Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Mensaje al mundo del trabajo/y 2     
 
 El País.    14/11/1978.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL PAIS, martes 14 de noviembre de 1978

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TRIBUNA LIBRE

Mensaje al mundo del trabajo/y 2

MANUEL FRAGA Secretario general de Alianza Popular

La España a la que debemos apuntar, para los años ochenta, no es una España que se parezca a China o a

Rusia, con un Estado omnipotente que sea el único patrono, el único casero y señor absoluto de vidas y

haciendas. No es tampoco una España con una economía estancada y sin desarrollo, como la de

Inglaterra, donde el socialismo laborista ha establecido un sistema burocrático y nacionalizador. No puede

ser una «sociedad autogestionaria», en la que todas las empresas, grandes y pequeñas, se lleven como

cooperativas.

Se dirá que hay otros modelos socialistas, y es cierto. Los que menos mal funcional son aquellos que,

como la socialdemocracia alemana, austríaca o escandinava, administran prudentemente el propio sistema

de la economía social de mercado, en lugar de destruirlo o destrozarlo.

Pero vengamos a las cuestiones de fondo. Lo primero que hay que decir es que el sistema económico y

social no funciona por separado del resto: no cabe separar la inversión de la seguridad ciudadana, ni la

productividad del sistema escolar, ni la exportación del conjunto de la política internacional, y así

sucesivamente.

Dicho de otro modo: o la sociedad funciona en su conjunto, o no funciona nada. El edificio social no

puede construirse desde el tejado, sino desde los cimientos. Lo primero que necesita una sociedad es

paz, orden, leyes justas y que se cumplan.

Asegurado el orden y la ley, con una justicia rápida y ejemplar, el punto siguiente es la familia y la

educación. Todos aspiramos a fundar una familia, a tener hijos, a educarlos y sacarlos adelante. Todos los

mitos de las comunas y del amor libre se estrellan contra la realidad familiar: o se nace en una familia o se

llega a la vida en inferioridad de condiciones, que ninguna institución asistencial puede arreglar.

Esto exige una política eficaz de viviendas y de escuelas. Casas habitables en barrios dotados de todos los

servicios sociales necesarios, a un precio razonable, y escuelas que den a todos un razonable punto de

partida, acercándose al máximo a la igualdad de oportunidades.

El tercer punto es el empleo. Todos tenemos el derecho y el deber del trabajo. Pero todos sabemos que el

trabajo requiere estímulo; el estímulo más razonable es el económico y la promoción social. Se debe

estimular con mayores ingresos y mejores oportunidades. Al que estudia más, al que se esfuerza más, al

que rinde más. El intento de pedir «café para todos» se traduce en menor producción y, por lo mismo,

termina en que se reparte un café peor y en menor cantidad. El empleo se fomenta con la inversión, sobre

todo con la inversión industrial, pues la agricultura está limitada por la extensión y calidad de la tierra y

los servicios tienen también un límite en su expansión.

Todos los salarios y rentas vienen del reparto del producto nacional; sólo aumentando éste podemos tocar

a más. Y ello no puede lograrse sin trabajo, sin productividad, sin ahorro, sin inversión, sin rendimiento.

Es claro que la productividad exige información y motivación, por lo que son deseables todos los

perfeccionamientos de una creciente participación de todos en la vida de la empresa.

La vida, en fin, no transcurre siempre normal y sin accidentes. Un sistema completo de Seguridad Social

debe asegurar a todos un mínimo nacional, en cualesquiera circunstancias de desempleo, accidente o

cualquier otra situación carencial. Y cuando llegue la tercera edad, la comunidad debe reconocer los

servicios prestados con pensiones justas y revalorizadas al compás de las variaciones del poder

adquisitivo.

Todo ello ha de coronarse con una doble participación, sindical y ciudadana, en los grandes asuntos de la

comunidad. El trabajador no está solamente en su empresa, sino en un sector y en un conjunto de otras

realidades que le afectan como tal: de ahí la necesidad de las organizaciones sindicales. Pero la

experiencia demuestra que éstas son tanto más eficaces cuanto más independientes, más profesionales,

más llevadas por verdaderos trabajadores y no por intermediarios políticos. Esto no tiene nada que ver

con los «sindicatos amarillos»; los sindicatos norteamericanos son plenamente reivindicativos y han

conseguido para sus trabajadores los salarios y el nivel de vida más alto del mundo pero respetan el

sistema empresarial y no hacen política.

Tampoco basta con la acción sindical: el trabajador ha de ser un ciudadano como los demás y con tantos

títulos como el que más. Debe participar en la vida de su ayuntamiento, de su provincia, de la nación. Lo

que no está demostrado es que deban existir partidos obreros, como no deben (a mi juicio) existir partidos

empresariales. Sólo si todos participamos en grandes fuerzas nacionales se pueden hacer grandes

opciones de política; lo otro nos lleva a modelos como el italiano, que a la vista está lo limitado de su

éxito. Cada uno debe buscar el partido en el cual esté mejor representado el conjunto de sus ideales o

intereses, juntándose con cuantos puedan defenderlos del modo más eficaz.

Hoy, los dos grandes ejes de opción están claros: unidad nacional frente a disgregación del Estado; visión

marxista de la sociedad, o bien otra cosa. Los que opten por los nacionalismos regionales saben que votan

por los reinos de taifas, por la debilidad de España, por una mayor desigualdad entre sus regiones en

deterioro de las más pobres. Los que se inclinen por el marxismo deben saber que en ello aprueban una

visión materialista de la vida y un camino que ha producido más servidumbre que libertad y verdadero

progreso.

Una gran nación no puede salvarse sin la cooperación de todos, La lucha de clases, como el

enfrentamiento entre jóvenes y maduros, o entre esta o aquella región, nos debilita a todos. Como los

ingleses, como los alemanes, como los japoneses, debemos poner por delante a la patria y después discutir

lo demás.

Por una España sin pistoleros, sin drogadictos, sin vagos; por una España más justa, más limpia, más

eficiente, debemos todos luchar. En ella encontraremos la defensa contra las presiones exteriores; bien

podemos ver cómo, al cerrarnos las puertas del Mercado Común, se han encontrado juntas la derecha y la

izquierda en Francia. Y lo mismo en política interior, como hemos visto: hacen falta más carreteras, y

más escuelas, y más fuentes de energía, y menos, en cambio, de todo cuanto desune y destruye.

Frente a los que ofrecen Jauja, nosotros pedimos sentido común, buena voluntad y obra bien hecha. El

tiempo dirá que no hay otro camino. Mientras tanto, abramos un diálogo que nos permita emprenderlo

cuanto antes, de común acuerdo y al servicio de todos.

 

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