El texto constitucional, cauce de integración. Con asistencia de las instituciones del Estado. 
 Solemne homenaje de las Cortes a la Constitución     
 
 ABC.    10/12/1981.  Página: 6-8. Páginas: 3. Párrafos: 28. 

El texto constitucional, cauce de Integración

Con asistencia de las Instituciones del Estado

Solemne homenaje de las Cortes a la Constitución

MADRID. Las Cortes Generales —Congreso de los Diputados y Senado— celebraron

ayer por la mañana una solemne sesión como colofón de los actos conmemorativos

del tercer aniversario de la Constitución. En el transcurso del acto pronunció

un Importante discurso el presidente de las Cortes y del Congreso, Landelino

Lavilla, que fue Interrumpido en tres ocasiones por aplausos y gritos de «muy

bien» de diputados y senadores.

• La Constitución del 78 es la Constitución de la libertad y de la democracia

• El espíritu de entendimiento con que ha nacido comporta su permanencia y

estabilidad

• El pueblo español no puede tolerar que grupos o personas, suplantando su

voluntad, se erijan en jueces o arbitros políticos

• Fuera de la Constitución no hay sino barbarie y regresión, suicidio y

esterilidad

Todas las Instituciones del Estado asistieron a esta solemne sesión conjunta de

ambas Cámaras Legislativas. Los tenientes generales que integran la Junta de

Jefes de Estado Mayor (JUJEM) habían ocupado la tribuna minutos antes de que, a

la una menos veinte de la tarde, abriera la sesión Landelino Lavilla. En la

tribuna principal —también denominada de la Reina— estuvieron sentados los

presidentes del Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial,

Consejo de Estado y Tribunal de Cuentas. Cerca de ellos, el nuncio de Su

Santidad el Papa, monseñor Innocenti, ocupó otra tribuna de invitados, así como

altos mandos de tas Fuerzas de Seguridad del Estado, Cuerpo Diplomático y otras

personalidades y representaciones.

El presidente de las Cortes Generales y del Congreso, Landelino Lavilla,

consumió veintisiete minutos, exactamente, en su parlamento, que fue rubricado

por una fuerte ovación de todos los parlamentarás e invitados puestos en pie. Al

término del discurso se celebró una recepción en los pasillos de la Cámara Baja.

En su intervención, el presidente de las Cortes trazó una panorámica de cómo se

abordó la elaboración del texto constituyente con talante de superación de

viejos enfrentamientos, para pasar luego a definir la Constitución como

expresión de unidad, como «símbolo de cohesión», como «cauce de integración y

como «norma jurídica. Tras señalar que quizá tres años de vigencia sea un plazo

demasiado corlo para la plena maduración y enraizamiento de la Constitución en

el cuerpo social, Landelino Lavilla afirmó que «cualquier intento de mutilar los

derechos fundamentales y las libertades públicas en España sería contra el

sentido de la Historia y contra la voluntad del pueblo» «Sería, por lo mismo,

rigurosamente inútil.»

Aludió, también, a quienes desde planteamientos de terror revolucionario o

desde los que se erigen en voceros excluyentes de los más entrañables valores de

España» son Incapaces de aprender las lecciones de la Historia, para afirmar que

frente a esas personas y esas fuerzas «forman muralla los valores

constitucionales ».

• No hay vencedores ni vencidos, sino encuentro de todos en una tarea

común

Son importantes las reglas formales de la democracia y todos hemos podido

verificar la validez y eficacia de las que figuran en la Constitución, probadas

ya en circunstancias diversas, no siempre fáciles y en ocasiones delicadas. Pero

más importante es encarnar y hacer realidad, hasta convertirlos en estilo de

vida, los hábitos de respeto, tolerancia y comprensión en que florecen la

libertad y la responsabilidad, como anverso y reverso de una misma medalla.

Y no tengo inconveniente en destacar, porque a nosotros los parlamentarios

corresponde una importante función de ejemplaridad, que en las Cortes Generales,

día a día, se muestra la realidad de aquellos hábitos, realidad bien

esperanzadora y que fácilmente contrasta con pasadas experiencias. Aquí

concurren ordenadamente fuerzas políticas asaz distintas, que no buscan el

enfrentamiento por el enfrentamiento, que mantienen un alto nivel de respeto

recíproco y que se esfuerzan en hacer del Parlamento lo que en esencia tiene que

ser, un lugar de diálogo y encuentro, en el que la confrontación tiende siempre

al acuerdo y nunca a preparar una guerra.

Una Constitución se asienta definitivamente en la comunidad política cuando sus

valores se hacen creencias en la conciencia social generalizada. Puede que un

período de tres años sea en exceso corto para su plena maduración y

enraizamiento. Pero es, sin duda, tiempo suficiente para percibir, ya que la

liberación de energías ha generado la dinámica irreversible propia del régimen

constitucional; para percibir que nuestro pueblo ha hecho suyos los valores

constitucionales y para asegurar, en consecuencia, que está dispuesto a

su firme y denodada defensa. Cualquier intento de mutilar los derechos

fundamentales y las libertades públicas en España sería contra el sentido de la

Historia y contra la voluntad del pueblo; sería, por lo mismo, rigurosamente

inútil.

La Ley es la armonía entre la libertad y el orden, entre el derecho de cada

uno y los derechos de los demás. Y la suprema Ley, expresión, por tanto, de la

suprema armonía, es la Constitución, que a todos, poderes públicos y ciudadanos,

obliga.

En la comunión activa de los valores que proclama la Constitución está nuestra

esperanza de convivencia; fuera de esos valores no hay sino barbarie y

regresión, suicidio y esterilidad. Porque estéril, a plazo más o menos

corto, habría dé ser cualquier pretensión de imponer el dogma, silenciar la

discrepancia, trabar la libertad de expresión, cercenar el derecho de asociación

política o desnaturalizar de nuevo las organizaciones sindicales.»

La Constitución española de 1978 es la Constitución de la libertad y es la

Constitución de la democracia. Es la Constitución que configura en España un

Estado social y democrático de Derecho, que ampara los derechos y libertades

inherentes a la persona y los de los grupos en que las personas se integran, y

que impone a los poderes públicos la doble obligación de promover las

condiciones para que la libertad y la igualdad sean efectivas y de remover los.

obstáculos que impidan o dificulten su plenitud.

• El pueblo español es hoy firme guardián de la democracia

Una Constitución no es una tarea conclusa, sino uña exigencia de realización

diaria. Es importante disponer de una Constitución en la que, como he dicho, se

simboliza la unión, cohesión e integración de un pueblo y se expresa su voluntad

de conquistar el futuro. Pero disponer de una Constitución no supone eliminar

los problemas ni arrasar las dificultades, aunque suponga, desde luego, un

necesario punto de partida para asegurar la eficacia del esfuerzo superador.

La Constitución ha funcionado sensiblemente bien. Muchos problemas graves y

algunos endémicos en la convivencia española han hallado cauces razonables para

su solución. Tenemos un Gobierno constitucional, surgido de unas elecciones

generales y controlado por unas Cortes que son representación legítima del

pueblo español; tenemos un Poder Judicial independiente que administra en nombré

del Rey la Justicia que emana del pueblo; tenemos un Tribunal Constitucional,

garante de la pureza jurídico-constitucional de las leyes y amparador de los

derechos fundamentales y libertades públicas; tenemos unas Fuerzas Armadas que

garantizan la soberanía e independencia de España y defienden su integridad

territorial y el ordenamiento constitucional; tenemos en construcción una

organización territorial fundada en el principio de autonomía, que ha de

permitir rescatar y potenciar los ámbitos de convivencia en proximidad,

fortaleciendo el sentido comunitario y participativo del hombre, y tenemos un

sistema de Monarquía parlamentaria en el que el Rey, símbolo de la unidad y

permanencia del Estado, arbitra, modera y, en definitiva, asegura el

funcionamiento regular de las instituciones con la eficacia, prudencia y firmeza

que el Rey Don Juan Carlos ha acreditado.

Nunca como hoy se han dado, a mi entender, tantas y tan esperanzadoras

posibilidades de romper lo qué para algunos es maleficio y para otros fruto dé

limitaciones congénitas del suelo o del pueblo español.

Hoy las fuerzas políticas y el propio pueblo español se afanan en un esfuerzo

real y decidido de transformación y modernización; diversas son las

concepciones, distintos son los medios y medidas propuestas —y legítimas

son, en la discrepancia, la preferencia y la opción de cada uno—, pero es

concorde el objetivo de consolidar el orden constitucional y alcanzar nuevas

metas de progreso y de justicia.

Es evidente que ha habido carencias y faltas de sintonía, imputables más a la

hondura crítica de los problemas y a la constitutiva fragilidad de las personas

que a deficiencias del régimen constitucional establecido.

Pero ninguna razón hay para que en una situación que es en sí misma germinal

proliferen negros augurios o se extiendan actitudes negativas, pesimistas o

nostálgicas que, por serlo, son actitudes rigurosamente reaccionarias.

FUERZAS OSCURAS

No faltan, ciertamente, personas incapaces de aprender las lecciones de la

Historia, de entender los signos de los tiempos o de percibir el pulso firme y

sereno del pueblo español. Unos hay que quisieran domeñar la voluntad de todos

con violencia y sin razón, abriendo curso al terror o a la revolución.

Otros hay que quisieran secuestrar la voluntad del pueblo entero, arrogándose su

representación y erigiéndose en voceros excluyentes de los más entrañables

valores de España. Son unas y otras fuerzas oscuras que pretenden cuestionar y

hasta borrar ese modo de convivencia que llamamos democracia y que es conquista

y realización de nuestra civilización.

Pero frente a esas personas y fuerzas forman muralla los valores

constitucionales y las instituciones democráticas, que tienen la autoridad de la

Ley, respaldada por la adhesión de un pueblo consciente de su protagonismo y de

su razón.

GUARDIAN DE LA DEMOCRACIA

Si el pueblo español pudo ser, en otras ocasiones, espectador indiferente del

acontecer político, dócil seguidor de iniciativas sin futuro o fácil secundador

de facciones, hoy es sereno garante de la libertad y firme guardián de la

democracia. Cualquier agresión, cualquier acto de audacia e irresponsabilidad

resultaría estéril en sus objetivos políticos ante la firme voluntad de convivir

en paz y libertad acreditada por los españoles.

El pueblo español, al que representamos, no puede tolerar que grupos o personas,

por la fuerza de las armas, por la invocación de valores audazmente secuestrados

o por el fanatismo suicida suplanten su propia voluntad y se erijan, con

presunción, en jueces y árbitros políticos. Es el pueblo español el que

juzga a sus representantes y el único que arbitra renovando o retirando su

representación.

La conmemoración de la Constitución es ocasión propicia, que el calendario

brindará cada año para que las Cortes Generales visualicen ante España entera su

significación institucional, reciban a las representaciones más cualificadas de

las demás instituciones nacionales y renueven su compromiso de acatar la

Constitución y servir con entrega y sin reservas al pueblo español.

Y de esta buena ocasión, porque fue el Parlamento, comisionado por el pueblo,

titular del Poder constituyente, quien asumió la tarea de elaborar el texto

constitucional; porque al Parlamento corresponde el desarrollo legislativo de la

norma fundamental, y porque del Parlamento depende, en gran medida, que se

mantenga vivo el espíritu de concordia felizmente entrañado en la conciencia del

pueblo español.

El Parlamento significa el triunfo de la palabra; la palabra es el vehículo de

la idea, que se origina en la razón y se dirige a la razón; la palabra es el

instrumento político para la transacción, el compromiso y la convicción. El

triunfo de la palabra, la eficacia del Parlamento, es la victoria de la razón y

la derrota de la fuerza. El Parlamento no tiene que ser, ni es, un espectáculo

diario, un foro para la demagogia, el torneo o los juegos florales; no es sólo

el lugar donde se pronuncian solemnes discursos y se alumbran frases felices.

Es, sobre todo, un lugar, una oficina en que se tramitan y despachan múltiples,

importantes y, en ocasiones, áridos problemas de Estado. Un lugar en el que

diputados y senadores no están para proyectar sobre la sociedad sus propios

problemas, sino para captar los problemas sociales y buscar su mejor y más

eficaz solución; para ejemplarizar en sí mismos los valores constitucionales y

para proponer al pueblo metas colectivas de ilusión y esperanza.

Desde esa concepción del Parlamento, y con ese espíritu que sella el compromiso

de los parlamentarios españoles, las Cortes Generales se suman a la

conmemoración del Día de la Constitución, proclaman su fe en el mejor futuro

para todos tos españoles y expresan con emoción su respeto y admiración al Rey

de España, Don Juan Carlos.

No hace mucho tiempo, en la inmediata proximidad de una dura experiencia y con

la emoción apenas conocida, rechacé, a fuer de español, que pudiera darse un

viva a España como signo de hostilidad ante quienes creemos en la democracia y

acatamos la Constitución. Hoy, en este salón que preside la bandera de España y

pensando en España como patria común de todos, soy yo el que grita ¡Viva

España!, un grito sin acritud, un grito de concordia y unión, un grito de

esperanza y de ilusión por nuestra España. Y cuando digo nuestra; me erijo en

portavoz de un nosotros, que somos, sin exclusión, todos los españoles.

 

< Volver