Autor: Muñoz Alonso, Alejandro. 
   Un debate inevitable (y II)     
 
 Diario 16.    27/08/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

ALEJANDRO MUÑOZ ALONSO

Un debate inevitable (y II)

En el capítulo de ayer, Muñoz Alonso hacía ver la necesidad de la incorporación de España a la Alianza

Atlántica no de puntillas y sin levantar la voz, sino con un amplio debate público. Hoy opina que el

referéndum en el tema OTAN no parece oportuno, para no escindir al país en dos mitades contrapuestas y

excluyentes, y sólo sería necesario si las Cortes no fueran capaces de llegar a una decisión.

En cuarto lugar, habría que pedir a los partidos la coherencia de su actitud respecto de la OTAN con sus

otras posiciones políticas. En el proceso de democratización de nuestro país una de las ideas-fuerza ha

sido la de nuestra definitiva europeización, llevando a sus lógicas consecuencias nuestra condición de

pueblo occidental.

Es preciso volver a nuestra mentada neutralidad de los siglos XIX y XX, ahora tan demagógicamente

elogiada, para descubrir sus aspectos negativos. Nuestra incapacidad para tomar parte en la vida europea

nos dejó fuera de los grandes movimientos y quedamos encerrados en el ghetto neutralista. Ahí están los

frutos de aquella neutralidad: marginación desde el Congreso de Viena, pérdida de influencia en «el

concierto de las naciones», crisis del 98, «tercermundización» avant la lettre y reducción al pelotón de

cola en el ranking de las naciones.

El franquismo se recreó con estos hechos y trató de diferenciarnos de una Europa «corrupta y

equivocada». Éramos otra cosa. Y tanto... Por eso, desde el primer momento, la oposición democrática

alzó la bandera de la europeización.

Tercermundismo

¿Es posible entrar en la Europa comunitaria sin adherirse a la OTAN? Teóricamente, sí. Pero conviene

profundizar. Una Europa completa sería una Europa unida también en lo defensivo. ¿Se puede dudar

esto?

En quinto lugar, y en este mismo orden de la coherencia, habría que explicar si alguien se puede tomar en

serio la opción «tercermundista» de la que Suárez parece haberse convertido en abanderado.

Cuando Nehru, Tito y Nasser lanzaron la tercera vía neutralista tenía ésta una cierta grandeza y representó

un hecho político e histórico incuestionable. Pero hoy el movimiento de los no alineados no va mucho

más allá de una sucursal del imperialismo soviético casi equivalente de lo que es la OEA para los

norteamericanos.

La fascinación de Suárez por personajes como el fallecido Torrijas o Fidel Castro, o gestos suyos como el

abrazo de Arafat o su presencia en los funerales de Tito, no deben hacer olvidar a los «tercermundistas»

que España anda por otra galaxia política.

Aquí no partimos de ninguna lucha de liberación nacional ni acabamos de salir de una etapa de opresión

colonial. Se nos oprimió desde dentro: algo mucho más vulgar que el «tercermundismo» pintado con los

colores del heroico David que se enfrenta a Goliath. En España, lo único «tercer mundista» que tenemos

es la «troupe» de los Milans, Armada, Tejero y compañía.

Equilibrio

En sexto lugar, habría que detenerse en el argumento del equilibrio: nuestra entrada en la OTAN rompería

el equilibrio entre los dos bloques a favor del occidental y en contra, claro, del Pacto de Varsovia. Lo

primero que sorprende en este argumento es la preocupación por defender unos intereses, los soviéticos,

que son evidentemente bien capaces de defenderse por sí solos.

La ruptura del equilibrio, se insiste, pondría en peligro la precaria paz de que disfrutamos. Lo chocante es

que cuando el equilibrio fue roto por los soviéticos en Cuba, en África, en Afganistán y, más o menos

indirectamente, en Centroamérica, nadie (salvo en el caso de Afganistán) levantó la voz, como si los

equilibrios tuvieran modos peligrosos de romperse y otros que no lo son.

Como en aquellos casos, nada pasaría después de ingresar España en la OTAN. Los soviéticos quizá

ayudarían más descaradamente al terrorismo, como ya amenazó Gromyko. Pero, ¿pueden ir más allá de lo

que ya han hecho como demuestra, entre otros testimonios, el libro de Claire Streling? En todo caso, si no

entramos, que sea por nuestra libre decisión y no por ceder a un indigno chantaje.

En séptimo lugar, no parece oportuno recurrir a un referéndum. Esta forma de consulta popular,

presentada a veces como el summum de la democracia, es a veces la summa demagogia. No en vano fue

Napoleón I el promotor del «invento» y Napoleón III, Hitler o Franco algunos de sus usuarios más

acreditados.

Como su propio nombre indica, el referéndum debe servir, sobre todo, para refrendar, pero no para tomar

decisiones complejas y con muchas implicaciones. La OTAN es un problema de este tipo. En la campaña

previa al referéndum todas esas complejas vertientes se oscurecerían para quedar subsumidas en un global

y pasional sí o no.

El referéndum, por otra parte, escindiría radicalmente al país en dos mitades contrapuestas y excluyentes,

los otanistas y los antiotanistas. No hagamos del otanismo o del antiotanismo banderas que envenenen

nuestra convivencia ya demasiado difícil. Lo deseable es que el Parlamento sea quien decida, incluso

exigiéndose una mayoría cualificada, si se encuentra el modo de articular constitucionalmente este

método. Está claro que la OTAN no es una cuestión trivial, pero no la utilicemos para dividir al pueblo.

Que los partidos recojan, como es su misión, las corrientes de opinión y las expresen en el Parlamento.

Sólo si las Cortes fueran incapaces de llegar a una decisión sería pensable un referéndum.

La bomba N

Finalmente, y en octavo lugar, el debate que se avecina va a ser útil y los antiotanistas van a hacer una

aportación muy valiosa: la cuestión de las condiciones. Pensamos que España debe entrar en la OTAN,

pero también pensamos que debe poner sus condiciones y negociarlas con decisión. La desnuclearización

de nuestro territorio, el tema de Gibraltar, garantías para Ceuta y Melilla, etcétera. Todo esto es razonable

y debe debatirse y, en su momento, negociarse. Pero sería de desear que los directos y los involuntarios

defensores de los intereses soviéticos llegaran, por lo menos, a la conclusión de que los intereses de

España no coinciden con aquellos.

Otro aspecto positivo del debate será el de definir claramente qué significa y qué no significa entrar en la

OTAN. Hay que dejar bien claro que nuestra adhesión a la Alianza Atlántica no supone aprobar la

agresividad de Reagan, ni su monstruosa decisión de fabricar la bomba de neutrones, ni su desastrosa

política iberoamericana. Como los otros aliados europeos, España podrá, como miembro de la OTAN,

marcar sus diferencias con las decisiones de los Estados Unidos. Y lo podrá hacer de una manera más

categórica y con una voz más audible que en su presente condición de aliado de tercera del coloso.

Nada tenemos que hacer en el limbo neutralista, ni podemos entregarnos al sueño irresponsable de la no

alineación, porque un día, sin comerlo ni beberlo, podríamos despertarnos en pleno sobresalto. Mirando

para otro lado, no se sirve mejor a la causa de la paz.

 

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