Autor: SERTORIO. 
   Las Fuerzas Armadas, sin tópicos     
 
 ABC.    03/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Las Fuerzas Armadas, sin tópicos

Este año, más que nunca, la Semana de las Fuerzas Armadas ha tenido un marcado sabor

popular. Se ha hecho patente la íntima unión entre pueblo y Ejército, amparada en el

ordenamiento constitucional, del que las Fuerzas Armadas son garantes (artículo octavo de la

Constitución). La estampa ofrecida por la parada militar de Barcelona, acogida en el calor de

una asistencia multitudinaria y presidida por el Rey, es prueba palpable de que hoy, arraigado

en lo más íntimo de cada español, no impera más que un poder, que no es civil ni militar, sino

simplemente constitucional.

Como resultado de la dualidad poder civil-poder militar, «los militares en España —según ha

dicho un ilustre historiador castrense— tienden, desde la I Restauración, a constituirse en

Estado dentro del Estado». Esta circunstancia, hoy afortunadamente superada, llevó a

desequilibrios y desestabilizaciones periódicas. Y como nación no podernos permitirnos

cambiar continuamente de régimen. El poder constitucional necesita contar con credibilidad

suficiente y eficacia en sus planteamientos para evitar que la balanza se incline hacia

soluciones autoritarias. Ya Jaime Balmes, en 1846, criticó la irresponsabilidad del político que

desoye el cumplimiento del deber y las desastrosas consecuencias que de ello se derivan: «No

creemos que el poder civil sea flaco porque el poder militar sea fuerte; sino, por el contrario, el

poder militar es fuerte porque el civil es flaco. Los partidos políticos se han sucedido en el

mando, ninguno de ellos ha logrado constituir un poder civil, todos han apelado al militar.»

Un serio análisis de la Historia demuestra que el Ejército español no ha sido jamás golpista.

Hasta 1874 fueron personalidades militares quienes se pronunciaron en política, y siempre

llamadas en su exilio por facciones o partidos. El Ejército, como tal, no intervino hasta 1873 en

el desmantelamiento de la I República y ante una amenaza grave a la unidad nacional. Y aun

entonces se negó en redondo a asumir el poder. Recordemos la indignación de Pavía ante

quienes le animaban a imponer la dictadura: «Sería una vergüenza que España tuviera que

llegar a esa solución.» La intervención golpista de 1923 ha de considerarse como un fenómeno

ajeno a la trayectoria histórica de nuestro Ejército, no imputable sólo a él, y que constituiría

para las Fuerzas Armadas una amarga experiencia.

Más aún: las Fuerzas Armadas han contribuido en la mayoría de los casos a la superación de

sistemas personalistas en beneficio de la libertad: en 1833, a la muerte de Fernando VIl,

facilitando el tránsito del antiguo al nuevo régimen, del absolutismo al liberalismo. Ya en

nuestro siglo (1930), haciendo viable la democratización del país tras el paréntesis de Primo de

Rivera, actitud que llevó al Ejército —pese a la honda tradición monárquica de muchos de sus

hombres— a aceptar la II República. En nuestros días, posibilitando el proceso de transición.

No debemos, sin embargo, confundir la tradición de libertad que caracteriza el quehacer

histórico del Ejército con la posibilidad de atacarte. En los últimos meses se han producido

agresiones de diversa naturaleza contra las Fuerzas Armadas. Dejando aparte la cobarde

actividad terrorista, que ha tomado como blanco de sus atentados a los altos mandos militares,

hay que condenar varios hechos: nacidos unos de ligerezas, otros de la irresponsabilidad, y

otros, finalmente, de la falta de respeto a los símbolos.

El Ejército acepta los cambios y, por supuesto, aquellos que en su misma organización vienen

exigidos por el mejor y más actualizado servicio a la patria, aun cuando contraríen en algún

caso intereses personales. Lo que las Fuerzas Armadas no soportan es el ataque

inconsiderado, ni siquiera cuando viene de un régimen militar, como fue el caso de la dictadura

nacida en 1923, que se enfrentó con sectores del Ejército que necesitaban, sin duda, ser

reformados, pero nunca agredidos. Incluso se admitió la política de Azaña, ministro de la

Guerra durante la II República. Hasta que el reformismo pasó a constituir provocación y la

tolerancia se convirtió en lógica protesta.

La tradición de libertad del Ejército no admite más pago que el aprecio y la admiración de todos

los españoles. Las Fuerzas Armadas sólo piden el derecho al honor, que caracteriza su

esencia misma. El servicio de España les impide contrariar la voluntad popular. Su espíritu de

sacrificio exige nuestro respeto. El Ejército demanda comprensión, no alabanzas vacías.

Porque no las necesita, porque no se alaba el recto cumplimiento del deber.—SERTORIO.

 

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