Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   España, nación sin pulso     
 
 ABC.    25/10/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ESPAÑA, NACIÓN SIN PULSO

PASEO un lunes, a primera hora (bueno, de nueve a diez), por una capital de provincia importante.

Niños que van a los colegios, madres que van a la compra; poca vida en las calles, después del fin de

semana.

No veo gran pulso en la vida normal. No lo advierto en las iglesias, vacías y que abren cada vez más

tarde. No se ve en las obras, que ni son muchas ni dan la sensación especial de productividad. No se

intuye en las oficinas públicas, donde presiona menos la iniciativa privada y en las que se advierte un

claro deseo de refugiarse en los reglamentos, por si acaso. No se ven prisas en los transportes ni en la

incorporación a la actividad de la nueva semana.

Un gran paréntesis se ha abierto en la vida nacional. Como a primeros de siglo, una mezcla de dudas, de

ansiedades, de interrogantes planea sobre las energías nacionales. La sociedad española ha dado un salto

indudable hacia adelante; y ahora mira, con tiento y preocupación, hacia dónde irán los pasos siguientes. .

Son múltiples los factores que condicionan esta situación. Del desarrollo económico y la sociedad de

consumo, muchos españoles han extraído antes el deseo de disfrutar de lo ya logrado, y pedir su reparto

inmediato, que la idea de seguir acumulando e invirtiendo para consolidar lo ya conseguido y afirmar los

cimientos del futuro. Este verano (que aún perdura) España ha gastado lo que tenía, y tal vez lo que no

tenía, en un gesto característico de «comamos hoy, y bebamos, que mañana...».

Las estadísticas lo confirman: es el consumo el que está sosteniendo la producción, mientras que la

inversión se estanca y la formación bruta de capital retrocede en términos muy alarmantes. Dicho de

modo más sencillo: la gran familia española, no pudiendo aún vivir de las rentas y dispuesta a vivir mejor

cada día, se está comiendo el capital.

Se estudia mucho menos de lo que se debería estudiar; se investiga muy por debajo de nuestras

necesidades; el ahorro y el mercado de capitales se han derrumbado, con una Bolsa donde el pulso

nacional alcanza su presión más baja; es difícil sostener un crédito, no ya para nuevas inversiones sino

por vía de descuento para el tráfico normal; el país va tirando como puede dejándose, aquí, jirones de

empresas que no aguantan más y suspenden pagos y, allá, esperanzas de que las cosas acaben por fin de

orientarse y arreglarse.

Porque no se le están poniendo soluciones claras y coherentes. Se le ofrece una Constitución, pero ésta (a

diferencia de todas las anteriores a 1931) no se propone tanto la reconstrucción política del Estado

español, al servicio de una idea global de lo que deba ser la nación española, a finales del siglo XX, sino

que es una suma de procedimientos para trocear el sistema político y que cada uno se lleve su parte: las

regiones, los partidos, las clases sociales, y así sucesivamente.

Los partidos marxistes guardan sus cartas en la manga. Aclaran poco; dicen que ahora quieren la

democracia, y la Constitución más abierta posible, para que cada uno pueda interpretarla a su guisa;

conceden que, por ahora, no entrarán en los planteamientos revolucionarios que mantienen en sus

programas; exigen que España no dé los pasos necesarios para integrarse en el mundo occidental, sobre

todo en el tema de defensa; guardan así sus manos enteramente libres para el momento oportuno.

Los grupos nacionalistas m a n tienen una actitud aún más preocupante: han colado de rondón el peligroso

concepto de «nacionalidades» en el artículo 2.° y esperan tranquilamente recoger ahora las consecuencias

en los Estatutos de autonomía y en lo que venga después; no han ocultado que es un primer paso

hacia el federalismo y, cuando se pueda, hacia la autodeterminación.

Una apariencia de pulso pareciera surgir en los muros, como en todas partes llenos de pintadas. En todas

partes en España, porque en otras ciudades europeas se pinta menos y las Administraciones locales se

ocupan más de defender sus monumentos. «Todo burgués´es culpable»; «presos a la calle»; «locos, fuera

psiquiatras»; y otros muchos mensajes de uno u otro extremismo. En una situación como la descrita

ningún «ismo» pierde las esperanzas, mientras los terrorismos de diverso cuño esgrimen cada día la triste

canción recordatoria de que no son sólo palabras, sino metralletas y explosivos los que alzan su voz en

medio del calderón nacional.

Parecería lógico que, al lado de todo esto, se escuchara una voz cantante, una melodía .directora, un tema

básico, una voz de liderazgo por parte del Gobierno y del Partido Socialista. Supongo que algunos la

esperan todavía en el proceso posconstitucional. Razones serias hay para dudarlo, tras las ocasiones

perdidas del referéndum sobre la ley de reforma política y tras las elecciones del 15 de junio. El fin de

año, si como es de temer sigue esa voz sin sonar, será el «dejad toda esperanza». Muchos la han perdido

ya y esta es la mayor responsabilidad en la falta de pulso de nuestra España.

Convencido como estoy de que, si continuamos así, la brújula del destino apuntaría inexorablemente a un

1936, o, lo que sería aún peor, a un 1898 (donde se pagaron todas las cuentas pendientes de un siglo de

errores), creo que debemos asumir todos nuestra responsabilidad nacional. Después de muchos años de

lectura y meditación, con experiencias muy diversas sobre las cuestiones políticas, llego a la conclusión

de que la única ley infalible es que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.

No pierdo la esperanza de que un núcleo creciente de españoles se sacuda la modorra fatal, recupere el

pulso y decida jugar más allá del corto plazo y del ganador fácil para defender a España. No harían falta

tantos, pero sí unos pocos, decididos a seguir pensando, con todas las consecuencias, que España es lo

más importante.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

< Volver