Autor: Cortés-Cavanillas, Julián (ARGOS). 
   Conmemorar la Restauración     
 
 ABC.    17/01/1975.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

EN POCAS LINEAS

CONMEMORARLA RESTAURACIÓN

Desde finales del pasado año se ha conmemorado la fecha centenaria de la Restauración de la Monarquía con Don Alfonso XII con diversos escritos, en diarios y semanarias, esmaltados de juicios en general positivos. Uno de los artículos más interesantes, entre los hasta ahora publicados, ha sido el del académico de la Española Guillermo Díaz-Plaja, aparecido en «La Vanguardia» con el título de «Restauración y convivencia». El articulista dice que para las gentes de su generación la Monarquía era la acostumbre»; la realidad política estabilizada y un panorama reconfortante de «continuidad». Díaz-Plaja añade: «Cierto que esta vigencia prolongada de la institución monárquica, insólita en la política de nuestra Edad Contemporánea, había de saltar hecha pedazos por nuestros ingenuos entusiasmos republicanos del 14 de abril. Y no es menos cierto que, al cabo de los años, hemos vuelto una y otra vez los ojos nostálgicos a aquella Monarquía de Alfonso XIII, cuya larga vigencia ya contiene por sí misma una "razón de ser" histórica.» Abundando en esta línea, el ilustre escritor catalán define esta época como «período de tolerancia», es decir, de civilización, y en frase breve de «buena manera». «Y conviene que se diga —escribe Guillermo Díaz-Plaja— que esta ejemplar lección de convivencia no se desarrolla "durante" la Monarquía, sino probablemente "a causa" de la madurez política que la forma constitucional de Cánovas impuso al país. Bajo este Código de la Realeza, en efecto, hallaron tolerante albergue los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, cuyos organismos —Junta para Ampliación de Esludios, Residencia de Estudiantes, Instituto Escuela— fueron patrocinadas por el Estado y visitados por las mismas personas de la Familia Real. Análogamente, las fórmulas del socialismo, patrocinadas por Pablo Iglesias, pudieron desarrollarse a nivel de propaganda política, y uno de sus hombres, Francisco Largo Caballero, fue elevado al Consejo de Estado por Primo de Rivera. Sólo el doloroso contraste que ofrecieron las intransigencias posteriores —en uno y otro bando— justifica que hayamos visto muchas veces con nostalgia este espectáculo de respeto y tolerancia que ofrece la España de la Restauración.» ¿Por qué ante este centenario tan aleccionador en tantos órdenes —digo yo— no lo celebran con un cíelo de conferencias las Reales Academias de la Lengua, de la Historia, de Ciencias Morales y Políticas, de Jurisprudencia y de Bellas Artes? ¿Y también el renacido Ateneo? Parece que valdría la pena.— ARGOS.

 

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