Autor: JOVELLANOS. 
   Los precios de los productos agrarios, tema de permanente actualidad     
 
 ABC.    07/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ABC. DOMINGO, 7 DE AGOSTO DE 1977.

LOS PRECIOS DE LOS PRODUCTOS AGRARIOS, TEMA DE PERMANENTE ACTUALIDAD

Por JOVELLANOS

SON muchos los intereses que juegan alrededor de los precios de los productos agrarios para que el tema

sea siempre de la mayor actualidad, de la máxima fuerza polémica.

Para agricultores y ganaderos el precio de sus productos equivale a su salario; para el consumidor, el

coste diario de su manutención; para los Gobiernos es un arma política y, al mismo tiempo, una palanca

en la planificación económica; para los partidos políticos, un elemento en sus campañas de proselitismo.

Tal complejidad de intereses encontrados se ha venido poniendo de manifiesto durante los últimos meses

en una serie de conflictos que los medios de comunicación han denominado «guerras de...» la remolacha,

o de la patata, de la cebolla o del tomate y últimamente del trigo. Ha habido tractores por las carreteras,

manifestaciones más o menos pacíficas: han sido tales conflictos los aglutinantes que han informado la

creación de determinadas organizaciones campesinas más o menos politizadas.

LA DIFICULTAD DE FORMAR UN PRECIO AGRARIO.—No es un problema este de la

conflictividad en la determinación de los precios agrarios propio y exclusivo del momento político-

económico de la España de hoy. Para los países de la Comunidad Económica Europea, tanto para el

conjunto de los nueve como para cada uno de ellos en particular la confección anual de los precios a

pagar a los agricultores es uno de los más controvertidos y difíciles con los que se enfrentan las

comisiones y los Consejos de Ministros, y da lugar, cada mes de marzo, a reuniones maratonianas que

parece que pueden terminar con el rompimiento del Mercado Común.

Tampoco es problema exclusivo de países o grupos de países con economía dirigista. En estos momentos

existe un conflicto entre el Congreso y el presidente de los Estados Unidos a causa del montante de las

subvenciones que el Gobierno Federal debe conceder a los cultivadores de trigo para compensarles la baja

que han sufrido las cotizaciones internacionales de los cereales en general y del trigo en particular. De

mantenerse la tesis del Congreso la cantidad que habría de costarle al tesoro norteamericano a causa del

incremento en las subvenciones sería del orden de los dos mil millones de dólares.

LAS CAUSAS Y LOS EFECTOS.— Los productos agrarios, como sucede con las materias primas,

estas últimas en escala menor, están sujetos a un especial sistema de formación de precios que nada tiene

que ver con el que rige para las manufacturas industriales.

El producto industrial, a la hora de determinar su precio final de venta al público, lo hace a través de la

suma de los diversos costes que van agregándose en el proceso de fabricación y comercialización. Por

otra parte, el ritmo de fabricación y lanzamiento a los mercados es perfectamente controlable y

acomodable a la magnitud de la demanda.

Los productos agrarios son estacionales; la magnitud de su producción, de difícil —por no decir de

imposible— control y de sujeción a la demanda; el ciclo de producción es de un año, al menos para

determinados productos, y de decenas de años o de centurias para otros, como el olivar. Los precios se

forman sustrayendo del pagado por el consumidor las distintas partidas de beneficios que obtienen los

diferentes escalones que intervienen en la comercialización. El beneficio del productor es lo que resta,

tras volver a sustraer los costes de producción.

La oferta industrial es, por regla general, reducida en número de ofertantes y fuerte en posibilidades

económicas; la agraria es numerosa, dispersa y débil en recursos.

De aquí, y para salvaguardar en lo posible unos ingresos regulares a los agricultores, nació la necesidad

de una intervención de los Estados en la comercialización de, los productos agrarios, a través de un

sistema de garantía a, los precios. Los propios agricultores fueron los primeros en solicitarlo. Pero al

poner en manos de los gobiernos la posibilidad de intervenir en forma activa en la formación de los

precios, se les dotó de un arma todopoderosa de actuación política que puede, en determinadas

coyunturas, volverse contra los propios agricultores. Al fin y al cabo las presiones que pueden ejercerse

desde los centros urbanos o de los conjuntos industriales, en nombre de los «consumidores» son, como

regla general, más poderosos que los que pueden ejercer las diseminadas comunidades rurales.—J.

 

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