Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El cáliz de la investidura     
 
 ABC.    06/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El cáliz de la investidura

POR muy poco Derecho Político que yo sepa, que en esto ando más o menos como don

Fernando el Caótico; o sea, «in putribus», o como dicen en el pueblo, a culo

pajarero, supongo que todo ese zafarrancho de la investidura de don Adolfo no

tiene nada que ver con la vieja querella de las investiduras. ¡Pues bueno está

ahora el patio para que nos metiéramos en ese berenjenal! ¡Menuda la íbamos a

armar con eso de si darle el báculo y el anillo a don Vicente o a don Marcelo, a

monseñor Vanes o a monseñor Guerra Campos! Habría, incluso, quien querría

investir a mi querido y admiradísimo Joaquín Ruiz-Gíménez, que puede llegar a

cardenal laico como Jacques Marifain, y Gastón Thorn intercedería, sin duda, a

favor de ignacio Camuñas, que tiene a su favor lo de la soltería, aunque las

revistas escandalosas i ¡y a ver si es verdad eso que dice la Constitución sobre

el derecho a la intimidad!) le vigilan la barraganía como si se tratara del

Arcipreste. Ese problema entre la Santa Sede y el Sacro imperio vivió sus

postrimerías en el «anclen régimen», porque el Estado confesional y la España

martillo de herejes se resistía a renunciar al privilegio de presentación de

obispos y además quería traerse desde Sondica a monseñor Añoveros para darle un

tironcito de la chapela y hacerle alguna interpolación en las homilías. La vieja

querella ya está extinguida, y aquí discurre todo más suavemente. El Partido

Comunista ha renunciado a Lenin y a decir que la religión es el opio del pueblo,

y a lo más que llegamos es a que los prelados hablen de los artículos de la

Constitución y a que el señor presidente del Gobierno cite en sus discursos

políticos las enseñanzas del Vaticano II.

Tampoco parece que la investidura de don Adolfo tenga nada que ver con las

investiduras de la época del feudalismo. En aquellos tiempos, el Soberano

entregaba al vasallo alguna prenda personal, algo así como un guante o una

sortija, como símbolo del feudo, y el vasallo la devolvía después, porque

tampoco era cosa de andar por los feudos repartiendo sortijas y sembrando

guantes. Los catalanes, que siempre han tenido un concepto más práctico de las

instituciones, y si no. que se lo pregunten al honorable Tarradellas y a Jordi

Pujol, pedían una fianza al entregar el feudo, que es, aproximadamente, lo que

van a hacer ahora con el Estatuto.

La investidura de don Adolfo es otra cosa. Es un cáliz que los socialistas le

han puesto a don Adolfo en el Huerto de los Olivos de ese Nuevo Testamento que

es la Constitución. «¡Aparta de mí ese cáliz!», se le pudo oír musitar a don

Adolfo por los pasillos del Congreso. Pero el cáliz está ahí, en la disposición

adiciona) octava del texto constitucional que esta mañana estamos votando. «Si

quieres seguir en la Moncloa, a pasar por el aro de la investidura, o a ganarte

i» vivienda protegida en otras elecciones generales,» Este fue el recado que don

Adolfo Guerra le dio a don Fernando Abril para que lo llevara a don Adolfo

Suárez.

Están como novios de antes de la guerra. «Que no me junto contigo, que no seos

pesado.» «Ni yo contigo. Te odio, le odio y te odio » Porque la única numera de

resolver de una forma estable ese problema de la investidura es el noviazgo

político entre la U. C. D. y el P. S. O. E. Y están la una y el otro haciéndose

cucamonas, barbilleándose de tapadillo, dándose achares y haciendo remilgos.

Dicen que nadie sabe en este momento lo que va a hacer don Adolfo: si someterse

al voto de investidura o disolver las Cortes, que si hace esto último a más de

un diputado le van a tener que socorrer con el frasquito de sales y el agua de

azahar. Dicen que lo que va a hacer don Adolfo no lo sabe ni él mismo, y que

mucho dependerá todo de lo que pase hoy en los escrutinios. Y también, barrunto

yo, de lo que digan las encuestas de opinión. Las encuestas de opinión son como

las gallinas, los patos o las águilas de los antiguos romanos. Se les mira el

hígado y las entrañas, y ya se sabe si se debe o no se debe entrar en batalla.

Por cierto, que Julio César, según cuenta Thornton Wilder, se hacía preparar

augurios contrapuestos por los augures y después elegía unos u otros para hacer

lo que le diera la gana. Y es que parece muy probable que Julio César no fuese

demasiado demócrata. Era mucho menos demócrata que Rafael Arias-Salgado, por

ejemplo.

Las últimas gallinas, digo las últimas encuestas, predicen que los socialistas

bajan puntos y que los centristas recuperan posiciones perdidas. Después de la

Constitución, don Adolfo tendrá que dedicarse un rato a la búsqueda de los votos

perdidos, a la sombra de los centristas en flor. Quizá por eso, los socialistas

quieren que, antes de nada, se convoquen elecciones municipales, en las cuales

los hígados de los patos les serán más propicios. En este país tener a uno de su

parte al alcalde es todavía muy importante. El alcalde y el rabalcalde son dos

insignes instituciones electorales. Si no se cuenta con el rabo-alcalde, puede

uno salir de la elección y emerger de las urnas con el rabo entre piernas.

Los señores ministros, en este asunto de la investidura, están como en otras

cosas: que no se ponen de acuerdo. Los comunistas están deseando hacer favores,

como la Dolores, no Ibárruri, sino la de Calatayud. Don Santiago Carrillo está

dispuesto a conceder la investidura, y además sin que le devuelvan el guante; o

sea. la peluca, La minoría catalana, también, aunque esos a cambio de que les

den el «Estatut», y además cobrar la fianza. Don Manuel Fraga quiere las

elecciones generales, para presentarse ante el electorado con la nueva imagen de

la derecha progresista, aunque tenga que prescindir de alguna de las siete

maravillas del mundo que fundaron Alianza Popular. Los vascos andan por su

cuenta, empeñados, como siempre, en que los liberales no ganaran las guerras

carlistas. Y los socialistas, ya digo, como novios de antes de la guerra con los

de U. C. D.: sin decidirse a cogerse las manos, por si es pecado.

Nos hemos pasado casi dos años hablando de la Constitución. Y ahora nos esperan

casi dos meses hablando de la investidura. Y más larde, hablaremos del nuevo

Gobierno. Y luego, del giro a la derecha o del giro a la izquierda. Porque esto

empieza ahora. ¿No queríamos urnas? Pues, tomad urnas. Reforma política,

elecciones generales. Constitución, otra vez elecciones generales, elecciones

municipales. Y después, quién sabe: referéndum para la O. T. A. N., para el M.

E. C., para el divorcio o para el aborto. Esto no es una democracia. Esto va a

ser una danza electoral dirigida por Lázarov. Si siguen a este ritmo, que nos

lleven una urna a casa, como aquellas capillitas de santos milagreros que les

llevaban a los enfermos, O que nos pongan en el zaguán un contador de votos,

como los contadores del gas. Una cosa es que nos hagan soberanos, y otra que se

enrollen y que se pongan palizas. Y a don Adolfo, que lo invistan, que lo

vistan, que lo desvistan o que lo travistan. Pero que gobierne de una vez.-Jaime

CAMPMANY.

 

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