Estados Unidos y la OTAN     
 
 El País.    07/05/1981.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

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OPINIÓN

EL PAÍS, jueves 7 de mayo de 1981

Estados Unidos y la OTAN

LA OTAN no es un organismo feliz. Nació entre reservas de los estamentos nacionales en Europa y entre

ruidosas y muchas veces sangrientas manifestaciones callejeras. Muchos militares pensaban que la

supranacionalidad traicionaba la filosofía clásica del Ejército (la defensa estrictamente nacional), que

obligaba a compartir la afinación de las nuevas armas y los secretos esenciales, y a adoptar planes de

Estado Mayor que no correspondían a su noción de territorio; mantenían que la supranacionalidad militar

sólo podría venir después, y nunca antes que la política y la económica. En cuanto a los manifestantes

populares, temían que sus países fueran arrastrados a la guerra, que se implantase una hegemonía de

Estados Unidos y que se perdiera la oportunidad de la paz. Muchas de estas manifestaciones estuvieron

dirigidas, encabezadas y organizadas por los partidos comunistas, que obedecían casi con fe ciega a

Moscú. Pero la OTAN nació porque era una necesidad del miedo y del dinero. Había un riesgo de

expansión soviética que contener y un comunismo interior que sujetar. Después nació el organismo

adverso, el Pacto de Varsovia, destinado a ser mucho menos feliz. Ha sido una burda caricatura de los

recelos que despertó la OTAN; no sólo ha subordinado los ejércitos nacionales contenidos en él a la

hegemonía soviética, sino que ha impedido toda voluntad nacional y ha sido utilizado en, por lo menos,

dos ocasiones para invadir y destrozar las independencias de países miembros: no está todavía excluido

que no repita por tercera vez —ahora en Polonia— esta acción interna.

La OTAN no ha dejado de sufrir las consecuencias del paso del tiempo. La forma de conducción de la

economía americana ya es más competitiva que solidaria, la ausencia de guerra ha desgastado los

mecanismos psicológicos de defensa —como todas las grandes instituciones de guerra, cuando no hay

guerra, vive en la tensión y el malestar— y el peso de las obligaciones, presupuestarias y políticas, se

advierte ya más que sus indudables ventajas. Sobre todo se produce una incomodidad a medida que dos

filosofías globales se contradicen: la de Estados Unidos, a partir de los últimos tiempos de Carter y, sobre

todo, con los de Reagan y su equipo, que cree —o dice— que los motivos de rearme, alerta y riesgo no

han cesado de ser tan graves como en la época fundacional y que la forma de responder es la del rigor

máximo, y los de una mayoría europea que sostiene que el enemigo en potencia ha perdido parte de su

agresividad y que el trato con él debe ir por el camino de la detente, porque una reanudación de la guerra

fría, además, iría en contra de las necesidades económicas y sociales de la situación de crisis. Parte de las

antiguas reservas, que no han dejado nunca de existir, reaparecen con algún vigor. Hay una presión

electoral sobre los Gobiernos europeos, hay una inquietud de que el servicio a los intereses de Estados

Unidos fuerce las voluntades nacionales de países europeos que se sienten ya fuertes.

La redacción del comunicado final del Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores del Tratado celebrado

en Roma —preceptivo en primavera— revela las dos tendencias. Puede decirse que hay una importante

victoria europea —sobre todo de Schmidt— al hacer incluir un párrafo final de satisfacción porque antes

de fin de año se inicien negociaciones entre Estados Unidos y la URSS, sobre todo en el tema del

desarme. Haig, sin embargo, ha sabido vender muy bien esta concesión, porque ha obtenido algo difícil

de conseguir, esto es, una definición de los límites de tolerancia frente a la URSS, una especie de

declaración de aquello de lo que debe abstenerse el enemigo: continuar en Afganistán, invadir Polonia. El

tema de Afganistán es importante porque ratifica la tesis de Reagan de que la detente es indivisible y que

las señales de alarma deben sonar en cualquier parte del mundo, aunque no esté incluido en el «teatro»

europeo. Esto es patente también en los párrafos dedicados al Tercer Mundo y al movimiento de los no

alineados, aunque la redacción sea vacilante y ambigua: el compromiso de «reducir los riesgos de crisis»

donde «está amenazada la independencia de naciones soberanas» parece decir que, más o menos, se ha

adoptado también la idea de Reagan de que hay un Tercer Mundo amenazado directamente por la URSS y

el comunismo. Haig ha explicado una vez más que los focos de inestabilidad en Asia, África y

Centroamérica son consecuencia de la intervención moscovita; que Estados Unidos construye una política

para contrarrestar esta intervención y que la OTAN ha de apoyarle. Otro punto, en fin, satisfactorio para

Washington en esta reunión es la ratificación del compromiso de instalación de los euromisiles —572,

que podrán estar en condiciones de disparo en 1983—, principal tema de disensión con la URSS. Los

posibles puntos de negociación con Moscú conseguidos por los Estados europeos serán siempre a partir

de lo inevitable de estas instalaciones. La pretensión europea de que se fijase un calendario preciso para

las negociaciones no se ha producido: queda limitado a la frase «antes de fin de año», solamente para la

iniciación.

Desde el punto de vista político, tampoco los europeos han conseguido introducir la palabra detente como

objetivo: lo que se busca ahora es, según la frase del comunicado, una forma de «equilibrio militar

global» entre la OTAN —para lo cual se consideran imprescindibles los euromisiles, puesto que la idea

del organismo es la de que éstos no introducen un elemento nuevo, sino que equilibran los ya instalados

por la URSS y el Pacto de Varsovia. Todo hace pensar, en definitiva, que han sido, sobre todo, las tesis de

Estados Unidos y la nueva filosofía de Reagan las que han prevalecido en la conferencia de Roma.

 

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