Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Días de reflexión     
 
 ABC.    19/04/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

19 DE ABRIL DE 1977.

APUNTE POLÍTICO

Días de reflexión

Por José María RUIZ GALLARDON

Me escribe un lector al hilo de los acontecimientos que se nos avecinan, muy especialmente de las

próximas elecciones. Me señala los desconciertos que la previsible vocinglería de la campaña electoral

puede producir en los espíritus de nuestros conciudadanos. Y me pide mi opinión. «¿Qué hacer —

escribe— para acertar?»

Pues, en mi criterio, lo primero que hay que hacer es reflexionar. Reflexionar, precisamente, cuando es

más difícil, cuando las incitaciones de la propaganda subirán de tono, cuando muchos líderes han

empezado ya a confundir tener razón con gritar más.

El voto consciente del ciudadano debe formarse en clima de sosiego interior, de paz personal. Se trata de

elegir y de elegir bien. En primer término, descartando aquellas opciones que intrínsecamente contradicen

los fundamentos últimos de nuestra propia personalidad como sujetos de la política, como cristianos,

como insertos en la civilización occidental. Es ya una primera e indispensable selección. Los partidos

políticos que de una o de otra manera se inspiren en concepciones materialistas de la vida y de la Historia,

no digamos cuando de sus premisas se deduce ineluctablemente el planteamiento belicoso, de lucha de

clases, de dictadura del propio partido, de la relación de subordinación total de la persona al Estado,

deben ser apartados de la posible decisión. Y ello, aun cuando sus promesas concretas revistan caracteres

atractivos; por otra parte, siempre desmentidos por la realidad misma en aquellos países donde sus

fórmulas han sido ensayadas.

Dentro de las restantes opciones hay que proceder conforme a la credibilidad intrínseca de las

formulaciones programáticas y de la valía de los hombres que van a tratar de conseguirlas. Son los dos

datos trascendentales dignos y de indispensable consideración. ¿Qué ofrecen y quiénes lo ofrecen? Pues a

aquellos que ofrezcan lo mejor y cuenten en sus filas con hombres de probada capacidad para acometer

con perspectivas de éxito esos programas, a ellos habrá de darse el voto reflexivo.

En este último aspecto es importante también, para formar juicio y que éste sea acertado, atender a la

credibilidad real de los elegibles. Me refiero a un aspecto muy concreto: el de la propia y personal

coherencia política, o dicho en otras palabras, el de la lealtad o fidelidad a los principios que se

proclaman. Difícilmente un político embarullado, que ayer dijo unas cosas y luego ha hecho otras

distintas, y aun contrarias, merece el crédito de los electores inteligentes. No se trata del simple

cumplimiento de unas promesas o de un programa. Se trata de averiguar si, por convenciones propias y

circunstanciales, se ha desmentido con el propio quehacer aquello que se juró como guia de la acción.

Quien una vez desmintió, con sus actos, sus lealtades proclamadas estará siempre bajo la sospecha

racional de que puede volver a las andadas. La lealtad no es tozudez, pero el puro arbitrismo, el

pragmatismo desprovisto de todo compromiso ideológico es, por lo menos, tan malo, como el monolítico

empecinamiento. El político que hoy sirve a unas ideas y ayer sirvió a las contrarias, puede que sea un

medrador, pero lo que no es, de ninguna manera, es un hombre fiable.

Me dirá, mi querido comunicante, que estoy dibujando un mirlo blanco. Quizá. Pero con todo lo anterior,

lo único que pretendo señalar —a él y a los restantes electores— es que en las próximas elecciones hay

que descartar a los que sostengan programas incompatibles con la propia concepción del hombre y de

España, y también a aquellos que hayan sido capaces de olvidarse y contradecir con sus actos las más

solemnes promesas de fidelidad a unas ideas. Estos últimos son, si cabe, de peor condición y más funesta

andadura. Recuerde el lector lo que la Biblia dice de los tibios: serán vomitados por Dios.

J. M. R. G.

 

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