después de cualquier otro ensayo provisional y efímero en

nuestra Historia, pueden simbolizar en el recuerdo de los españoles todas las

ilusiones de esta etapa constitucional que ahora comienza.

La mañana del 27 de diciembre de 1978 se había despertado lluviosa. Diluviaba

sobre la Villa y Corte de Madrid. Si yo fuese —como, a veces, lo soy— un

cronista lírico, diría que sobre Madrid, en un día en que el Rey de España

firmaba la Constitución, lloraban de gozo los siglos. De esos siglos de España

llenos de nombres de Reyes y de empresas de pueblo grande siempre celoso de su

libertad y famoso en su independencia. Más tarde, mientras desfilaban las (ropas

del homenaje por la carrera de San Jerónimo, un sol inesperado y glorioso ha

bañado de luz el final del acto con el que comienza nuestra última aventura

hacia la libertad. Al sol insólito del invierno, el Rey de España pide, en la

fórmula de la sanción de la Constitución, que cumplan las disposiciones

constitucionales todos los que. la vieren y entendieren. Ver y entender. Vernos

y entendernos. Y en los inviernos de España no se pondrá del todo el sol.—Jaime

CAMPMANY.

 

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