No, al tratado; sí, a la OTAN     
 
 Diario 16.    08/04/1981.  Página: 1-2. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

EDITORIAL

No, al tratado; sí, a la OTAN

La definición de nuestro sistema de seguridad es el primero de los grandes asuntos pendientes de la

democracia española y bien merece, en la encrucijada de la visita de Haig, el inusual rango de editorial de

primera página. Al cabo de cinco años de ajetreada transición ya es hora de que cada cual afronte sus

responsabilidades, y nosotros no vamos a eludir la nuestra.

Cuando hoy pise tierra española, Haig será el primer dirigente occidental de relieve que nos visite tras el

«happening» del 28 de febrero. Desde la perspectiva española, esta fecha queda ya lamentablemente

vinculada a la figura del secretario de listado norteamericano, pues fue él quien más ostensiblemente

«miró para otro lado» cuando tanto estaba en juego para todos nosotros.

No, al tratado; sí, a la OTAN

Es importante, pues, que su visita sirva para aclarar de qué lado se coloca la resolutiva Administración

Reagan: si con los millones de españoles que se manifestaron el 27-F a favor de la democracia o con ese 4

por 100 escaso de la población que, según las encuestas, apoyaría una nueva «tejerada».

Nosotros queremos creer en la sinceridad de las manifestaciones de apoyo norteamericano a la

democracia en España, porque valoramos muy altamente la amistad de los Estados Unidos. El

«malentendido» de aquella nefasta noche ha venido, sin embargo, a poner de relieve algo ya patente: la

cooperación política y la alianza militar entre Madrid y Washington no pueden seguir estructuradas de la

misma forma -en nuestra opinión poco digna para España- en que lo estuvieran durante el franquismo.

Esta España de los 5.000 dólares de renta «per cápita», tutelada por la Constitución de 1978, ya no es

aquel país aislado que vivía su vergonzante dictadura al margen de las instituciones occidentales y

mercadeaba con su soberanía, aceptando bases militares extranjeras a cambio de unos cientos de millones

de pesetas.

Es inadmisible que nuestra política de seguridad exterior siga basculando, casi exclusivamente, sobre un

tratado bilateral que ofrece muy pocas garantías de reciprocidad y nos coloca en una situación de

dependencia a nivel tercermundista.

Quede constancia aquí de nuestro inapelable «NO» a la renovación de un pacto que siga suplantando la

contribución de España a la defensa del mundo occidental por una relación de pleitesía hacia el admirable

país que lo lidera.

El suarismo —con su desenlace golpista incluido— empieza a desvanecerse en el pasado. Ya no hay

margen para las medias tintas y las ambigüedades con las que algunos políticos tratan de salvar la cara de

la «coherencia». España debe integrarse en el club internacional al que pertenece con todas las

responsabilidades que ello implica, pero también gozando de cuantos derechos disfrutan los otros

«socios».

Si decimos «no» al actual aislamiento, matizado por la dependencia bilateral de Washington, y si somos

lo suficientemente realistas como para descartar un utópico neutralismo que nadie nos iba a permitir

mantener, es obvio que no queda más opción a la vista sino el ingreso en la Alianza Atlántica.

No es una bandera que enarbolemos con entusiasmo, pues, desde nuestra concepción del mundo, toda

alianza militar no puede parecernos sino un mal inevitable. Pero sí es una bandera que puede alzarse con

dignidad, siempre y cuando tal ingreso sea concebido, pactado y desarrollado de forma idéntica a como lo

hicieron nuestros vecinos europeos.

Es decir, sin la adición de tratados militares bilaterales, más propios del unicéfalo Pacto de Varsovia que

de una Alianza Atlántica en la que, como bien pudo percibir Haig durante su estancia en Bruselas como

comandante en jefe, viene creándose una fuerte polaridad europea que, inevitablemente, conduce a la

colegiación solidaria de las decisiones que a todos atañen.

 

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