Autor: Perinat, Santiago. 
 España y la OTAN. 
 España: 16º miembro de la Alianza Atlántica     
 
 El País.    08/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

TRIBUNA LIBRE / ESPAÑA Y LA OTAN

España: 16º miembro de la Alianza Atlántica /1

SANTIAGO PERINAT

Ahora que se recrudecen las presiones diplomáticas de EE UU para que España defina su integración en

la OTAN, pudiera ser conveniente dar un repaso a la serie de argumentos en favor y en contra de ello.

Hace casi tres años, el autor publicó un amplio trabajo, bajo el título de «La OTAN no nos necesita» (EL

PAÍS de 14-4-1978), cuyos argumentos apenas han sufrido modificación, y cuyo resumen podría ser el

siguiente:

a) Los países de la Alianza Atlántica son más ricos, más poblados y más poderosos que los del bloque

oriental.

b) La OTAN no tiene necesidad de ser reforzada por fuerzas armadas españolas de ninguno de los tres

ejércitos.

c) La OTAN necesita, en cambio, de la Península Ibérica como gran base logística de retaguardia.

Este esquema permanece prácticamente inalterable, y la única novedad habida en el tiempo transcurrido

ha sido la sorprendente (e inquietante) capacidad demostrada por los soviéticos para mantener una

economía de guerra y producir armamentos cada vez más sofisticados.

«Resulta escandaloso», decía el político gaullista francés Alexandre Sanguinetti, «que para hacer frente a

250 millones de rusos (de los que cien millones pertenecen a minorías étnicas), que se ven obligados a no

perder el control de otros cien millones de habitantes de los países socialistas, y sobre los que pesa la

amenaza de ochocientos millones de chinos, trescientos millones de europeos estén clamando por el

socorro de doscientos millones de americanos» (Le Nouvel Observateur, 20-8-1979).

Esta cita confirma, con lujo de retórica, el punto a), quizá el que suscitó comentarios más inamistosos en

su día por gentes próximas a la embajada de la calle de Serrano, 75. Pero aun el sesudo Military Balance,

esa especie de Biblia para «expertos militares» (cuyo manejo indiscriminado conduce habitualmente a

muy frívolas conclusiones), afirma en su última edición (página 111), que «los países de la Alianza

cuentan con más recursos económicos y mantienen efectivos militares algo mayores que los del Pacto de

Varsovia. Para «Ejército/infantería de marina», las cifras son 2.860.000 combatientes en la OTAN y

2.612.000 en el Pacto. Y la URSS ha de desplegar un gran número de sus divisiones y hombres en la

frontera con China». (The Military Balance, 1980-1981).)

Profesionalmente, para los militares españoles, el ingreso en la OTAN tiene un gran atractivo: es la

posibilidad de ejercer la carrera con plenitud de medios y en el marco y ambiente adecuados. A título de

ejemplo, cabría imaginar que se decidiera preparar una unidad, tipo batallón, para acudir de refuerzo a

uno de los lugares más amenazados de la OTAN: la región norte de Noruega. Un lugar abrupto, de

condiciones climatológicas durísimas, que defienden, según los planes vigentes, tres batallones de aquel

país, los que, en caso de guerra, serían reforzados de forma inmediata por marines británicos, holandeses

y, desde el pasado año, americanos. Para esa élite militar constituida alrededor de la Escuela Militar de

Montaña, de Jaca, que incluye especialistas en guerra de montaña, en operaciones especiales (guerrilleros

o comandos), paracaidistas, buceadores de combate, etcétera, sería un destino envidiable. E igualmente

acudiría gran número de oficiales y suboficiales a las brigadas aerotransportadas que podrían constituirse

en el sudeste de la Península (provincias de Alicante, Murcia, Almería y otras), armadas y equipadas para

su inmediato traslado, en caso de crisis o abierto conflicto, a los estrechos del mar Negro, otro de los

lugares críticos de confrontación.

En política interior, estas unidades, sobre las que se volcarían buena parte de los fondos librados por la

Hacienda española y casi todas las aportaciones procedentes de Bruselas, tendrían un nada despreciable

efecto adicional: el síndrome de Brunete iría desapareciendo. El enemigo, chivo expiatorio para las gentes

de armas, sería exterior, de otra etnia, y con otras creencias o inquietudes (y, si sirve de consuelo para

quienes profesan determinada ideología, con anchas espaldas). En opinión de muchos, este cambio de

mentalidad haría ya rentable la «operación OTAN».

Sin embargo, es necesario insistir en el punto b). En todas las entrevistas sostenidas entre dirigentes y

funcionarios de la Alianza con parlamentarios y periodistas españoles, poco o nada se ha hablado de la

participación de tropas españolas junto a las de la OTAN. No solamente les son innecesarias, como se ha

dicho, sino que constituirían un lastre para los otros ejércitos. Esto suena muy duro, y es un deber, por

tanto, explicarlo. Existe, ante todo, un grave problema de lo que, en términos militares occidentales, se

llama C3, de command, control and comunications (mando, control y transmisiones). Un Ejército

multinacional, con diferentes doctrinas militares, diferentes materiales y armas y diferentes idiomas es de

muy difícil manejo. Su general en jefe (un general americano, que ahora lo es Bernard Rogers y su

predecesor fue Alexander Haig) ha de ser un hombre bien templado, diplomático, algo políglota y un

tanto pragmático.

Hay además otro problema cuya exposición debe hacerse sin rubor: el nivel de instrucción y preparación

de las Fuerzas Armadas españolas está hoy día por debajo de los estándares de la OTAN. Y esto no es un

problema de dinero, ni de medios, ni de competencia profesional: ni mucho menos, de bravura. Es un

problema de management de las Fuerzas Armadas.

Santiago Perinat, comandante de Ingenieros, es asiduo articulista sobre temas militares.

 

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