Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Tercera visita a la república argentina     
 
 ABC.    11/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

TERCERA VISITA A LA REPÚBLICA ARGENTINA

EN u n a familia de gallegos y de vascos e m i g rantes, la Argentina ha estado siempre presente.

Cuatro tíos míos emigraron a Buenos Aires, como otros parientes lo hicieron a Montevideo. Pude

visitarlos a todos (los que vivían) en mi primera visita, en 1954; a finales de aquel año pasé un mes en la

capital uruguaya, con motivo de la Conferencia de la Unesco, la primera después del ingreso de España, y

en la que fuimos (en la persona ilustre de Juan Estelrich) elegidos para su Consejo Ejecutivo. De allí pasé

a Buenos Aires recorriendo Rosario, Santa Fe y Córdoba, visitando en Altagracia la casa en la que murió,

lleno de dolor de España, Manuel de Falla. Eran los últimos meses de la era peronista; mis amigos de

Acción Católica exhibían de modo militante sus insignias, y en Rosario me fue prohibida una conferencia

sobre tema tan subversivo como «Año santo en Santiago», si bien es cierto que al día siguiente se me

autorizó en Santa Fe del Litoral.

Poco más tarde, Perón, después de asilarse en la Embajada del Paraguay, y de ser escoltado desde allí a

un buque paraguayo por mi gran amigo Mario Amadeo (ministro de Relaciones Exteriores del general

Lonardi), iniciaba su larga peregrinación, con extensa recalada en España, que terminaría en la Argentina,

pero no para bien. Y, sin embargo, el peronismo o justicialismo, sin jefes ni organización, sigue siendo

una fuerza mayoritaria en el país.

Mi segunda visita fue en 1969. Estaba yo ai final de mi gestión de siete años, como ministro de

Información y Turismo, y venía de Chile de abrir la segunda Conferencia Hispano-Luso-Americana de

Turismo. Después de Lonardi había pasado Aramburu; más tarde. Frondizi, tal vez el argentino más

inteligente de su época; de nuevo, los militares; después, el apacible e inoperante presidente radical Illia,

buen médico de pueblo, a quien la presidencia le venía grande. Estaba en el Poder el teniente general

Onganía, a mi juicio, el militar que (aparte de Perón, y sin sus debilidades) mejor entendió la complejidad

de los problemas que plantea el Gobierno de una nación moderna. También comprendió que darle a la

nación argentina la fórmulas que busca en vano, desde la crisis de los años treinta, exigía tiempo. No

quisieron dárselo; en América siempre hay prisa. Ya había ocurrido «el cordobazo», y meses después los

militares, con Lanusse de hecho ai frente, volvían a debatirse en busca de una salida.

Tuvieron el valor de reconocer que no podían buscarla solos, y realizaron unas elecciones que no tenían

más salida efectiva que la vuelta de Perón.

Y Perón volvió. Veinte años después... A su llegada, a pesar de que el Ejército movilizó a 20.000

hombres, hubo en el aeropuerto varios centenares de muertos.

Todos querían acogerse a su símbolo; era un «revenant». en ei sentido de un fantasma de sí mismo y del

pasado. Su rápida muerte le impidió medir las consecuencias del larqo período en ei que ni gobernó ni

dejó gobernar.

Mi tercera visita se ha producido tras la consolidación del Gobierno militar que preside el teniente general

Videla. Tenía un primer objetivo claro: derrotar a la guerrilla revolucionaria. Lo ha logrado con ruda

energía, y de ´modo decisivo; 10.000 bajas de lo que constituye la última guerra civil argentina son un

balance grave, pero lo que estaba en juego era la victoria de la desatada violencia revolucionaria, o del

poder del Estado, Cuando hablan las armas callan las leyes; y la salvación del pueblo es la suprema ley.

La Argentina es hoy un país en paz efectiva, y sin necesidad de mantener al efecto presiones

extraordinarias; lo xque he podido comprobar lo mismo en Buenos Aires que en lugares dos mil

kilómetros al interior.

Pero surge el clásico problema de que con las bayonetas se puede hacer todo menos una cosa, que es

sentarse encima de ellas. Ninguna paz civil se consolida hasta que las espadas se convierten en rejas de

arado.

Deambulando por los espacios inmensos de un país en el que sigue vigente el lema de Alberdi, «gobernar

es poblar», pues siendo casi siete veces mayor que España, sólo tiene 26 millones de habitantes, de los

cuales casi la mitad viven en el Gran Buenos Aires; recorriendo sus llanuras interminables y subiendo a

sus montañas (que en el Norte son «cerros», aunque rebasen los 6.000 metros); contemplando sus bellos

paisajes y conversando con sus gentes acogedoras y cultas he tenido amplios motivos de meditación sobre

los grandes temas eternos, del equilibrio social y de la dinámica política.

He aquí un país lleno de riquezas, sobrado de espacios libres, sin miseria, con una amplísima clase media,

con una escolarizac i ó n muy generalizada, básicamente cristiano (están aumentando las vocaciones

religiosas) con la mayoría de los problemas que afligen a otras sociedades resueltos y que, sin embargo,

no acaba de encontrar una legitimidad constitucional efectiva y aceptada por todos.

Verdaderamente, el ser humano es de una naturaleza excepcional: que deriva de su naturaleza racional y

por lo mismo libre. Racional no quiere decir razonable sino discursivo: y libre no quiere decir sólo apto

para lo bueno sino también para lo peor. El orden social es, por ello, muy difícil; se basa en integrar no

sólo a las virtudes ideales sino a esas siete columnas de la realidad humana que son los siete pecados

capitales. El «Juicio universal», de Papini, nos muestra el drama terrible de tantos miles de millones de

hombres y de mujeres que han pasado por este mundo buscando una felicidad elusiva en medio de la

mutua incomprensión, de la envidia fatal, del odio apasionado.

¿Por qué digo todo esto? Porque cuando uno se separa un poco de lo inmediato, de la presión inmediata

de los problemas propios, e intenta ver las cosas con objetividad y sin pasión ha de reconocer que la

política es, sobre todo, un arte de sentido común, de humildad intelectual y de renuncia a los dogmas

abstractos. Las grandes palabras están muy bien; pero luego hay que resolver los problema concretos del

modo menos malo posible.

Y debemos ser, sobre todo, comprensivos con los problemas de los demás. Nada más fácil que olvidar los

fallos propios y criticar los ajenos. Dejemos a cada sociedad que resuelva sus problemas como pueda y

ocupémonos, sobre todo, de los nuestros, que no son mancos.

La segunda consideración es que todo orden social estable es un orden complejo y mixto hecho de

numerosos equilibrios. No hay una fórmula única; hacen falta muchas instituciones sociales: familiares,

empresariales, sindicales, militares, políticas; hay que jugar con todas y con todos. Estoy seguro de que la

Argentina, tras más de cuarenta años de buscar una fórmula simple, acabará por hallar la que combine a

militares y civiles, a empresas y a sindicatos, a políticos de varias orientaciones para encarar el gran

futuro que sin duda la espera.

Y nosotros, lo mismo. Y sobran las palabras. Es la hora de los hechos. Autonomías, pero dentro y para la

unidad. Partidos, pero para hacer posible un Gobierno y una oposición eficaces. Por encima de todo, paz

civil, orden, ley y trabajo. Todo lo demás son cuentos y pasos hacia el enfrentamiento total.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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