Autor: Lezcano, Ricardo. 
   La Constitución y el apocalipsis     
 
 El País.    03/12/1978.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

TRIBUNA LIBRE

La Constitudón y el apocalipsis

RICARDO LEZCANO

Los numerosos y enlutados augures que de siempre hemos padecido en nuestro

agónico país nos amenazan con un caos multiforme. De la familia, por causa del

divorcio; de ta economía, por el derecho a la huelga; de la unidad nacional, por

las autonomías, y así sucesivamente. Por si esto fuera poco, el no haber puesto

a nuestra naciente Constitución bajo la protección divina nos va a acarrear

desdichas sin cuento. Eso ha dicho, al menos, don Julio Rodríguez —el que usaba

tarjetas de visita en las que ponía •ministro de Franco— y también el senador

don Fidel Carazo. Aquél, manifestaba a Cambio 16 que esta abjuración, «aunque

pueda parecer anecdótica, tendrá una honda repercusión en la vida española, pues

en el futuro, ni Santiago Apóstol, ni la Virgen del Filar serán patronos de

España», y éste nos amenazaba apocalípticamente, diciendo: «Si quitamos a Dios

del frontispicio de España se producirá un caos desde el campo a los altares.»

No se ve muy claro por qué el caos ha de producirse en el agro, que ya bastante

caótico esta sin necesidad de añadirle este nuevo flagelo, pero asi se expresó

el senador, dejando con el corazón en un puño a los que pensamos adoptar esta

Constitución.

Es asombrosa la pertinacia con que el ser humano utiliza la tart u feria de

hacer avalar a Dios sus más dudosas acciones. A Dios se le hace bendecir los

cañones, defender las causas terrenas y ser testimonio de juramentos de

fidelidad. Después, los cañones sirven para enviar semejantes al cíelo y hasta

para derrumbar las mismas casas de Dios. Las causas —siempre sagradas, por

supuesto— se convierten en fuente de destrucción y dolor, y los juramentos,

hechos ante banderas y libros sagrados, se quebrantan por razones de Estado,

dejando al divino testigo por los suelos.

Aliar a Dios a nuestras opciones políticas y a nuestras querellas terrenales es

más que «usar su Santo Nombre en vano», como la Biblia nos dijo; es utilizarlo

fraudulentamente. La historia nos enseña que el incorporarlo a empresas,

cruzadas y conquistas, no suele apartar del mal a los hombres o instituciones

que lo usan. Dieu et mon droit, dice en el escudo del Reino Unido, con lo que

los astutos ingleses parecen sugerir que sus derechos, ejercitados

históricamente con muy poco respeto a los de los demás, tienen origen divino.

Los norteamericanos añaden In God we trust —Confiamos en Dios—, pero su práctica

política contemporánea parece indicarnos que cometieron una pequeña errata en su

divisa. ¿No habrán querido decir In gold we trust? Finalmente, los alemanes de

la primera guerra mundial incorporaron a la hebilla del cinturón de sus soldados

la leyenda Gott mil uns Dios con nosotros—, lo que no les impidió ser los que

siempre tuvieron la iniciativa en el uso de las más crueles y mortíferas armas

de guerra. Al final resultó que Dios no estuvo con ellos y perdieron la

contienda, pero la verdad es que estas manifestaciones de la justicia divina se

prodigan poco.

Pero lo que debe sumir en un mar de confusiones al votante del próximo

referéndum es que esta Constitución, reputada atea y marxista por la derecha

montaraz, resulte fascista para la izquierda extrema. ¿Quién le hubiera dicho a

Einstein que su teoría de la relatividad iba a ser aplicada a la política?

Que los primeros nos ordenen decir «no» es natural. A ellos no es que les

disguste esta Constitución, sino todas. Están más bien por las Ordenanzas

Militares que por los códigos políticos; más, por los viriles caudillajes que

por las prosaicas urnas. Los segundos, que con curiosa coincidencia también nos

proponen la negativa, parecen adeptos de aquel extraño slogan del mayo francés

de 1968: Seamos realistas; pidamos lo imposible. Por lo visto, una Constitución

que no admite el aborto, la independencia de tas nacionalidades, la República o

la organización marxista de los medios de producción, no es una Constitución

presentable.

De estas dudas cartesianas y casi metapolíticas me ha rescatado una vieja tía

mía, más preocupada de sus nietos que de la democracia, pero con un indudable

buen sentido. «Para votar esta Constitución —me ha dicho— no necesito ni leerla.

Ha sido hecha por los políticos que elegimos con nuestros votos. Si tiene

defectos, ya se corregirán, y si los que la hicieron nos defraudan, elegiremos a

otros. Yo a lo que voto «si» es a tener una Constitución, de la que hemos

carecido durante cuarenta años."

 

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