Los problemas de la CEE y España     
 
 El País.    27/03/1981.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

OPINIÓN

EL PAÍS, viernes 27 de marzo de 1981

EL PAÍS

Los problemas de la CEE y España

MAL QUE nos pese, los problemas de la Comunidad Económica Europea no son los mismo vistos desde

Madrid que contemplados desde Maastricht, y por dura que sea la labor, no hay otro remedio, una vez que

España decidió emprender el camino hacia Bruselas, que esforzarse por leer los acontecimientos

comunitarios desde ambas perspectivas.

El comunicado de la reciente reunión de los jefes de Gobierno —de Estado, en el caso de Francia— de

los países de la CEE contiene una explicita referencia al fracaso del golpe del 23 de febrero y expresa su

«gran satisfacción por la reacción del Rey, del Gobierno y del pueblo español... y por la vigorización de

las estructuras políticas que permitirán a la España democrática el acceso a la comunidad democrática de

la CEE». Esta loable declaración no se ha visto completada, sin embargo, por el anuncio de una

aceleración del proceso negociador para la integración de España en la Comunidad. La obvia conclusión

es que la existencia de un sistema pluralista y de un régimen democrático es una condición necesaria,

pero no suficiente, para alcanzar ese objetivo. La involución autoritaria, intentada por el golpe frustrado y

acariciada por los sectores que lamentan su fracaso, haría imposible la entrada de España en la CEE. Pero

la posibilidad política con la que cuenta la Monarquía parlamentaría necesita, para convertirse en realidad

plena, que las negociaciones propiamente económicas se rematen con éxito.

Resulta evidente que la CEE no es sólo asunto de demócratas, sino también de mercaderes; pero de

mercaderes que son, a la vez, demócratas. Por esa razón, y a la vez que el mantenimiento del sistema

pluralista continúa siendo una condición sine qua non para seguir compitiendo en la carrera hacia la

integración, los españoles tenemos que irnos familiarizando con la idea de que las cuestiones internas de

la CEE son prioritarias para los países que la integran Es cierto que problemas puramente políticos, como

las elecciones presidenciales francesas, no deberían pertenecer a ese acervo común, aunque los candidatos

electorales jueguen con las dificultades comunitarias para ampliar sus sufragios. Sin embargo, asuntos

como la pesca y, sobre todo, la elevación de los precios agrícolas entran - nos guste o no - por derecho

propio dentro de ese renglón de lemas económicos específicamente comunitarios.

Tras unas cuantas andanadas verbales entre ingleses, por un lado, y franceses y alemanes, por otro, el

debate pesquero ha quedado diferido, a petición británica, hasta una nueva reunión de los ministros de la

Pesca en este mismo fin de semana. La entente franco-alemana, hábilmente diseñada por Giscard, ha

vinculado el tema pesquero con el agrícola. Mientras los británicos temen la competencia pesquera de los

canadienses, Bonn tiene un gran interés en la ratificación del acuerdo de pesca entre la CEE y Canadá,

que permitiría a los barcos alemanes de aguas profundas reanudar sus capturas en los caladeros de

Canadá, país que, a cambio, podría vender sus capturas en los mercados de la CEE. Francia, por su lado,

pretende conseguir una elevación media de los precios agrícolas en torno al 10%, incremento que otros

países comunitarios consideran excesivo. La decisión final sobre los precios agrícolas quedará en manos

de los ministros de Agricultura, que deberán reunirse en Bruselas, a partir del próximo lunes, con el

mandato de no «separarse sin haber llegado a una solución».

El enfrentamiento global con la crisis económica ha quedado circunscrito a una recomendación para que

la Comisión elabore las estrategias apropiadas para resolver el problema del paro, que ha ido progresando

rápidamente a lo largo de 1980 y que alcanza ya un porcentaje medio del 7,5% dentro de la CEE. En el

comunicado se subraya que el aumento del empleo exige reforzar la estructura económica de los países

comunitarios a través de una reducción de los costes de producción y de un aumento de las inversiones.

Desde el punto de vista español, el mantenimiento o el agravamiento de la crisis no haría sino reforzar las

actitudes proteccionistas de la Comunidad y acumular las dificultades para nuestra integración.

A la espera de las elecciones francesas y de las negociaciones intracomunitarias en curso sobre la pesca y

los precios agrícolas, la posición más sensata por parte de España sería aceptar la realidad en toda su

crudeza.

renunciar a la fantasía de que la CEE se halla definida tan sólo por postulados democráticos y no incluye

también intereses económicos. Y comenzar a poner en orden la propia casa, necesitada de una política

económica y de modernización de la gestión pública que, aun sin integración en Europa, resulta

igualmente indispensable.

En cualquier caso, y para impedir que la mayor o menor celeridad del proceso de integración pudiera

convertirse en una de esas preocupaciones que nos atenazan en la inactividad, podía consolidarse un

modus vivendi con la CEE a base de renegociar el viejo acuerdo preferencial, todavía vigente, asi como

un régimen a medio plazo para la pesca u otros puntos conflictivos. La experiencia acu-mulada en un

largo proceso de tira y afloja con la CEE en los ministerios de Economía y Comercio y de Asuntos

Exteriores, junto a la adquirida intensivamente por el nuevo equipo del palacio de Trinidad, permitiría tal

vez desarrollar una negociación realista.

Un poco de fiesta

Temores realmente fundados, o rumores vertidos desde las cenagosas fuentes que se dedican en las

últimas semanas a la guerra psicológica y de nervios contra la democracia, auguraban que el 25 de marzo

iba a ser el miércoles negro de nuestro régimen constitucional. No sólo no se confirmaron esos

presentimientos o bulos, sino que anteayer fue un día de fiesta y de relajamiento para esa amplísima parte

de la sociedad española que siente afición por el fútbol.

Durante la noche del miércoles, mientras la selección española de fútbol marcaba dos goles —

conseguidos por dos jugadores vascos de la Real Sociedad en el estadio de Wembley, la catedral del

fútbol, y lograba la victoria contra Inglaterra, la opinión pública conocía, con alborozo, la liberación del

popular Quiñi, delantero centro del Barcelona, y la detención de sus secuestradores. Eran, probablemente,

las dos únicas buenas noticias que una parte de la sociedad española recibía desde la mañana del 24 de

febrero.

Ya sabemos, ya sabemos que, al fin y al cabo, el fútbol profesional es fundamentalmente un espectáculo y

que los triunfos de las selecciones nacionales de fútbol no pueden ser extrapolados, más que a expensas

del ridículo, a la condición de homéricas hazañas colectivas, al estilo de aquel directivo español que

interpretó el gol de Zarra contra Inglaterra en Maracaná, en 1950, como una venganza histórica contra la

pérfida Albión. Sin embargo, este país tiene tal necesidad de fiesta que, desde aquí, queremos levantar

acta, aunque sólo sea como testimonio sociológico, de que gracias al fútbol muchos ciudadanos se fueron

a la cama, precisamente en un día sobre el que habían llovido presagios luctuosos, alegres y felices, y algo

sorprendidos y bastante satisfechos de que tres jugadores vascos Arconuda, Zamora y Satrústegui

hubieran contribuido de forma decisiva a la victoria de la selección española de fútbol en el viejo

Wembley.

 

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