Restitución y garantía     
 
 ABC.    29/10/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

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OPINIÓN

JUEVES 29-10-81

Restitución y garantía

Adelantábamos ayer, en nuestro comentario sobre el debate plenario del Congreso a propósito del ingreso

de España en la OTAN, lo que era propia opinión respecto a determinados rasgos generales o de conjunto,

es decir, sobre las condiciones que enmarcan, nacional e internacionalmente, esta importante y soberana

decisión del Gobierno español. Y en el mismo comentario señalábamos nuestro propósito de referirnos,

con el detenimiento que el tema merece, a las palabras del presidente del Gobierno en postulación formal

de esta alternativa ante el Congreso de Diputados.

Vaya por delante nuestro reconocimiento expreso de la claridad, contundencia y precisión ofrecidas por el

señor Calvo-Sotelo en su discurso, igual en las cuestiones referentes a temas de procedimiento y de

oportunidad como en las que conciernen al fondo mismo del asunto: en su directa materialidad y en su

significación más o menos indirecta. Así, cuando el presidente del Gobierno ha dicho que «el ingreso en

la Alianza Atlántica es un caso más de restitución histórica, como tantos otros que se han resuelto desde

la instauración de la Monarquía Parlamentaria», apuntaba, según nuestro parecer, al propio núcleo de

posteriores aseveraciones.

De una parte, y en cuanto al fondo, las referidas al potencial desbloqueo del contencioso hispano-

británico sobre Gibraltar, y de otra, en cuanto a la forma, limitada y constriñente, de entender la política

exterior los partidos de izquierda. Se explica en este sentido, aunque no se justifique, la ruidosa protesta

de este sector parlamentario cuando Calvo-Sotelo, con entero acierto, señaló la incongruencia izquierdista

de postular la diplomacia residual del régimen anterior al oponerse al ingreso en la Alianza. Que la

relación hispano-norteamericana a través del bilateralismo fue un sucedáneo de pretensiones de

integración más de aquel entonces, es algo que nos parece tan claro como la luz del día. Lo que, por el

contrario, nos parece absolutamente oscuro es esa misma insistencia de la izquierda democrática en

institucionalizar tal estado de carencia diplomática, postulando por propia voluntad una limitación capital

que antes nos venía impuesta desde el exterior.

«Quedamos en su día al margen de la Alianza Atlántica, en la que normalmente hubiéramos estado, y

debemos ahora restituir a España la posición que se le negó entonces, seguros de que nuestro destino está

unido a los países occidentales de nuestro entorno» —ha dicho también Calvo-Sotelo—. ¿Por qué

oponerse, pues, a tal restitución?, ¿acaso para perder conciencia de cuál es nuestra situación?, ¿quizá para

acabar no sabiendo a ciencia cierta de qué lado del muro de Berlín estamos?, ¿posiblemente para olvidar

que «la defensa de Occidente es nuestra propia defensa»?

Ciertamente es lamentable que tanta tosquedad demagógica y tanta propaganda, intoxicante y

desorientadora, hayan impedido que una sustancial mayoría del pueblo español tuviera, sobre asunto tan

capital como el de nuestro ingreso en la OTAN, una invasión suficiente, serena y clara, como la que se

desprende de la enjundiosa síntesis expositiva desarrollada por el presidente del Gobierno ante el

Congreso de los Diputados. ¿Tan difícil es entender que nuestro ingreso en la OTAN no aumenta el

riesgo para España ni para los españoles; que es una garantía de defensa nacional y que constituye un

factor vitalísimo de disuasión; que nuestra contribución o cuota no tiene por qué rebasar el dos por ciento

de nuestro presupuesto actual de defensa; que Ceuta y Melilla quedarán mejor defendidas desde el punto

de vista militar y político; que se abren en principio mejores posibilidades para nuestra reivindicación de

Gibraltar; que el Tratado de Washington no nos obliga a tener armas nucleares en nuestro territorio; que

la integración en la Alianza Atlántica, aparte de rito superior de coherencia democrática, habrá de suponer

la culminación de las restituciones históricas debidas a España por el propio mundo occidental al que

pertenece?

Lo democrático conlleva, como precio, el riesgo de la tergiversación y de la propaganda demagógica.

Pero lo democrático, también, aporta la posibilidad de la pública transparencia y la ocasión de que lo

razonable, convenciendo, se imponga. Esta es, a nuestro juicio, la suerte que ha merecido para la opinión

pública española el discurso del presidente Calvo-Sotelo. Para nosotros no hacía falta tal persuasión, pues

hace mucho que insistimos y demandamos una formulación global y coherente para la libertad de España

y para las libertades de los españoles.

 

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