Autor: Jiménez de Parga y Cabrera, Manuel (SECONDAT). 
   Constitución y cultura política     
 
 Diario 16.    10/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA

Catedrático de Derecho Político

Constitución y cultura política

Se ha dicho muchas veces, pero en estos días, cuando celebramos e año III de la

Constitución, hay que repetirlo: un régimen político se configura tanto por

leyes e instituciones como por actitudes y comportamientos. La consolidación del

régimen, por ello, no se alcanza hasta conseguir la aceptación amplia de sus

principios y fórmulas de gobierno por parte de los ciudadanos.

A pesar de las presentes dificultades, creo que en España se avanza a buen

ritmo. Tres años es muy poco tiempo para movilizar a un pueblo y hacerle cambiar

sus creencias y sus hábitos, su cultura política.

No debemos olvidar el punto del que partimos. Durante casi cuarenta años, aquí

no se hizo apenas nada para preparar el advenimiento de la democracia. Eran

otras las soluciones que se presentaban como las mejores, y bástanles españoles

de buena fe llegaron a persuadirse de que las libertades públicas y las

elecciones populares nos conducirían al caos.

Nuestra cultura política, nuestras actitudes y comportamientos cívicos, han

evolucionado más rápidamente que la de los alemanes de la República federal, por

ejemplo.

Gracias al milagro

En los primeros años de vigencia de la ley Fundamental de Bonn, la immensa

mayoría se desentendió de los asuntos públicos, con una indiferencia tan acusada

que determinados observadores temieron por el futuro de la democracia en aquel

país. David P. Conradt acaba de recordarnos que en 1950 solamente alrededor de

la mitad de la población adulta de la R.F.A. deseaba más de un partido para

participar en ia vida política, y menos del 50 por 100 consideraban necesario el

Parlamento.

Fue luego, a mediados de los sesenta, con quince años de orden liberal y

democrático, cuando la mayoría absoluta de los alemanes se identifican con la

República federal. Mientras que en 1955 sólo un 30 por 100 valora positivamente

el texto constitucional, en 1978 pasan del 70 por 100 los entusiastas de la ley

Fundamental. Contri buyó a este cambio de actitudes el éxito de los programas

económicos de los sucesivos Gobiernos, en aquel ambiente de opulencia calificado

como «milagro alemán".

Nuestro caminar histórico hacia la democracia no ha tenido ese coadyuvante

poderosísimo de un desarrolla económico espectacular, del estilo del habido en

la República federal (y en toda Europa) entre 1945 y 1975. Hemos tenido mala

suerte Empezamos a marchar politicamente en plena crisis económica y en ella

estamos instalados.

No obstante, pienso que, en este año III, los españoles que nos sentimos

identificados con la Constitución y con lo que ella significa rebasamos el 30

por 100 conseguido por las alemanes en su año VI. He aquí otro motivo para

celebrar la efemérides con relativa sa tisfacción.

Tres años no son dos siglos

Tres años son una brevísima etapa en la historia de una nación. Tres anos son

casi nada, incluso en la biografía de una persona

En los manuales y tratados de ciencia política suele invocarse el caso de los

Estados Unidos de América como ejemplo de país con Constitución de profundas y

amplias raices entre sus habitantes.

Según informa D. Devine, en una encuesta de opinión reciente se pone de

manifiesto que más de los dos tercios de los norteamericanos estiman que «la

Constitución es casi tan perfecta como es posible que lo sea y no se debe

introducir ningún cambio importante en ella». Pero este dato ilustra dor de la

postura de aquel pueblo se registra hoy, cuando es inminente la conmemoración

del segundo centenario de la redacción del venerable documentó.

No cabe hacer en tres años lo que otros han hecho en dos siglos. Tampoco era

previsible aqui un cambio más rápido de las ideas y de los hábitos. El texto

constitucional acoge unos valores, reconoce y ampara unos derechos, y establece

un sistema de poderes. Ya tenemos una parte esencial del régimen democrático.

Pero nos falta ese otro componente que hemos indicado al principio, el cual,

gracias a los estudios de G. Almond y S. Verba, se conoce como «cívic culture».

No poseemos aún el conjunto de creencias democráticas en torno de los modelos de

interacción política y de los principios, reglas e instituciones

constitucionales. A los tres años, y arrancando de donde arrancamos, era

humanamente imposible contar con ese valioso patrimonio cívico.

 

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