Televisión única y de partido     
 
 ABC.    26/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Televisión única y de partido

De la «desgubernamentalización» de la RTVE prometida por don Alfonso Guerra al escoramiento del monopolio televisual hacia un oficialismo sin precedentes democráticos media una distancia que, ciertamente, no ha sido explicada ni justificada por las declaraciones de su director general, señor Calviño, recogidas en nuestro número del martes. La contradicción entre lo prometido y lo realizado queda aún más de manifiesto si se contrasta esto con lo criticado por los socialistas a lo que en televisión se hacía un año atrás. Quienes entonces objetaban a la televisión hábitos, maneras y comportamientos propios del anterior régimen, rebelándose además la izquierda contra la extirpación de los excesos que habían jalonado el paso del señor Castedo por la Dirección General del ente, piden tiempo ahora para demostrar que son capaces de hacer justamente lo contrario de esto que ahora hacen.

Lo primero que urge, sin embargo, es distinguir lo sustancial del problema (la política informativa en la TVE socialista que gobierna el señor Calviño) de los sucesos anecdóticos (por ejemplo, el rocambolesco aplazamiento del programa de «La Clave»). Sin esas condiciones difícilmente se habría producido este suceso. El protagonista central de ese episodio no puede olvidarse que es el actual director de los Servicios Informativos de TVE, persona que en las anteriores etapas realizó su labor sin tropezarse con el ahora denostado sistema de supuesta censura, partidismo y discriminación. Sólo en el mes de diciembre del pasado año el tiempo de las noticias dedicadas en el telediario al Gobierno fue ampliado en un 16,57 por 100. Es una prueba harto fehaciente, a lo que se ve del propósito socialista de «desgubernamentalizar» la información de los telediarios. La verdad, sin embargo, es que no existen "precedentes de incrementos tan bruscos y desmesurados desde el establecimiento de la autonomía de RTVE.

También son dignas de consideración las diferencias observadas durante el mismo período de «normalización» informativa del medio entre las noticias dedicadas al mundo sindical y las referentes a los empresarios. Mientras el tiempo empleado para la información sindical experimentaba un incremento del 2,53 por 100, en lo que correspondía a la patronal los incrementos eran de sólo un 0,10 por 100.

Todo es coherente ahora contra la equidad informativa. La ampliación de las atenciones dispensadas a la izquierda sindical, con ser significativas, lo son bastante menos que las conferidas a la izquierda política. En este sentido son de señalar, aparte de los datos consignados sobre el Gobierno, el aumento del 8,89 por 100 del tiempo que se concede en la información al PCE, pese al sustancial retroceso parlamentario sufrido en las últimas elecciones y el incremento del solo 11,71 por 100 de los tiempos dedicados a la coalición AP-PDP, pese a decuplicación lograda en el número de escaños parlamentarios desde los diputados de que AP disponía en la legislatura anterior. Siendo así las cosas, don José María Calviño, aparte de suscribir la sectaria desestimación del vicepresidente del Gobierno al descalificar el trabajo realizado por los profesionales del medio, apunta en las declaraciones que comentamos la posibilidad de que en adelante no salgan tantos ministros en televisión. De hecho, sin embargo, ese incremento del 16,57 por 100 de la atención informativa dedicado al Gobierno en los telediarios de la actual etapa se ha sustraído de la que se confería a los demás partidos políticos (menos 15,36 por 100 en tiempo informativo); de la que se concedía a las Fuerzas Armadas (3,27 por 100 menos).

Todo esto es un despropósito que no tiene cabida en los hábitos, usos y costumbres dé las sociedades democráticas. El mal no sólo radica en la política informativa que se aplica en la televisión actual, sino en las condiciones institucionales que la hacen posible. El mal y el problema no consiste en otra cosa que en la naturaleza monopolística, estatal y única con que se encuentra agravado por la deficiente instrumentación de los controles democráticos y sociales del medio.

A nadie se escapa que si en lugar de una televisión única dispusiéramos en España de diversas televisiones, la cuestión no se plantearía, porque el pluralismo social y político se instrumentarían libre y espontáneamente. El monopolio televisivo es quizá, dentro de las sociedades industriales, el supuesto intevencionista de más amplia repercusión y más profundas consecuencias contra el pluralismo social y la libertad política. Dentro de los esquemas de intervención y estatalización al que responde el modelo político socialista, la televisión única será del todo coherente. Lo que no está tan claro es que ello sea coherente con el modelo occidental de libertades.

 

< Volver