La confusa manifestación anti-OTAN     
 
 ABC.    17/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

La confusa manifestación anti-OTAN

La manifestación del domingo en Madrid se convocó «Por la paz, el desarme y la libertad». Pero se

trataba, de hecho, de una demostración contra la OTAN y aquí hay que señalar la primera contradicción:

en la Europa democrática, los países que defienden la libertad frente al modelo soviético lo hacen por

medio de la Alianza Atlántica. Esta es una cuestión de hecho: los doce países europeos alineados en la

OTAN participan en ella a través de sus Gobiernos socialistas, liberales o conservadores. Frente a los

movimientos pacifistas, que surgen cuando la OTAN refuerza su sistema de defensa frente al rearme

soviético, la Alianza sostiene que es ella misma, y no los manifestantes, quien defiende la paz.

El desarme unilateral, preconizado en concentraciones como la del domingo, no equivale a la paz, sino a

la anexión del oeste de Europa por la Unión Soviética.

Desde 1945 existe un orden mundial por el que la Unión Soviética ha puesto bajo su control militar toda

Europa del Este, hasta la frontera alemana. Desde entonces la Alianza Atlántica no ha realizado una sola

acción de conquista, mientras que la Unión Soviética ha invadido Hungría, Checoslovaquia y Afganistán,

y hubiera tomado Cuba sin la histórica decisión de John Kennedy en 1962. Hoy se amenaza a Polonia: el

ministro de Defensa de la URSS, mariscal Ustinov, ha recordado el 5 de noviembre último una cuestión

de principio: «No consentiremos que el orden surgido tras la segunda guerra mundial sea alterado en lo

más mínimo.» Lo que significa que en el Pacto de Varsovia no hay aliados, sino naciones a la orden.

¿Ocurre lo mismo en la Alianza Atlántica? ¿Hay que recordar el ejemplo de Francia, que en nombre de su

plena soberanía abandonó la organización militar en 1966?

Al final, es necesario recurrir a la simplicidad para enunciar la simple realidad: hay una sociedad, a un

lado de la frontera alemana, con respetables niveles de libertad y bienestar. Y hay otra, del otro lado,

donde no hay libertad y se vive mal. La Unión Soviética querría invadir las democracias industriales del

Oeste por muchas razones, sin olvidar aquellas de tono menor que enunciaba una asociación de damas

británicas: «Quieren instalarse en nuestros cines y en nuestros restaurantes, pero no como viajeros, sino

como ocupantes. Y eso, nosotras, no lo admitiremos. »

Hay una enorme máquina que funciona para preparar esta ocupación y aquí no deben despreciarse las

actividades laterales, no militares, pero indispensables: la amalgama ideológica, la confusión informativa,

la mezcla de propósitos. A los ecologistas se unen los libertarios, el leninismo se une a la helioterapia y

los antinucleares hacen frente común con los vegetarianos: todos abogan por la paz y la libertad. Y por lo

tanto, se oponen al ingreso en la Alianza Atlántica. Todo termina con la quema de una bandera

americana.

Es esa amalgama propagandística la que resulta digna de los peores años de la dictadura: ofende a la

inteligencia y muestra el escaso respeto que ciertos partidos sienten hacia la libertad del ciudadano medio.

Sin embargo, el Gobierno haría mal en adoptar una postura olímpica. El ingreso en la Alianza Atlántica es

una de las más graves, históricas y comprometidas decisiones de cuantas haya tomado este país en el siglo

XX. Es un proceso que requiere tal dosis de estudio y serenidad que da vértigo pensar cómo puede

someterse a la avalancha de lugares comunes que es, al fin, una campaña plebiscitaria.

Millares de madrileños cansados, frustrados, agobiados por la incertidumbre y la falta de horizonte,

acudirían quizá a manifestarse contra unos gobernantes que no descienden a explicar sus decisiones. Es

frente a ese hermetismo frente al que debe convocarse un verdadero debate nacional que explique la

verdad: y esto es lo contrario de un referéndum. Frente a tanto ruido informativo, hay que explicar por

qué España carece de una alternativa real de neutralidad. Por supuesto que la política de bloques es mala

y el desarme es deseable. Pero hay que mantenerse en el terreno de los hechos y no caer en la promesa de

felicidad que contienen los anuncios de ciertos detergentes. La Unión Soviética acelera el rearme y la

América de Reagan no admitirá la inferioridad militar. Los españoles no cuentan hoy con una neutralidad

posible y han de optar entre la Unión Soviética y la Alianza Atlántica. La democracia es la libertad de

optar, no la de convertir el complejísimo debate estratégico en una guerra de tópicos.

Quienes defienden la incorporación de España a la Alianza Atlántica, y no sólo el Gobierno, tienen el

deber de hacer esa gran clarificación y explicar cómo y por qué España se incorpora ahora al dispositivo

militar de Occidente. Lo contrario es renunciar a esa palabra que hoy existe a un solo lado de la línea

fronteriza: la palabra libertad.

 

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