Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Después de la tempestad     
 
 ABC.    26/11/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

DESPUÉS DE LA TEMPESTAD

UNO de los temas más bellos de la música universal es el de la vuelta a la calma, después de la

tempestad, reflejado en una de las creaciones supremas de Beethoven, la Sinfonía «Pastoral». Por

supuesto que en la vida humana, y en la vida política en particular, las calmas son siempre provisionales,

del mismo modo que las tormentas no son nunca definitivas ni permanentes, ni hay mal que cien años

dure. Harían bien en recordarlo determinados turiferarios de cuyas columnas salen siempre las mismas

voces. Esas voces que, cuando mayor es la posibilidad de una acción política, anuncian la retirada; I a s

que, tras la demostración de que, determinada voz seria llega a la conciencia misma del país, aluden a

ciertos supuestos defectos nunca demostrados; a los que confunden con un naufragio lo que es simple

renovación del velamen y confirmación del verdadero rumbo.

La navegación continúa, por mares constantemente no exentos de nieblas y de escollos. Pero los

nubarrones y los bajos existen para todos, en tiempos de cambio. Y no todos tienen claros sus rumbos ni

sus cuadernos de bitácora.

La creación de toda fuerza política auténtica es un proceso complicado y rara vez se hace al. primer

intento. No hablo de aquellos partidos que funcionan como auténticas multinacionales, que ellos tanto

critican; la internacional socialista y la comunista pueden concentrar sus modelos y sus inversiones en un

país determinado, con las ventajas y los inconvenientes que ello comporta. No hablo tampoco de los

partidos oficialistas, que nacen de una determinada situación de poder, y duran ni más ni menos que la

misma.

Hablo de la posibilidad de que, por primera vez en nuestra Historia, pueda España alumbrar un sistema

propio, viable, responsable y duradero de fuerzas políticas nacidas de una apreciación correcta de una

situación histórica; basadas en un programa realista y coherente, y capaces de atraer a grupos decididos de

ciudadanos que luchen de modo organizado por sus convicciones y legítimos intereses.

Muchos pensamos que el éxito del nuevo experimento constitucional depende precisamente de esto, en

mucha mayor medida que del propio texto constitucional. Si España, como Inglaterra, como Alemania,

como Francia, logra crear un sistema viable de partidos políticos, basado en dos grandes agrupaciones, de

derecha moderada y progresista, y de izquierda realista y no revolucionaria, saldremos adelante; si no,

seguiremos el destino, menos claro, de Italia, de Portugal o de la Francia anterior al general De Gaulle.

Dejo a otros la tarea de imaginar esa izquierda nacional, moderada, no marxísta, que España necesita.

Paso a ocuparme, una vez más, del otro polo: la derecha moderada, progresista, reformista, orientada al

centro derecha, que es aún más urgente constituir.

Esa fuerza política ha de cumplir ciertas condiciones. La primera es la de no tener complejos y afirmarse

claramente como algo distinto de la izquierda, y a la vez tan moderno, tan viable y tan capaz de ganar

como ella. Los valores de la seguridad, el orden, la Ley, la familia, la libertad, la competencia, el mérito,

la eficacia son perfectamente defendibles para una mayoría. Una mayoría que, por encima de todo,

requiere tranquilidad y que los frutos de su esfuerzo y de su ahorro le valgan para hoy y para mañana.

La segunda condición es ser claramente democrática. La democratización de una sociedad industrial y

urbana es un proceso irreversible. Esto lo comprendieron los conservadores británicos bajo Peel y

Disraeli; y De Gaulle supo rechazar, en 1958, la tentación reaccionaria. Una derecha moderna y civilizada

tiene que renunciar a toda idea de supresión de los adversarios políticos; lo que tiene que hacer es que

cumplan las reglas del juego, y ganarles limpiamente la partida dentro de ellas. Los que no acepten este

principio mejor se quedan fuera, que normalmente no se produce en política, esperando el milagro.

En tercer lugar, esta fuerza política ha de ser eficaz y bien organizada. Ha de recordar que la izquierda

dispone de una doble organización y encuadramiento político y sindical. Ha de renunciar, por lo mismo, a

las viejas tendencias al partido de notables, a creer que las grandes cuestiones se arreglan en cenas

elegantes, a montar toda la maquinaria propia de los partidos de masas. Mientras determinados sectores

crean que sus políticos están ahí para ser divertido objeto de crítica de salón, o que pueden actuar sin

medios adecuados, vamos mal.

En fin, ha de ser una organ i z a c i ó n a b i e rta, promotora de valores nuevos, capaz de superar todo

clasicismo, decidida a basar sus rangos sobre todo en el trabajo y en el mérito.

Por estas ideas venimos algunos trabajando hace tiempo. Cada vez somos y seremos más; en realidad

podríamos ser la mayoría si se superasen dos tentaciones graves.

Una es la de mirar hacia atrás, con nostalgia justificable, pero inútil, hacia tiempos que no han de volver.

Otra es la de pensar que puede ser un mal menor, un voto útil, el mantener una situación que se deshace

por todas partes. Todos sabemos que el Gobierno de Unión de Centro Democrático es incapaz de

defender la seguridad de las personas y de las cosas, una economía que funcione, un sistema social medio

capaz de que nuestro esfuerzo y nuestro ahorro sirvan para algo.

Si esto es así no hay más que un camino: organizar, como en todos los países serios donde la democracia

no es una farsa ni un pretexto para la anarquía, una derecha civilizada y progresista; una fuerza a la vez

conservadora y reformista; una alternativa válida, de centro derecha, al marxismo, al separatismo y a los

terroristas.

En eso estamos trabajando, de buena fe, y con la convicción de cumplir un deber ciudadano. Lo hacemos

llamando clara y deliberadamente a todas las personas y a todos los grupos, y a todas las ideas y

proyectos válidos. No lo hacemos contra nadie, pero sí a favor de una España que necesita esa fuerza

política para sobrevivir.

Si todos los que coincidan en la idea dan un paso al frente y aportan unos medios razonables, la

oportunidad será aprovechada. La Constitución, por sí sola, no va a resolver ningún problema; es el marco

en el cual van a jugar unas fuerzas políticas. Si éstas son las adecuadas, el sistema marchará (como en

Francia, Inglaterra o Alemania); si no será un desastre (como en nuestras dos Repúblicas, en Italia o en

Portugal).

La escalada terrorista continúa: autoridades, fuerzas de orden público, magistrados, etcétera. La economía

no se aclara, ni el clima social. «Las ansias crecen, las esperanzas menguan.» Sólo podremos salir de esta

triste situación por los medios normales: un programa claro, unas personas decididas a defenderlo, una

organización eficaz.

Nadie se engañe: lo demás son cuentos. O se hace política o se la hacen a uno sobre las espaldas. Muchos

españoles que tanto tienen que perder tienen la palabra.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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