Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Una Constitución monárquica     
 
 ABC.    21/08/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

21 DE AGOSTO DE 1977.

APUNTE POLÍTICO

Una Constitución monárquica

Por J. M. RUIZ GALLARDON

Con la semana que empezará el próximo lunes va a reanudarse la actividad política en toda su extensión.

Ciertamente, no ha sido éste un verano de descanso para casi nadie, entre otras razones, porque los

problemas no han dejado de agudizarse día a día. Me refiero a los problemas diarios o, como ahora se

escribe, coyunturales. Los otros, aquellos que en gran medida determinaron la toma de posición de los

electores el pasado 15 de junio, es ahora cuando comienzan a tomar cuerpo y a preocupar a los españoles.

Y entre ellos destaca, cómo no, el vertebral de nuestra Constitución. Es a éste al que me voy a referir en

mis próximos apuntes.

Por lo pronto, la próxima Constitución ha de ser «una Constitución monárquica». El tema no es baladí, ni

mucho menos. Me parece asombrosa ingenuidad —si no algo peor— pretender dejar de lado tan

importante tema. ¿Cómo es pensable una Constitución en la que no se determine quién y en virtud de qué

proceso ocupa la cabeza del Estado?

Si España es una Monarquía, es evidente que la jefatura del Estado está sujeta a la ley de la herencia. No

entiendo, pues, cómo puede dejarse de lado esta cuestión, por mucho que se empeñen en ello el P. S. O.

E. y el P. C. E. No se trata de poner más o menos énfasis o mayor o menor sordina en la definición: es

que ésta —la definición— quedaría incompleta —es decir, sería falsa e irreal— si no abarcara en toda su

necesaria amplitud el carácter monárquico, con todas sus consecuencias, del Estado español. Sería algo

así como pretender definir el Derecho soslayando su necesario carácter ordenador de conductas.

Lo que ocurre es que a aquellos partidos no les interesa, por ahora, presentarse con sus naturales perfiles,

probablemente por miedo a perder una clientela electoral que, dejando la forma del Estado en el terreno

claroscuro, quizá pudieran mantener o conseguir. Hoy la Monarquía no es sólo un dato de la realidad

social: es una idea-fuerza. Porque por encima y más allá del acierto del proceso de transición llevado a

cabo por el presidente Suárez, por encima, desde luego, de discrepancias ocasionales y legítimas, lo cierto

es que sin la apoyatura sustancial de la Corona, en un verdadero aliento de integración nacional y de

racionalización de nuestros problemas, no se hubiera podido llevar a puerto sin gravísimas quiebras la

adaptación de nuestro sistema político.

La cosa es, para mí, muy clara: el fundamento y clave de nuestro fluir histórico en el último cuarto del

siglo pasa, necesariamente, por la Corona. No reconocerlo explícitamente así en nuestro primer texto

legal es una hipocresía adobada de ingratitud. Peor aún, demuestra torpeza, cerrilismo y aun falta de

sentido histórico en aquellos que se dicen celosos guardadores del bien del pueblo. Porque ese pueblo, el

nuestro, sabe que es la Corona en quien puede esperar su solidaria integración y la estabilización de la

paz.

Es, pues, llegada la hora de llamar a las cosas por su nombre. Y quienes eludan u omitan el carácter

monárquico de nuestro Estado deberían, si quieren ser honrados, ofrecer otras fórmulas que, de seguro,

tendrían tan escasa vigencia y aceptación social que sus propugnadores llegarían a estrepitosos fracasos.

Hoy no asumir la forma monárquica o es una nostalgia, sólo respetable por ser nostalgia, o es la

perpetuación injusta del resentimiento ciego.—J. M. R. G.

 

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