Juzgado periodista vasco     
 
 Diario 16.    20/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

GRITOS Y SUSURROS

•José Luis Gutiérrez

Javier

¿SE entiende aquí lo que significa libertad de prensa, lectores? Pues, no. Aquí, aparte de Gregorio Peces-Barba, que acostumbra a quedarse impertérrito ante la leña y a encajar como un inglés, y algún otro, nadie sabe muy bien lo que es este grandioso, sublime y arrastrado oficio de hacer periódicos, el más bello del mundo, que decía Camus.

Los propios profesionales, los periodistas españoles, aún tenemos pendiente el gran sínodo de la autocrítica, por algunos errores y excesillos cometidos a lo largo de la transición, la asurición y la ascensión a los cielos democráticos. Nadie es perfecto.

La clase política te lo está echando permanentemente en cara, con sutileza, porque el político se acerca hoy al periodista con gestos de halago, reproche, temor o desprecio, según los casos.

Digo esto, a título de introducción, para hablar del gran asunto de hoy, que es la pavorosa sentencia —que respetuosamente se acata, of course— que le ha caído encima al periodista Vinader.

Javier Vinader es un catalán bajito, socarrón y un poco picudo, que, cuando viene a este periódico, se te sienta enfrente y te dice: «Osti, tú, que me empuran...» Y tú le dices eso de tranquilo, jefe, que estamos aquí todos.

Porque, en este caso, es verdad, lectores, Vinader somos todos. Lo de Javier me temo que no va a ser más que el principio de algo que se presiente, que se ventea en el aire: la montería de periodistas torcaces, asilvestrados, alérgicas al sobre, con la manía de pensar y el bolígrafo afilado, es decir, los periodistas a secas.

LOS políticos, salvo muy escasas excepciones, tienen los sensores oxidados y no perciben estas sutiles vibraciones que presagian la cacería, pero ni a mis colegas ni a mi se nos escapa la alarmante sensación que se advierte en los periódicos. Me temo que estas Navidades vamos a tener que pintar en todas las redacciones una raya en Ja pared, una cuarta más arriba del baldosín, que diga: «Hasta aquí llegó la libertad de prensa en 1981.»

Pues bien, en esta situación estamos, lectores. Se empieza primero con Vinader, después se aporrea a un fotógrafo para entrar en calor, luego se amenaza a un cohimnista para que cunda el ejemplo y ya está. Se pone en marcha la rueda y al final llegamos al 83, año de elecciones, llaman al taxidermista y hacen un museo de informadores disecados, con manguitos y visera de hule.

Y mientras tanto, la profesión, desencantada, dividida, desflecada y desunida —que, sin embargo, sigue siendo la más bella del mundo— sin reaccionar. Y Vinader somos todos, de modo que en pie, y todo el mundo a !a máquina.

 

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