Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   El desafío de la esperanza     
 
 ABC.    07/12/1978.  Página: 3 (Edición Extra Constitución). Páginas: 1. Párrafos: 18. 

El desafío de la esperanza

Por Luis María ANSON

Por su indudable interés, y en atención a nuestros suscriptores y lectores de

provincias, reproducimos a continuacion e/ artículo de Luis María Ansón que ayer

publicamos en la Tercera página de nuestra edición «extra» en color, que

únicamente fue difundida —e inmediatamente agotada— en Madrid y Sevilla.

EN el día de hoy, conocidos los resultados da las urnas libres, madura y

expectante el pueblo español, la transición ha terminado.

Bronca y dura fue la navegación, emborrascada la mar, azotado el velamen por

vientos de galerna, arrasada la crujía, rotos gavietes y escoteras, con daño en

el esperón y agua en tromba en la sentina, el barco arribó, casi milagrosamente,

al puerto señalado: la Monarquía de todos y para todos.

España emprende ahora la andadura da una nueva etapa histórica por la senda

constitucional. Los que se abstuvieron, loa que votaron "no" en el referéndum,

se enfrentan hoy con el desafío de la esperanza. No son los vencidos en este

debate porque no se trataba de alcanzar victorias o infligir derrotas. Pelearon

noblemente contra la Constitución y ahora ésta es una realidad que no les

rechaza, sino que les espera para construir en libertad la España renovada del

futuro.

Sé cuántos jirones doloridos de carne viva se quedaron en las alambradas da la

transición, cuántos desengaños, cuántas amarguras, cuántas páginas

ensangrentadas de la Historia hubo que doblar, cuántos Ideales zaheridos,

cuántos nobles empeños pisoteados por las pezuñas de la demagogia... Pero la

Constitución está ahí. Buena para unos, mediocre para Otros, es ya una realidad

política, una aspiración de concordia, un desafio de esperanza. No aceptar esta

realidad, no contribuir a la concordia, no caminar hacia la esperanza, seria

poco inteligente, poco patriótico, seria excluirse de nacer bien a la nación

española desde el libre ejercicio de las Ideas de cada uno.

He comenzado estas torpes lineas esforzándome por instalar a los que votaron

«¡"no", en la nueva realidad constitucional, en la esperanza que hoy se abre

como un reto ante los españoles de buena voluntad. Pero también los que votaron

Sí se enfrentan al mismo desafío. Con la Constitución no se ha llegado a una

meta, sino a un punto de partida. Ahora se inicia la carrera para solucionar los

problemas aplazados, que azotan im parables a nuestro pueblo. El 21 de noviembre

de1975 un español admirable. Don Juan de Borbón. aprobó en París un manifiesto

en el que recordaba a su hijo, ya Rey, el objetivo que se propuso la Monarquía

desde la muerte de Alfonso XIII. en 1941: ser «Instrumento de reconciliación

nacional y vehículo para el pacífico acceso del pueblo español a la soberanía, a

través de la voluntad popular libremente expresada». Juan Carlos I supo oír la

voz de la Historia y, en medio de la tormenta, mantuvo firme el rumbo y cumplió

con su destino, organizando la moderación mayoritaria entre los diminutos

extremismos estériles de uno u otro signo.

Para conquistar el futuro, como el Rey señaló en el primer discurso de la

Corona, para establecer la Monarquía de todos, para alcanzar la Constitución de

la concordia, el Gobierno se esforzó en una política de consenso, de

concesiones, de pactos y negociaciones, que ha tenido éxito, pero produjo no

escaso deterioro de la autoridad. A partir de hoy. no puede haber otra

democracia que la democracia con energía. Se cierra una etapa política y se abre

otra nueva y muy distinta. Adolfo Suárez. que es ya para la Historia el

conductor del cambio, sabe bien que sólo podrá enfrentarse al desafío de la

esperanza con autoridad y energía.

Autoridad y energía para defender la unidad de España contra el acoso de los

miserables que pugnan por quebrantar el cuerpo sagrado de esta Patria nuestra

dolorida, en el que late desde su mismo nacimiento el corazón vasco.

Autoridad y energía para desenraizar la violencia, para liberar al pueblo

vascongado de la dictadura del miedo, para perseguir a los terroristas hasta sus

madrigueras y exterminarlos con la fuerza del derecho.

Autoridad y energía para proclamar sin aspavientos triunfalistas, pero sin

acobardarse ante los agoreros de la catástrofe, todo lo mucho y bueno que se ha

hecho en muy diversos sectores sociales, políticos, económicos e internacionales

durante la etapa dificilísima de la transición.

Autoridad y energía para restaurar la disciplina social, para que las

funcionarios, los profesionales, los artesanos, los obreros, los campesinos,

reivindiquen sus derechos, por supuesto, pero que trabajen, porque la tendencia

a no dar golpe arruinará al país.

Autoridad y energía para embridar a la Prensa amarilla y promulgar una

legislación que defienda la honorabilidad de las personas, inermes hoy ante

Cierta escoria de esta hermosa profesión del periodismo, que se avergüenza

mayoritariamente de Ia inmundicia de algunas publicaciones.

Autoridad y energía para perseguir la delincuencia y devolver la tranquilidad a

las calles de Ias ciudades v a las buenas gentes medias asustadas del atraco

nuestra de cada día. de las agresiones. la violación y el atropello.

Autoridad y energía para desperezan a la Administración, suprimir los andamiajes

de la burocracia Innecesaria y terminar con ciertos funcionarios y hasta con

algún ministro de esos que para cada solución tienen un problema.

Autoridad y energía para atender el descontento de la clase media: para ayudar a

la juventud: para promocionar nuevos empleos, pues el paro es el cáncer de la

convivencia; para devolver la confianza a los empresarios, creadores da riqueza

y dignos del máximo respeto; para estimular la inversión y contener el proceso

inflacionario, porque, en medio del vocerío político, apenas oímos cómo aullan,

irritados, los mastines de la crisis económica.

Autoridad y energía para evitar que la moral quede en manos de los comerciantes

del sexo: para combatir ta relajación de las costumbres; para perseguir la

corrupción que Invada los más diversos sectores da la vida nacional, porque el

fruto sano se zocatea en seguida si no se separa a tiempo del que está cedizo.

Autoridad y energía, en fin, para afirmar el catolicismo sin máscaras ni

vergüenzas, con respeto delicadísimo para tos ateos, los indiferentes o los

fieles de otras confesiones, pero con la conciencia de defender la fe de la

abrumadora mayoría de los españoles. No sé si el presidente del Gobierno estará

consciente de que en estos años de la transición nunca ha tenido aplauso popular

tan Intenso como al proclamar valientemente, en el último discurso en

televisión, su fe de católico sencillo y practicante. A sus admirables palabras

se sumaron millones de españoles dispuestos a combatir ese triste signo de

nuestra época que los filósofos de la Historia llaman la descrístianización de

Europa. Adolfo Suárez ha sabido eludir la tentación de ensotanar la política

española sin renunciar a su sentimiento religioso.

La transición, pues, ha terminado para los que combatieron la Constitución y

para los que la apoyaron. Ante el texto constitucional aprobado se levanta la

esperanza de España. El trasvase de tantos vinos espesos a los nuevos odres de

la Monarquía se ha realizado con no pocos quebrantos, pero a menor costo del que

tos más optimistas calculaban hace tres años. Los españoles quieren meter las

manos en los surcos jóvenes que anota se abren y sentir pronto la granazón de su

nueva democracia. El orden y la libertad no son incompatibles. España puede

vertebrarse de nuevo con firmeza y soldar ta fractura generacional sin

violencia. Si mantenemos la sangre fría y el pulsa firme, sobro los claveles de

la libertad recobrada, puede posarse, tranquila y sin miedo, la alegre paloma de

la paz.

 

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