Autor: Quiñonero, Juan Pedro. 
 La bofetada de Giscard a la candidatura española a la Comunidad. 
 Los españoles, víctimas de un "monarca" francés y una ingenuidad política     
 
 Diario 16.    07/06/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

Diario16/7-junio-80

NACIONAL

LA BOFETADA DE GISCARD A LA CANDIDATURA ESPAÑOLA A LA COMUNIDAD

Los españoles, víctimas de un «monarca» francés y una ingenuidad política

Juan Pedro Quiñonero

El presidente del Gobierno español ha viajado durante diecisiete meses por todo el mundo. Sin

enfrentarse al único problema, donde se juega nuestro futuro político y económico: Europa. El presidente

de la República francesa, autoproclamado por decisión personal «monarca» de Europa, responde con su

veto al «tercermundismo» e «internacionalismo» del presidente Suárez, por razones electoralistas. Pero

los contribuyentes pagarán muy cara la incomprensión e ignorancia de la diplomacia española de la

dinámica europea.

París — El cerrojazo del presidente de la República Francesa, señor Valéry Giscard d´Estaing, al ingreso

de España en la Comunidad Económica Europea (CEE), es sólo la última y espectacular consecuencia de

un problema mucho más grave: La profunda incomprensión del Gobierno y los asesores de la presidencia

del Gobierno español, los responsables de política exterior de los partidos políticos y las asociaciones

agrícolas nacionales, respecto al «qué», el «cómo», el «cuándo» y el «quién» con los que hay que

negociar la incorporación española a la Comunidad Europea.

Las razones de Giscard

Sin duda, el señor Giscard d´Estaing ha utilizado el arma inexorable de su veto personal por motivos

electorales, políticos y económicos particularmente nacionalistas muy evidentes:

1. El señor Giscard d´Estaing desea ser reelegido presidente de la República en las próximas

elecciones presidenciales. Y desea contar con el voto de los agricultores de su país. Se trata de un motivo

y razón muy comprensibles: Todos los jefes de Estado democráticos tienen las mismas aspiraciones y

utilizan las mismas armas.

2. El señor Giscard d´Estaing se escuda en los graves problemas que plantea la gestión de la Europa

agrícola. Esos problemas son particularmente reales, y afectan a la vida cotidiana de veinte millones de

agricultores europeos, que tienen todo el derecho del mundo a defender sus intereses económicos

cotidianos.

3. Desde hace años, los agricultores franceses e italianos, básicamente, habían «advertido» que no

aceptarían el ingreso de España hasta no contar con una tremodelación» de la política agrícola que, a su

entender, defendiese sus intereses.

La fuerza política más poderosa

Los agricultores son la fuerza política mejor organizada y más poderosa de Europa. El voto agrícola es

decisivo en todo el continente. Los agricultores aseguran el poder en la República Federal Alemana (R. F.

A.) a la coalición socialdemócrata-liberal. Los agricultores del sur de Francia son seducidos por todas las

fuerzas políticas: comunistas, conservadores, socialistas, liberales. Y se disponen a votar al mejor postor.

Tal es el juego en todas las democracias: se compra el voto con promesas de acción política y económica.

La política agrícola común (PAC), por otra parte, es la arquitectura que sostiene el gigantesco edificio

financiero y político de la CEE. Se trata de la única política común existente, y ella devera más del 70 por

100 del presupuesto comunitario. El Parlamento Europeo e Inglaterra exigen, desde hace casi un año, una

remodelación en profundidad de la financiación y fisonomía política de dicha política común.

Control del voto agrícola

El señor Giscard d´Estaing fue, como ministro de finanzas francés, uno de los artífices financieros de la

actual fisonomía de la PAC. El señor Giscard d´Estaing sabe muy bien que quien controla los mecanismos

económicos de la política agrícola controla los votos de los agricultores. Todo el mundo en Europa

conoce este «a-b-c» de la guerra política cotidiana.

Oportunidad perdida

El presidente de la República Francesa ofreció a España en 1978, la posibilidad de negociar entre París y

Madrid, directamente, los problemas de la incorporación española. El señor Giscard d´Estaing, uno de los

hombres más poderosos del continente, estuvo aguardando más de un año que la presidencia del Gobierno

español considerase oportuno ir a París a negociar.

Cuando el señor Suárez llegó a París en noviembre del 79, su portavoz oficial, Josep Meliá, comentaba a

los corresponsales españoles: «Nosotros no tenemos nada que negociar en París respecto al ingreso de

España en la CEE. Eso se negocia en Bruselas. París es una capital más.»

Dieciséis meses sin negociar

Durante más de un año, toda la burocracia española se ha «empeñado» en negociar con las autoridades

comunitarias de Bruselas, siguiendo un «calendario». Ignorando olímpicamente a las organizaciones

agrícolas afectadas por la incorporación española. En quince meses de intercambio de documentos

todavía no se ha comenzado a negociar nada: y el Consejo de Ministros de la CEE continúa bloqueando el

documento europeo sobre el tema agrícola. Ni siquiera existe documento. Y París, Roma y Bonn se

disponen a negociar una nueva política agraria común.

El presidente del Gobierno, sus ministros, la burocracia española, las asociaciones agrarias españolas,

todavía no han comprendido que si desean ingresar en la CEE deben dialogar, concertarse, negociar

directamente con los afectados. Negociar con la burocracia de Bruselas, por muy selecta y distinguida que

parezca, no significa absolutamente nada.

Quien debe aceptar negociar no son los funcionarios comunitarios, siempre dispuestos a sostener

cualquier causa perdida. Quien debe aceptar negociar son los ministros de Agricultura de los Estados

europeos. Y para que negocien tales ministros son los jefes de Estado y Gobierno quienes deben dar

doctrina y consignas políticas.

Un aislamiento peligroso

El jefe del Estado francés ocupa en esa maquinaria todopoderosa un puesto capital: o se negocia con

Giscard, o España no entrará nunca en la CEE.

Convencer a Giscard es una operación muy fácil: sólo es necesario convencer a los agricultores franceses.

Ministros, agricultores y burócratas españoles han perdido su tiempo en Bruselas, menospreciando la

fuerza de presión de los agricultores franceses: ellos, como es lógico, defienden sus intereses, que

consideran amenazados.

El presidente del Gobierno español no ha negociado con el jefe del Estado francés. Los ministros

españoles no han negociado ni dialogado con los ministros franceses. Los partidos políticos españoles no

han negociado ni discutido con los partidos franceses. Sindicatos y asociaciones agrícolas españolas no

han negociado ni concertado con sus homólogos franceses. Giscard, durante más de un año, ofreció a

España la posibilidad de negociar con calma y en igualdad de condiciones: nadie le respondió.

Un peligro: el repliegue nacionalista

El señor Suárez viajó por medio mundo, y abandonó la política europea a un lugar muy secundario. Tras

un año de espera, el señor Giscard d´Estaing ha dado un cerrojazo brusco, que será un golpe duro contra la

economía española.

Francia adopta una aptitud egoísta, fría, calculadora e implacable: para defender sus intereses del modo

más inexorable, para ofrecer carne de cañón electoral a los votantes del campo, para defenderse de una

amenaza financiera cierta, para proporcionar a su jefe de Estado una plataforma política que le sirva de

maquinaria de guerra electoral. Tal es la marcha de los negocios políticos en Europa y en el mundo. No

hay otra. No haberlo comprendido costará muy caro a los ciudadanos españoles: un grave «impuesto» de

«sala de espera», un malentendido histórico que corre el riesgo de provocar un peligroso repliegue

nacionalista.

España, a través de sus gobernantes, ha cometido un grave pecado de ingenuidad política: creyendo que

podía jugar una baza «independiente». París y el jefe del Estado francés responden a la imagen imperial

que el señor Giscard d´Estaing tiene de sí mismo, creyéndose «monarca» o «presidente» de Europa.

«Puesto que los ingleses se portan mal, castiguemos a los españoles y portugueses», ironiza amargamente

el influyente «Le Monde». Los decretos imperiales y cínicos del presidente francés se apoyan en su

poder. El desconcierto e ignorancia española le sirven de pretexto para perpetrar una arbitrariedad injusta.

 

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