Autor: Martín, Simón L.. 
   Pastorales y constituciones     
 
 Diario 16.    05/12/1978.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Pastorales y constituciones

Simón L. Martín

1931; Con Segura contra la Constitución o con Barraquer por la concordia

Una constante histórica en el modo de proceder de ciertos obispos ante

decisiones de carácter civil ha sido la de camuflar lo netamente político bajo

el tupido velo de lo religioso. «Porque lo cierto es que desde Recaredo, la

iglesia había sido un poder o un intento de poder absoluto, paralelo al civil o

cruzado con él, legitimador e integrador de la sociedad clasista y jerarquizada,

oficialmente cristiana, controladora del Estado y controlada por él, Iglesia

necesariamente mundanizada y, como todo poder, necesitada de seguridades» (1).

Cuando en 1931 se inician las tareas constituyentes, a la República le sale un

integrista, promonárquicorespondón, en la persona del cardenal Pedro Segura, y

primado, con sede en Toledo. Ante el fenómeno constituyente, el Vaticano había

cursado órdenes a los obispos españoles en el sentido de que «recomienden a los

sacerdotes, religiosos y fieles de su diócesis que respeten los poderes

constituidos y obedezcan a ellos para el mantenimiento del orden y para el bien

común» (2). Casi todos los obispos españoles hicieron suya esta recomendación,

pero algunos, como el cardenal Segura, comienzan una labor de captación y sondeo

entre sus hermanos en el episcopado para organizar un movimiento de ideas y

actos que mostrasen a las claras cuál era el verdadero sentir de los

nostálgicos. Frente al cardenal de Toledo, Segura, se sitúa un hombre

providencial y profetice: el cardenal y arzobispo de Tarragona, Vidal y

Barraquer. Este, con visión de futuro y con el beneplático de todo el episcopado

catalán, se dirige al ministro de Justicia de la República, con ruego de que se

lo transmita al Gobierno, en carta cuyo contenido es una lección de

comportamiento pastoral: «Nuestra misión no es política, sino moral, religiosa y

social, y siempre puede el Gobierno de la República contar con nuestra

colaboración y la del clero, aun a costa de sacrificios, para la labor de

armonía y pacificación de los espíritus en bien de la religión y de la patria»

(3).

Cuando el cardenal Segura tenía todo listo para publicar la famosa carta

pastoral, llamada colectiva, aunque en verdad él era su único autor, las cosas

en la República no iban bien. Y cuando aparece esta carta, llena de agravios, el

Gobierno adopta medidas y, con el daño hecho, pide formalmente que Segura salga

de España. Las cosas empeoran aún más. La semana trágica de la Iglesia en España

lo confirma.

Vidal, que tenía amigos hasta en el Gobierno de la República, protesta por los

hechos ante Alcalá Zamora. Pero no sólo por ellos, sino también por las medidas

que se referían a la libertad de cultos y otras disposiciones encaminadas a la

laicización del Estado. A pesar de todo, Vidal y Barraquer no dejaba de

reconocer que «cualquier escrito publicado por el cardenal Segura sería

interpretado como un ataque o como un intento de mover a los fieles contra el

mismo». Y no se equivocó. Sobre dicha carta pastoral, Vidal y Barraquer

confesaba al provincial de los jesuítas catalanes, el P. Murall, el 17 de

agosto, que «encuentro a faltar el bálsamo de la suavidad y de la mansedumbre».

Y para que no quedara todo en meras palabras, cuando Vidal y Barraquer enjuicia

la línea ideológica del proyecto constitucional, elabora su carta rodeado de

expertos. Cuando decide enviarla al presidente de la Cámara, Besteiro, adjunta

otra personal en la que le dice: «Se expone en él el mensaje de la pastoral, la

doctrina católica en su integridad; es, por tanto, mensaje de paz. De forma

suave, para que, sin ánimo de causar la menor molestia, revele el deseo de

concordia que siempre ha de llenar el corazón de los ministros del evangelio.»

El nuncio, Tedeschini, calificó este mensaje de «sobrio, prudente, alto y

diplomático» .

Hoy no se puede decir lo mismo de todos los escritos políticoreligiosos que

salen (de la pluma de muchos representantes de la Iglesia.

II

1936: Los obispos bendicen la guerra y consagran la victoria

La victoria armada distaba mucho de una victoria ideológica. Por enésima vez,

España volvía a dividirse. Los hechos de la República actuaban en la mente de

muchos obispos como algo que había que evitar. Y así, la Iglesia se inclinó del

lado de los vencedores. El teólogo de la «cruzada» fue otra vez el primado de

España y arzobispo de Toledo, el cardenal Goma, En diciembre de 1936 viaja a

Roma y de allí dice traer una bendición especial para el general Franco. Un mes

antes, en su pastoral, «El caso de España», afirmaba que «queda como cosa

inconclusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, en el

fondo debe reconocerse en ella un espíritu de «verdadera cruzada» en pro de la

religión católica...» Y cuando, años después, con motivo de la ley de prensa,

Gomá escribe a Franco, manifiesta que «nunca Estado alguno halló mejor

colaborador que la Iglesia». Lo mismo opinaba el obispo de Salamanca, Pla i

Deniel: «Una España laica no es ya España (Esta guerra.) Reviste, sí, la forma

externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada» («Boletín del

Obispado» de Salamanca. Octubre de 1936. Las palabras en negrita son del mismo

obispo».

Pero el documento más importante fue la carta pastoral colectiva, promovida por

Gomá a instancias de Franco. Va firmada por todos los obispos menos por el de

Vitoria, Múgica, y el de Tarragona, el cardenal Vidal y Barraquer, que explicaba

así su negativa al cardenal Gomá: «Documento muy propio para propaganda, pero lo

estimo poco adecuado a la

condición y carácter de quiénes han de subsrcibirlo». En otro lugar, anadía: «No

parece que sea misión de los obispos quitar y poner Gobiernos... Unos creerán

que el Gobierno de España está dominado por los prelados; otros, que éstos son

juguete de los gobernantes, que los manejan a su antojo...» Y terminaba: «Es

cosa delicadísima aceptar sugerencias de personas extrañas a la jerarquía en

materia de su incumbencia... Se sienta un mal precedente para mañana.» No podían

ser más proféticas ni más ajustadas a su condición de obispo las palabras

transcritas. El 7 de noviembre de 1938, en carta al secretario de Estado del

Vaticano, decía: «Con un arreglo caritativo se puede conseguir más que con la

victoria completa de las armas... Por ello me ha causado profunda pena la

actitud de algunos hermanos nuestros, declarándose contrarios a toda

intervención pacificadora...» Pero nadie le hizo caso dentro del Episcopado

español. Mientras tanto, el padre Ripalda, recogiendo, en síntesis, todo lo que

desde ´a guerra hasta el año 44 se había elaborado como doctrina común al Estado

y a la iglesia, publicaba su catecismo, obligatorio en todas las escuelas, en el

que se califican de nefastas la libertad de asociación, la de enseñanza,

etcétera. El mismo enumera trece enemigos de la iglesia que, más bien lo eran

del Estado. Antes, el dominico Menéndez Reigada, promocionado después a obispo

por méritos de guerra, en su «Catecismo patriótico español», decía que los

principales enemigos de España eran el «liberalismo, la democracia y el

judaismo, pero que todos los demócratas liberales «habían sido vencidos en

nuestra cruzada».

Pero cuando en 1953 se firma el Concordato con la Santa Sede, los obispos por un

lado y los políticos del momento por otro, se dedican a intercambiarse los

papeles como hobby favorito. Para sólo este tema necesitaríamos varios

volúmenes. Y así hasta hoy, 1978.

III

1978: Otro primado ataca de nuevo

González Martín, arzobispo de Toledo y primado de España, escribe una pastoral

en la que dice que la Constitución es atea, abortista y divorcista. Y que si no

lo es, puede dar pie para ello. Así que ¡ojo a la hora de votar! Tras él, ocho

obispos más. El revuelo está en marcha. ¿Cuántos católicos, con escozor en las

conciencias, se verán obligados a votar NO? Pero, ¿de verdad es atea la

Constitución? El provicario de la Diócesis de Madrid, respondía: «Una

Constitución es cristiana si ampara y respeta los derechos y libertades de la

persona humana» (de la prensa). Otros se preguntan: ¿Qué o quiénes han manejado

al primado para que soliviante así al rebaño? Porque ha tenido un año largo para

hablar, y no lo ha hecho; ha podido intervenir decisivamente en la elaboración

del texto de la Permanente del Episcopado y tampoco lo ha hecho. Ahora, en el

momento más inoportuno e injusto, va y nos mete el miedo en el cuerpo. Menos mal

que la Conferencia Episcopal ha seguido los pasos de Barraquer y que Tarancón ha

prestado su voz al profetice arzobispo de Tarragona. Pero de todas formas, el

daño ya está hecho, el hacha de guerra desenterrada, la división promovida, la

credibilidad de la Iglesia cuestionada nuevamente y bendecidos, como en los

mejores tiempos del nacional catolicismo, todos los cruzados nostálgicos que, en

pleno siglo XX, siguen queriendo meter en el cielo, a pistóletazo limpio, a

todos los infieles o presuntos enemigos de la fe cristiana.

Una cosa hemos ganado esta vez: la mayoría del Episcopado ha dicho que «no hay

razones de orden religioso para decir NO a la Constitución».

(1) Víclor Manuel Arbeloa: «La semana trágica de la Iglesia en España. (1931).

Página 320. Edt. Gaiba. Madrid. 1976.

(2) O. C. pág. 11.

(3) O. C. pág. 12.

 

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