Autor: Senillosa Cros, Antonio de. 
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 El País.    03/12/1978.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

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POLÍTICA EL PAIS, domingo 3 de diciembre de 1978

TRIBUNA LIBRE

Después

ANTONIO DE SENILLOSA

Ignoro cuándo se conocerán los resultados del referéndum sobre la Constitución

que va a tener lugar el próximo miércoles, día 6. Las computadoras del señor

Martin Villa tendrán la última palabra, aunque, imagino, esta vez serán más

rápidas en emitir su veredicto de lo que lo fueron en las elecciones del 15 de

junio del 77. en las que tardaron hasta el infinito en aclarar los resultados e

incluso aún hoy se ignoran ciertos datos, que han quedado en una apacible

penumbra.

Pero, en fin, vamos a suponer que al día siguiente de la consulta tenemos ya los

resultados, que no es previsible arrojen grandes sorpresas: el porcentaje de los

votos afirmativos será alto, y el de los negativos, bajo. Pienso que el número

de las abstenciones se elevará más de lo que piensan los gobernantes y que, en

conjunto, el triunfalismo de las centrales sindicales, los partidos políticos

parlamentarios y el Gobierno irá decreciendo a medida que vayan pasando las

horas, pues ese consenso tan amado —herencia de la unanimidad franquista— no

existiría en la calle, en la España real, en la misma proporción que existe en

el Parlamento, es decir, en la España oficial. ¿Podrán considerarse

representativas unas Cortes en las que han votado a favor de la Constitución el

94,3 % de los parlamentarios, en contra tan sólo el 1,9 % y se han abstenido

únicamente el 3,7,%, si los ciudadanos de a pie deciden votar de manera distinta

a como lo han hecho quienes les representan?

Me temo que no. Y para decirlo francamente, me alegraré mucho de que sea así.

Voy a explicarme, sin entrar en un análisis de la Constitución que, aunque me

parece larga, ambigua en algunos temas importantes y mal escrita, es aceptable

en su conjunto, lo que no impide que me dé con un canto en los dientes de

alegría por no tener responsabilidad alguna en su elaboración. Bien. Es

seguramente aceptable, porque estas Cortes son incapaces de presentar otra

mejor, porque sería horrible volver a comenzar de nuevo la lenta elaboración y

porque España debe tener una Constitución que elimine las anteriores leyes

franquistas.

Mitterrand ha escrito hace poco que el grado de democracia de un país se nota en

la utilización de los medios audiovisuales que controla el Poder. ¿Será preciso

hablar de la fastidiosa insistencia de Televisión Española? En algunos momentos

uno espera y hasta desea, fatigado por el bombardeo incesante de propaganda, que

sea contraproducente tanto lavado de cerebro, ese intento de «comernos el coco»

para obtener también aquí el consenso, esa anhelada abrumadora mayoría que el

Gobierno intentará, naturalmente, capitalizar a su favor, aunque es de suponer

que los partidos de izquierda no se conformarán con las migajas del festín.

Claro es que la autoridad de quienes se prestaron a él cuando les convenia

quedará más resquebrajada si protestan del manejo televisivo cuando éste no les

convenga. Porque lo cierto es que ahora se han beneficiado hasta el máximo de

él, sin preocuparse de los atropellos sufridos por otros.

Descontado, pues, el rechazo de la Constitución gracias en gran parte a los

infinitos resortes de que dispone el Poder para inclinar el voto a su favor con

la ayuda, esta vez, de toda la Oposición parlamentaria, a mi me parecería

saludable que el número de votos negativos y de abstenciones fuera elevado. Ello

evitaría el ensoberbecimiento del Gobierno e indicaría que el panorama electoral

ha variado desde las elecciones del 15 de junio de 1977 con sus votos de

aluvión, y nos demostraría una vez más que el país no es feliz con la actual

política. Si se me permitiera insertar aquí una frase tal vez algo

simplificadora, diría que don Adolfo Suárez adivinó lo que nuestro pueblo no

quería, pero no supo comprender lo que quería. Las listas de UCD para Cataluña,

confeccionadas en Madrid con la ayuda del gobernador civil de Barcelona, fueron

un ejemplo —repetido en innumerables lugares de soberbia, de ignorancia y de

desprecio a las más elementales normas de la lógica y la ética políticas.

Pero ya está, pues, prácticamente aprobada la Constitución que entrará en vigor

dentro de pocas horas. Y ahora viene lo que a mí me parece grave. Porque se ha

intoxicado al país con una propaganda excesiva haciéndole creer que su voto

afirmativo iba a ser un remedio para todos sus males. Y el país va a sentirse

una vez más decepcionado, manipulado y engañado. Aquí reside la gravedad del

asunto. Los grandes problemas que nos aquejan: el deterioro del orden público,

la situación en el País Vasco, la recesión económica, el paro, la escalada de la

violencia, la inseguridad en las personas y en las cosas, la falta de una

ilusión colectiva. ¿Acaso serán solucionados por arte de birlibirloque al ser

aprobada la Constitución?

No. Es previsible suponer que todo seguirá tristemente igual. Los pueblos

necesitan para sobrevivir ideas brillantes, sugestivas, imaginativas, capaces de

hacerles vibrar. Pero en lugar de hacernos ciudadanos de una patria nos están

convirtiendo en miembros de una empresa, en vez de una bandera, un ideal o un

símbolo nos ofrecen tan sólo un balance que, para colmo de desdichas, es un

pésimo balance: las pérdidas empresariales en 1978 han llegado a 500.000

millones de pesetas. Parte de nuestra economía está ya necrosada, y el

empobrecimiento de un país industrial, la penuria de recursos y la mala

administración traen consigo, inevitablemente, un régimen de fuerza.

Parece que en lugar de encontrar soluciones claras a los problemas que padecemos

les preocupa más a quienes nos gobiernan ofrecer un perfil democrático que es,

para colmo, más que dudoso. Se trata ahora de capitalizar a su favor un voto que

en el País Vasco —y tal vez en Cataluña, aunque en muchísimo menor grado—, no

será, imagino, tan masivo en favor del sí. Poco importa que la Constitución que

va a aprobarse sea incompatible con algún articulo del Estatuto de Cataluña —y

pienso ya en el 1.° y en el 15.°—.Es igual. El caso es ir tapando agujeros, como

si los fenómenos complejos pudieran ser comprendidos y solucionados

convirtiéndolos en elementos simples. El todo es algo, más que la suma de las

partes.´

Digámoslo claramente. Aprobada la Constitución, el proyecto de Estatuto

redactado en Sau no será admitido en su forma actual y se considerará

anticonstitucional. No fomentemos, pues, una vez más unas esperanzas que no van

a convertirse en realidades, no repartamos promesas que sabemos no se cumplirán.

Ni infundamos, a otros, temores inútiles.

«Cuando Alejandro abandonó la Macedonia, dejó el poder a Antipater y distribuyó

todos sus bienes entre sus amigos. Entonces Perdicas le preguntó: "¿Y qué te

reservas para ti?" "La esperanza", respondió Alejandro. Y se fue para conquistar

Asia.»

Pero aquí nadie es, ¡ay!, Alejandro, ni nadie abandona el poder o distribuye sus

cosas para partir a Asia alguna que deba conquistarse. Estábamos hablando tan

sólo de algo más modesto: de una farragosa Constitución que, como el queso de

gruyere, está llena de agujeros. A pesar de todo, que llegue en buena hora,

pues, la deseada Constitución. Pero sepamos que las cosas que nos preocupan no

van a cambiar por sí mismas con su aprobación. Que somos nosotros los únicos y

verdaderos responsables de nuestro futuro.

 

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