Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La dialéctica de don Leopoldo     
 
 ABC.    29/10/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPINIÓN

ABC/3

Escenas parlamentarias

La dialéctica de don Leopoldo

Hace unos días, en el hipódromo de la Zarzuela, ganó un caballo llamado «Leopoldo». Yo no sé si el

propietario bautizó al caballo con ese nombre en homenaje del señor presidente del Gobierno, pero en

todo caso es inevitable la asociación de ideas. No estuve en el hipódromo, pero de haber ido esa tarde

habría apostado por «Leopoldo», como una cortesía deportivo-política hacia el señor Calvo-Sotelo.

Porque creo que el señor Calvo-Sotelo está ganando muchas carreras, aunque haya perdido ahora su

partido la carrera electoral de Galicia.

La metáfora no es demasiado desdichada, aunque ya sé que la competición deportiva es todo lo contrario

de la competición democrática. En deporte, gana el caballo, el atleta o el equipo que mejor corre o que

mejor juega, aunque sea el menos apostado y el que cuente con menos seguidores. En el encuentro

democrático sucede al revés. Se gana por el número de hinchas, aunque se juegue peor o se corra menos.

Pero, a veces, en política el éxito deportivo va seguido del triunfo democrático. No siempre los electores

somos tan fanáticos que votamos al peor. Conviene hacer el esfuerzo deportivo, y esperar luego el

entusiasmo de los espectadores políticos. Fraga, por ejemplo, corrió todas las pruebas gallegas; ganó el

circuito de Galicia de Fórmula-1, la Vuelta Ciclista a Galicia, el «cross» de las Cuatro Provincias, la

regata de las Rías Altas y de las Rías Bajas, la maratón gallega, las pruebas de natación y hasta la carrera

de sacos. Y luego recogió el triunfo de las urnas.

En el Parlamento, con este sistema de partidos y con la disciplina del voto, las mayorías son mayorías

mecánicas, mayorías previas y de antemano. Se vence aunque no se convenza, y se pierde aunque se lleve

más razón que un santo. Pero conviene ganar primero el encuentro dialéctico, y ganar después en el

marcador electrónico. Y eso es lo que ha hecho don Leopoldo Calvo-Sotelo en el debate sobre la OTAN.

Ha ganado la carrera parlamentaria, en el terreno deportivo y en el democrático. Don Leopoldo Calvo-

Sotelo, que tiene un poco cara de caballo, aunque no tanto como don Camilo José Cela, nos ofreció la

sorpresa, desde sus primeros días de presidencia, de ser un presidente que habla. Estábamos

acostumbrados al presidente casi mudo, o lector de solemnidad, que era don Adolfo Suárez, y de repente

nos encontramos con un jefe de Gobierno que subía a la tribuna con desenvoltura, respondía a la

oposición, protagonizaba los debates y no enviaba a don Fernando Abril a explicarnos el diálogo Norte-

Sur o lo bien que iba la economía del país mediante un galimatías ininteligible, laberíntico, soporífero y

estupefaciente. El primer pasmo que nos dio el señor Calvo-Sotelo es que era un presidente ¡que habla!

En el tiempo presidencial de don Adolfo, la oposición se ejercitaba en la oratoria parlamentaria y pasaba

del balbuceo a tos pinitos de. elocuencia ante un jefe de Gobierno que permanecía en la cabecera del

banco azul como en un triclinio o en una butaca de orquesta; que enviaba sus barcos, más o menos

bamboleantes y sus barquillas más o menos desveladas a luchar contra tos elementos, y que dejaba para

don Manuel Fraga las respuestas más necesarias, justas y saludables. Don Adolfo fue un presidente de

partido lleno, de Parlamento vacío y de boca cerrada.

Hay que reconocer que la actuación parlamentaria de don Leopoldo en este debate sobre la entrada de

España en el Pacto Atlántico ha sido ejemplar. En primer lugar, ha aceptado la responsabilidad del debate,

y no ha cedido ese protagonismo a ningún colaborador, ni siquiera al ministro de Asuntos Exteriores, don

José Pedro Pérez-Llorca, a pesar de su fama política de Zorro Plateado. Y en segundo lugar, ha acudido al

Congreso pertrechado de argumentos para la dialéctica y de eficaces armas para la polémica. Don

Leopoldo Calvo-Soteto ha tenido la precaución de llegar a este debate dispuesto a improvisar, pero sin

dejar nada a la improvisación. La oposición pedía un referéndum sobre la entrada de España en la OTAN,

y don Leopoldo se sabía perfectamente no ya la Constitución, sino los debates constitucionales, y las

posiciones de sus adversarios políticos en aquellas jornadas constituyentes. La oposición, después de una

preparación artillera y publicitaria para calentar a la opinión pública, se presentaba en el Congreso con un

ancho despliegue táctico, y don Leopoldo se había estudiado las respuestas más convincentes a los

argumentos posibles.

«Tienen ustedes prisa por entrar en la OTAN», acusaban los socialistas, en un intento de aplazar la

decisión o de teñir de oportunismo electoral lo que sólo es una consecuencia lógica de nuestra situación

en Occidente. Y el señor Calvo-Sotelo extraía una ficha de su cartera y leía esa misma acusación en labios

socialistas, pero hace cuatro años. «Cuatro años de prisas ya no son prisas.» La oposición pedía un

referéndum, con argumentos que merodean por la demagogia y que se disfrazan de respeto a la opinión

del pueblo. Y don Leopoldo Calvo-Sotelo extraía otra ficha en la que quedaba de manifiesto el receto

socialista a la utilización del referéndum y al peligro que encierra como sucedáneo de la soberanía y

responsabilidad del Parlamento. Los objetores de la OTAN se vieron vencidos en el debate con las armas

dialécticas más demoledoras y también más irritantes: sus propias palabras, sus propios argumentos. Estos

de ahora quedaban así reducidos a lo que realmente son: argumentos de ocasión, argumentos de lance.

Ese divertido sintético que es Peridis ha dibujado a don Leopoldo en forma de esfinge caballar o

caballuna, montado por Ronald Reagan, que le tiene de la rienda y le tira del freno. Para que el retrato de

la batalla parlamentaria fuese completo —al estilo de Paolo Uccello— habría tenido que dibujar a don

Felipe González como otro caballo engualdrapado, montado por Leónidas Breznef. Al fin y al cabo, quien

más arrogante y amenazadoramente se ha dirigido a España, desde fuera de ella, para meterse en nuestra

real gana de entrar o de no entrar en la OTAN, ha sido Rusia. Y ningún socialismo occidental ha dado

ejemplo en ese asunto a la actitud de tos socialistas de don Felipe.

Lo demás es anécdota. Que don Santiago Carrillo quiera hacer de Europa una fuerza entre tos dos bloques

es natural. Don Santiago Carrillo no es precisamente quien debe recordamos que media Europa ya no se

encuentra en esas condiciones, sencillamente porque ha dejado de ser Europa para ser Rusia. Y que don

Fernando Sagaseta quiera llevarnos, o poco menos, al Pacto de Varsovia, también es natural. Don

Fernando Sagaseta es un canario, pero de canto aprendido.

Lo que ya no es tan natural es que después de cinco años de democracia nuestros socialistas no sepan bien

lo que quieren, si autonomías o federalismo, si mercado libre o economía estatal, si Oriente u Occidente.

Bueno, sí, hay una cosa que sí se ve bien que la quieren. Quieren gobernar. Pero no nos dicen claramente

con qué objeto.—Jaime CAMPMANY.

 

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