Por moralidad y buen gusto     
 
 ABC.    02/02/1977.  Página: 2, ?. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

Por moralidad y buen gusto

EN alguno de los espacios de TV. E., de muy grande audiencia por cierto, se habían rebasado, en las expresiones, en los chistes, en los dichos, los límites de la normal moralidad —que nada tiene que ver con la pacatería y menos con las hipocresías del puritanismo— y los límites del buen gusto.

Varios lectores de ABC y nuestro crítico de televisión censuraron, con razón, este incorrecto proceder ante las cámaras. Se hacían eco, en definitiva, de una generalizada opinión de espectadores de televisión que rechazan, en la pequeña pantalla, «frescuras», «licencias», «audacias» y «chocarrerías», propias o más propias, en lodo caso, de números de cabaret o de piezas de revista. Y evidentemente, de lo festivo, de lo bienhumorado. de lo inteligentemente irónico o divertido a lo escabroso, a la gracia triste de la «sal gorda» o de la procacidad, hay un abismo.

Como era de esperar, la propia dirección de TV. E., calibrando correctamente las actuaciones impropias y los límites a los cuales debe ajustarse cualquier comparecencia ante sus cámaras, ha hecho pública la correspondiente nota anunciando la corrección de estos «excesos». Naturalmente, nos sumamos a las felicitaciones que la dirección de TV. E. habrá recibido. Y acusamos recibo a la carta, que publicamos hoy, del director de Relaciones Exteriores de Televisión.

No se entienda que defendemos un retorno a la moralina de aquellos célebres chales de pasadas épocas de la televisión. No se interprete que postulamos el predominio de la gazmoñería en las emisiones. Defendemos y postulamos, eso sí, el buen gusto y la corriente moralidad cuyo sentido a nadie escapa.

A la televisión —por su carácter estatal y por el contenido cultural genérico que a su función se atribuye— debe exigírsele, particularmente, especial control de extralimitaciones como las que comentamos. Bastante es ya, por desgracia y de modo seguramente irremediable, la cantidad de violencia y de otras cosas nada ejemplares, que acarrean a la pequeña pantalla algunas seríes de telefilmes. (Habida cuenta de la escasa o nula eficacia de los «rumbos», en orden a la audiencia infantil.)

Aplaudimos, pues, el propósito de nuestra televisión de eliminar apariciones impropias del medio.

 

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