Autor: Sinova, Justino. 
   El escándalo de TVE     
 
 Diario 16.    24/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

JUSTINO SINOVA

El escándalo de TVE

El primer gran escándalo de la Administración socialista ha sido resuelto de un modo nada satisfactorio. Ha sido, mejor dicho, archivado, al estilo de una CRONICAS DEL CAMBIO táctica política que creíamos extrañada, aprovechando la fuerza informativa de las declaraciones del presidente en televisión. Y, sin embargo, el turbio asunto de «La clave» reclama una decisión en serio.

Efectivamente, el turbio asunto de «La clave» reclama una decisión en regla, una puesta en orden que corrija Ha mayor tomadura de pelo de que ha sido objeto la opinión pública en los últimos años y el degradante ambiente que contamina los pasillos y los despachos de TVE, el peor en toda la historia del medio, según cuentan en aquella casa. El escándalo no puede ser más desconcertante para quienes guardamos todavía la esperanza de que las cosas cambien. En televisión no cambian; simplemente evolucionan a peor. Recapacite el lector los datos de una historia alucinante, desarrollada durante una semana:

• Todo empieza cuando en medios políticos surge la inquietud porque José Luis Balbín llama a un debate en directo en televisión a un ex concejal de Madrid, Alonso Puerta, que meses atrás fue expulsado del PSOE tras un confuso episodio de acusaciones de sobornos. Joaquín Leguina, principal émulo de Puerta y número uno del PSOE de Madrid, eleva su protesta. (De momento, todo normal. Televisión convoca a quien quiere y el político tiene derecho a protestar. I

• Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno, mueve los hilos a su alcance y llega a echar mano incluso de un alto cargo del partido, dato que entraña una gravedad notable porque, si al Gobierno no le es licito manejar un medio público como televisión, al partido mucho menos. (A lo mejor, un buen día, cuando este escándalo sea historia, Guillermo Galeote nos cuente todo lo que sabe.)

• El programa, en consecuencia, se suspende y se monta una enorme patraña como si este país estuviera habitado por cuarenta millones de seres idiotas. Así, Balbín se queja de una gripe y se asusta, dice, porque podría afectarle, dice, a una dolencia cardiaca que, según dice, padece. (Pero, como a un mentiroso se fe pilla antes que a un cojo, como asegura el refrán castellano, un taxista certifica, en llamada espontánea a Antena 3, que Balbín goza de buena salud porque él le transportó, en compañía femenina, la noche del jueves. Luego Balbín diría que no se acordaba qué hizo en la noche del jueves. Es el único de toda España que no lo sabe.)

• Para combatir su gripe y su taquicardia, Balbín se marcha el viernes a Alemania. (Dato médico irrebatible: el mayor enemigo de la taquicardia es un viaje en avión.)

• De la escapada a Alemania, el país y, al parecer, el director general de RTVE y el director de TVE, se enteran por otro espontáneo que ve embarcar a Balbín rumbo a Frankfurt. (Sublime proceder: el responsable de la información del medio más potente del Estado desaparece sin dejar rastro, cuando no debería dar un paso sin comunicarlo expresamente.)

• Balbín se entera del cisco que deja aquí al leer un diario español en Alemania, según declara, al parecer, seriamente. (¿Y estará convencido de que todos nos creemos a pies juntillas esas cosas?)

• Por fin regresa a Madrid tratando de esquivar a los periodistas y lo niega todo. (Lo cual no sorprende a nadie, a esas alturas del escándalo, porque nadie esperaba una reacción medianamente original.)

• Sigue negándolo todo en rueda de prensa al día siguiente, y contradiciéndose lleva sus paradojas hasta el consejo de administración de RTVE, que le pide explicaciones y que no logra salir de su asombro. Ocho consejeros, que son mayoría, censuran su hacer y cinco de ellos piden el cese. (A lo cual, nadie hasta ahora ha hecho el más mínimo caso.)

• Uno de los ocho consejeros, Antonio Kindelán, del PCE, mantiene su creencia en que ha habido «injerencias externas» en Televisión. (Circunstancia que invalida cualquier proyecto de empresa pública de televisión y que nadie hasta ahora le ha desmentido. I

• Y, para redondear la farsa, el vicepresidente Guerra declara que nada va con él, que no sabe nada, que está en el Gobierno «de oyente». (Lo cual, a mi entender, tiene mucha gracia y ninguna seriedad.)

La reparación

Este relato de los trechos de una gran mentira resulta una relación de disparates que no podíamos imaginarnos semanas atrás, en medio de la gran esperanza sembrada por el Gobierno socialista. Pero el escándalo ahí está, aguardando una reparación, que es el único modo de corregir en algo la gran tomadura de pelo que se ha gastado al país. Guerra no podrá quejarse de que no se le advirtió desde los periódicos para que no cometiera el error de nombrar a José María Calviño director general de RTVE y para que éste no cayera también en el error de entregar los informativos de TVE a Balbín. De ese error y sus consecuencias sólo nos puede salvar Guerra, hombre tan dado a la ética y la moralidad que una rectificación no debe suponerle un desdoro, sino una honra. Guerra tiene que ofrecernos, antes de que se cumpla la tregua de los cien días, una reparación que alivie los síntomas de frustración y recupere la esperanza en la gestión del PSOE.

Su escudarse en el «no sé nada» y en el «yo estoy de oyente» puede originar un gran desengaño. No hacer nada en política, dicho en metáfora, es una exigencia de algunas peculiares gestiones. Manuel Fraga elogiaba el trabajo de un ministro socialista, cuyo nombre me callo porque la conversación era privada, aplicándole esta frase de un historiador inglés: «No hizo nada en particular y lo hizo muy bien.» De no ofrecer una reparación al grueso escándalo de Televisión, de seguir así. Guerra se expone a que alguien defina su gestión de esta manera: «No hizo nada en particular, pero lo hizo muy mal.»

 

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