Autor: Morán López, Fernando. 
   La nueva posición internacional de España / y 2     
 
 El País.    21/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 19. 

EL PAÍS, martes 21 de junio de 1977

POLÍTICA

FERNANDO MORAN

TRIBUNA LIBRE

La nueva posición internacional de España

Este país tiene planteadas algunas cuestiones internacionales concretas —más o menos inmediatas-que

convendría tratar con algún detalle. Quede para otra ocasión. tal vez próxima, por imperativos de espacio.

Son problemas concretos: la situación de las plazas de soberanía en el norte de África en el contexto de la

tensión moghrebí —a la que hemos contribuido con la solución de urgencia e irreflexiva del Tratado de

Madrid de noviembre de 1975—, y la conjunción en torno a Canarias de factores internacionales poco

tranquilizadores. Junto a estas cuestiones de urgencia, la acción de España se centra en dos escenarios

geográficos próximos: el Atlántico y el Mediterráneo; en otro consustancial siempre mencionado, pero

nunca abordado con seriedad, realismo y generosidad. Portugal, y en unas relaciones privilegiadas con

Latinoamérica, así como en un haz de posibilidades en las naciones árabes.

Estos escenarios de acción internacional quedan enmarcados en una doble dimensión geopolítica, y ésta

—el dato esencial— condiciona el análisis del tema de las alianzas militares y políticas.

La Península Ibérica se encuentra en el punto de contacto del área mediterránea con el área atlántica. Esta

última se ha integrado en unas estructuras políticas y económicas; creadas las primeras sobre los

supuestos originarios de la guerra fría y destinadas a mantener congeladas las instituciones que sostienen

el modelo neocapitalista europeo. El área mediterránea no está integrada en un sistema geopolítico

propio, sino que en ella se ha establecido un equilibrio en base, esencialmente, a la presencia de dos

vectores extramediterráneos: la Sexta Flota de Estados Unidos y la presencia naval soviética.

En cuanto a los ribereños, no juegan un papel esencial en el mantenimiento del equilibrio local, que está

definido desde la perspectiva de «la estrategia global». La «estrategia global» opera —como bien ha

señalado el autor de un país que la conoce por experiencia, el brasileño Celso Furtado— reduciendo y

desconociendo los datos propios de una situación concreta y local, al introducir en su resolución factores

generales y propios de una o de las dos superpotencias, únicas capaces de tal estrategia planetaria. Las

superpotencias operan frente a los factores locales dejándoles un margen de autonomía formal cuando no

inciden en su equilibrio y neutralizando el área u operando en caliente —como gustaba de decir

Kissinger— buscando una solución a un conflicto o tensión local que restablezca el equilibrio que a ellas

interesa directamente. Es decir, configurando una solución impuesta desde fuera, sacrificando, cuando es

necesario, datos e intereses de una u otra potencia local. Esta es la esencia de la doctrina Sonnenfeld para

la Europa del Este, la razón de la inacción de los occidentales ante la invasión de Checoslovaquia o del

encogimiento de hombros soviético en el cono sur de América. Algún día se sabrá si en el momento de la

«marcha verde» no jugó una minidoctrina del equilibrio global. Frente a esta dura realidad, los países

medianos deben buscar: a) la cobertura directa de un interés local mediante la implicación inmediata y

física de una superpotencia (fuerzas americanas e inglesas en el Rhin); o, b) intentando lograr un área de

actuación y equilibrio autónomo respecto a las grandes potencias. Sin un área autónoma de actuación, una

potencia media está condenada a la satelización, entendiendo por tal el hecho de que sus respuestas a unos

hechos o tensiones determinados queden definidos automáticamente por el patrón de los intereses

generales de una potencia protectora.

El área en que España puede pretender —aunando sus esfuerzos con otras potencias europeas y

norteafricanas— un cierto juego autónomo es el Mediterráneo. Esta política es posible siempre que no

ataque directamente los intereses esenciales de las superpotencias. Una formulación de neutralización del

Mediterráneo es inadmisible para ellas y, por tanto, de momento imposible. Su formulación sería, pues,

utópica y perjudicial. Pero a las superpotencias les basta con que su presencia sea la última puesta en este

juego. No les es imprescindible el incremento de sus fuerzas o incluso el mantenimiento de su nivel

actual. Un ejemplo: decide en un negocio el que entrega la última peseta que permite cerrar el trato,

indiferentemente de que se hayan puesto sobre la mesa 10.000 o quinientas pesetas. Las dos últimas

pesetas del trato mediterráneo las depositarán por mucho tiempo los dos jugadores extramediterráneos.

Ahora bien, la disminución de la presencia militar de los extraños permitiría un mejor entendimiento entre

los países del norte de África y los países europeos del sur, incluida Yugoslavia, a la que la disminución

relativa de tensión permitiría resistir la tendencia, en el momento de la sucesión de Tito, a alinearse

decididamente en un bando. En lo que nos afecta, un escenario de conflicto en el norte de África puede

zanjarse -de no existir los correctivos de un sistema local— en contra de nuestros intereses, por la sencilla

razón de que nosotros, a la vez, estamos en el norte de África, pero no pertenecemos al norte de África

desde una concepción del equilibrio global. Prueba de ello es, como es público, pero se sabe

insuficientemente, que el tratado con Estados Unidos no nos garantiza contra un conflicto local en el norte

de África, y que las plazas de soberanía no están incluidas en la menguada garantía de dicho tratado.

Por ello es esencial para España que se vaya creando en el Mediterráneo una zona de distensión mediante

un entendimiento entre los ribereños. El destino manifiesto de estos países reside en tratar comercial y

culturalmente con los países de la CEE y, en especial, con los del sur de Europa. Pero para que la

intensificación de estas relaciones no se convierta en una relación de dependencia política —inadmisible

para países que han sido colonizados hasta hace poco— es necesario que el Mediterráneo sea una zona de

distensión. De hecho, esta política ni siquiera se acerca a una posición neutralista, porque las relaciones

entre el norte de África y Europa juegan en favor de la estabilidad de Europa occidental. El proyecto de

gasoducto entre Argelia y España —subiendo por el Este a Francia y luego hasta Colonia, y con un

posible ramal a Portugal—, que significa el mayor incremento energético para el continente, es una

prueba de esta vinculación real. La unión por un canal del Ródano con el Rhin equilibra el centro de

gravedad del complejo industrial europeo hacia el Mediterráneo.

Se trata de una visión de largos vuelos y lo importante es que España es una pieza esencial en estas

perspectivas.

España está relativa y deficientemente cubierta por dos sistemas: el general (independiente de la

existencia de ningún tratado) de la sombrilla nuclear americana. Si España es decisiva para el sistema,

España será defendida. Si es sacrificable, lo será, puesto que su defensa implicaría peligros catastróficos

para el protector. Tal razonamiento llevó a De Gaulle a propugnar la creación de una fuerza de ataque

(«frappe») propia, cuya utilización subiese la puerta al proporcionar a Francia capacidad para generalizar

un conflicto reducido, en principio, a su zona. La otra cobertura es la del tratado con Estados Unidos. Este

no cubre frente a un conflicto local en que España esté implicada.

El problema de las alianzas

¿La entrada en la OTAN cambia sustancialmente la situación?

El tema de la OTAN exige un verdadero debate nacional, que el ministro Oreja reiteradamente ha

reclamado. Voy a aportar algunas consideraciones provisionales que me complacería, como español,

pudiesen dar paso a una discusión más profunda. Esta discusión debería ser lo más precisa posible. En el

editorial de EL PAÍS del 15 del pasado mayo, al señalar cinco supuestas ventajas de la OTAN se incurría

—se trata, sin duda, de una primera aproximación— en ciertas vaguedades, apelando a factores muy

subjetivos («España se sentiría protegida», «...podría dimensionar su esfuerzo defensivo», «servir de

marco para la conciliación y negociación», «incuantificable, pero apreciable respaldo político y

diplomático...», etcétera).

Existen, en mi opinión, cuatro errores de enfoque respecto a la entrada en la OTAN:

1. No es cierto que la entrada en la OTAN sustituya a los acuerdos con Estados Unidos. No lo sustituye

necesariamente. Si se lograse esta novación, el argumento a favor de la OTAN seria serio. Pero es posible

que las bases subsistan, de la misma manera que ha ocurrido con las griegas y turcas, que datan del plan

Truman. Este es un punto a calibrar con sumo cuidado.

2. Es inexacto afirmar que la NATO es una condición o el precio que hay que pagar por la adhesión, en

buenas condiciones, a la CEE.

Irlanda es miembro de la CEE y no de la OTAN. El caso inverso es el de Noruega. El acuerdo para la

entrada en la CEE será negociado conforme a los intereses generales y sectoriales de los miembros. A los

agricultores franceses o italianos les es indiferente nuestra pertenencia a la alianza.

3. La pertenencia a la OTAN no aumenta nuestra cobertura en conflictos locales. El supuesto del tratado

es un ataque general a Occidente. La cobertura no es automática. El artículo pertinente, el cinco, prevé

consultas y medidas adoptadas en común en caso de este supuesto general.

4. A veces se dice que la entrada en la OTAN servirá de pretexto para reorganizar las Fuerzas Armadas

españolas e incluso se susurra que las hará más «europeas». Esta última afirmación no deja de ser

ofensiva para una oficialidad que está dando pruebas de alto espíritu cívico y disciplina ejemplar, que

cuenta con buen número de titulados y graduados en universidades y escuelas superiores. El ejército no

vive aislado y será tan «europeo» y democrático como lo sea la sociedad española.

Junto a estos desenfoques existen inconvenientes probables que convendría valorar y cuantificar: 1)

Probable aumento del coste de la defensa. En todo caso, la independencia a la posición española exige

una modernización de nuestras Fuerzas Armadas, cuyo coste se justifica por este fin; 2) Probablemente

consagraría el estatuto internacional de Gibraltar bajo una u otra fórmula; 3) Dificultaría la política de

autonomía relativa al Mediterráneo, que puede ser clave en nuestra política árabe; 4) Dificultaría las

relaciones con el Este, en cuyos mercados tenemos algo que hacer; 5) De establecerse en Canarias, bajo

una u otra forma, bases conectadas con la OTAN, los países radicales de la Organización de la Unidad

Africana alegarían —como ya hacen algunos de ellos— que el archipiélago es una amenaza para África

progresista, y en el Comité de Liberación de la OUA Cubillo recibiría apoyo; 6) Haría más difícil que el

Pacto de Varsovia acepte la autonomía y relativo neutralismo de Yugoslavia a la muerte de Tito.

En todo caso, es evidente que se trata de una decisión tan importante que exige un verdadero debate y una

atención intensa para que no nos encontremos los es-pañoles, como nos ocurría en las décadas pasadas,

con una decisión tomada a espaldas de la opinión.

Las repetidas declaraciones del actual ministro de Asuntos Exteriores sobre la necesidad del debate

nacional son una garantía tranquilizadora.

 

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