Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Contra la politización de la justicia     
 
 ABC.    31/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. JUEVES 31 DE MARZO DE 1977

APUNTE POLÍTICO

Contra la politización de la justicia

Por José María RUIZ GALLARDON

Yo no sé si ustedes lo habrán observado: el funcionamiento, la organización y las decisiones internas de los Tribunales españoles casi nunca son noticia. A veces una resolución judicial alcanza gran resonancia, pero siempre es en función de los hechos que en ella se examinan, de los intereses en litigio, de la trascendencia de la doctrina en que se fundamentó el fallo; rarísima vez por lo que se refiere al proceso de elaboración de la sentencia y nunca si la materia se refiere a la organización misma de los Tribunales de Justicia. Nunca, hasta hace unos días en que ha saltado a las primeras páginas de los periódicos el tema de la designación de presidente de la Sala IV del Tribunal Supremo. ¿Por qué?

Yo no quisiera tratar en esta columna ningún tema que rozara lo que para mí es sagrado: la independencia de los Tribunales de Justicia. Pero precisamente en función de ese convencimiento, y también porque creo firmemente en que, como en todo verdadero Estado de derecho, las resoluciones administrativas deben estar sujetas a revisión judicial, y en este sentido es el Gobierno quien debe estar supeditado a lo que los Tribunales digan, me parece importante salir al paso de algunas versiones que en la Prensa han aparecido acerca de la descoordinación entre el Gobierno y el Poder judicial.

Es muy posible que, a primera vista, parezca como si la actitud de nuestro más alto Tribunal hubiera consistido en algo parecido a un desaire al Gobierno. Pero así no estaría bien planteada la cuestión. Es el Gobierno, en todo caso, quien habría desairado a la Justicia.

1) El incidente parte del famoso decreto-ley dictado por razones de urgencia, sin pasar por las Cortes, por el que se modifica el régimen legal establecido para el ejercicio del derecho de asociación política. Como es sabido, el Gobierno se «quitó» el mochuelo de encima, trasladando una resolución «administrativa» a un órgano «jurisdiccional». De esa manera, el Gobierno se lavaba las manos en tan delicado problema sin pronunciarse -sólo bastaban meras «sospechas»- y trasladaba la decisión al Tribunal Supremo sin que -según mis noticias- hubiera sido previamente consultado éste como parece de cajón.

2) Pero es que, además, y por si lo anterior fuera poco, el tema que se entregaba es, evidentemente, un tema de carácter político. No sólo con enorme trascendencia política, sino de «naturaleza» exclusivamente política. Y no es difícil adivinar que el hombre de leyes, encargado de impartir justicia, no vea como muy agradable ni adecuado a su función esta traslación de competencias.

3) Prescindo, pues, de todos los detalles acerca del quid de si la aceptación, por el Pleno, del presidente nombrado -todo un caballero y gran jurista- era o no movida por estas o aquellas razones formales en la tramitación del expediente de su nombramiento. No es eso. La consecuencia que me parece clara es que el Tribunal Supremo ha dicho «no» a algo más importante: a su posible politización y a que se le «instrumentalice» para ello a través de un decreto-ley, a mi juicio, claramente anticonstitucional. En dos palabras: el Tribunal Supremo ha velado así por la preservación de su altísima función, que es juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, no interferirse ni pronunciarse en cuestiones políticas.

Y, por principio, los hombres de leyes siempre estaremos en estas cuestiones del lado de los que creen que una cosa es la Justicia y otra gobernar. Y que si malo es que los Gobiernos juzguen, peor es que éstos, cuando tienen una difícil papeleta, obliguen a la justicia a tomar decisiones propias de los hombres de Gobierno.

Ahora, una vez aclarado este punto sobre el problema de fondo de la legalización del «Partido Comunista» y otros, veremos lo que se resuelve. Y lo acataremos sin desdecirnos en nada de nuestra ideología, porque lo que un Gobierno hace, ni es incontrovertible ni eterno.

J. M. R. G

 

< Volver