Autor: Sinova, Justino. 
   La agonía de la prensa     
 
 Diario 16.    01/09/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

JUSTINO SINOVA

Director adjunto de DIARIO 16

La agonía de la prensa

Los periódicos pierden lectores e influencia. El poder advierte esta tendencia a la baja. ¿Y qué hace? Más que echar una mano, en beneficio de la información y de la sociedad, aprovecharse de la circunstancia.

La enfermedad que aqueja a la prensa, que es materia de dominio común, ha sido diagnosticada últimamente por el director general de la OID (Oficina de Información Diplomática), Inocencio Arias: «La credibilidad de los periódicos occidentales —ha dicho en la Universidad Internacional de Santander— disminuye paulatinamente y su influencia es menor de lo que a menudo se cree.» Y ha añadido,, por si quedaba alguna duda: «No hay que sobreestimar su influencia en los ciudadanos.»

Hay que creer a Chencho Arias, pues no es frecuente escuchar confesiones de este tipo en personajes que desde la Administración pública tienen una relación profesional con la noticia. Los altos cargos suelen elogiar a la prensa y al periodista y exagerar su influencia para halagarle. Cuando se produce lo contrario, la confesión de que lo que los periódicos dicen no es para tanto, hay que tentarse la ropa.

La crisis de la prensa es un asunto que nosotros, los periodistas, hemos advertido y expuesto desde el principio. El poder sabe desde hace tiempo de la preocupación profesional por la baja del índice de credibilidad de los periódicos. Ahora nosotros sabemos también que la Administración observa con alguna complacencia esta pérdida de valor de los periódicos, porque lo confiesa. ES lógico: una prensa más débil es un escollo menos para gobernar. Si nunca ha sido cierto el calificativo de «cuarto poder», aplicado a la prensa por el historiador T. B. Macaulay para regalar el oído de los periodistas, ahora lo es aún mucho menos. La prensa es un ojo vigilante sobre la conciencia de los poderes públicos. Pero nunca ha sido un poder ni nunca ha logrado el status suficiente como para evitar las frecuentes agresiones de los otros tres poderes.

Pérdida de lectores

Uno de los reflejos de la falta de credibilidad de la prensa es la pérdida de lectores, fenómeno que tiene hartamente preocupadas a las empresas periodísticas por su firme tendencia y su ignorado final. Tras el espectacular «boom» de finales de 1975 (muerte del general Franco) y 1976 y parte de 1977 (expectación por el cambio político y primeras elecciones), la fuga de lectores ha sido una constante imposible de variar por muchos esfuerzos profesionales puestos en práctica.

Hace diez años se vendían en Madrid, capital y provincia, más periódicos que ahora, con casi un millón menos de población censada. Y en dos años (octubre de 1978 a noviembre de 1980(, los periódicos de información general de Madrid han perdido más de 20.000 lectores (30.000 para su difusión total). mientras la población ha crecido en más de 200.000 habitantes:

La pérdida de lectores, que es un fenómeno que se registra en parecidas proporciones en toda España, hace que cualquier aumento en la difusión de un periódico sea inmediatamente advertido por los demás. La masa de lectores no aumenta con el crecimiento de algunos títulos sino que se desplaza. Es otro dato para valorar la extremada dificultad del mercado de prensa. La crisis, en cualquier caso, ha sido atribuida a múltiples causas, desde el bache económico hasta la proliferación de títulos.

Pero ni uno ni otra pueden justificar la agonía de la prensa.

Curiosidad satisfecha

Los lectores, que disponen ahora de varios canales de información —uno de ellos, la radio, que ha sabido aprovechar magníficamente las nuevas oportunidades— tienen su curiosidad plenamente satisfecha. La libertad ha dispersado las fuentes de información y los receptores acumulan suficientes datos sin necesidad de acudir necesariamente al periódico. Por lo demás, se ha producido el resultado de lo que constata el profesor Xifra Heras, que da influencia de la prensa (...) para provocar alteraciones en el público es menor en los sistemas pluralistas que en los autoritarios»; en éstos predomina la «imposición» de los contenidos sobre la elección de los receptores.

Es posible que estemos, a nivel informativo, en los momentos posteriores al empacho. Y eso es observado por el poder con la satisfacción con que se aprecia la debilidad del contrincante. El poder no hace lo suficiente para sacar a la prensa de su agonía, de su lucha contra unos esquemas de subdesarrollo, pues las llamadas «ayudas», exiguas aportaciones económicas, no sirven a las empresas sino para tapar huecos y a los lectores para sospechar confusas connivencias.

Al poder no se le ha ocurrido —o sí se le ha ocurrido y ha rechazado severamente la tentación— promocionar la lectura de periódicos para acrecentar el nivel de cultura y de opinión de los ciudadanos. Prefiere, aunque diga otra cosa, una prensa económicamente débil y unos ciudadanos más dedicados a otras cosas que a pensar. Y, mientras tanto, prepara una nueva ley de prensa para reglamentar la libertad de información, que será, al fin y al cabo, una norma que limitará la libertad, como siempre pasa. Con lo cual, la prensa se mantendrá en esa agonía sin lectores y sin influencia suficiente, mientras en los despachos del poder aumentan la tranquilidad y las sonrisas.

 

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