Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   España y los problemas de la OTAN     
 
 ABC.    20/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

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ESPAÑA Y LOS PROBLEMAS DE LA OTAN

El nacimiento de la Alianza Atlántica, en 1949, fue un hecho decisivo y revolucionario en la historia de la

política exterior norteamericana y de las relaciones entre los Estados Unidos y los países de Europa. Los

americanos rompieron su tradición secular de no comprometerse en los asuntos de Europa, que todavía

una generación antes había impedido realizar el designio de Wilson de una Sociedad de Naciones, con

participación americana; y los europeos reconocieron que no podrían defenderse, ni garantizar la paz de

Europa, sin una permanente presencia militar americana en el Viejo Continente. Desde 1947 había

quedado claro, tras acontecimientos como el golpe de Praga y el bloqueo de Berlín, que la URSS estaba

dispuesta al dominio de Europa entera, si no era contenida por medios adecuados, y que era mejor que

Estados Unidos garantizara desde el principio su intervención, en vez de realizarla con retraso, como

había ocurrido en las dos guerras mundiales.

Los años siguientes (entre 1950 y 1955) contemplaron el desarrollo de la alianza, y la creación de la

OTAN propiamente dicha, como consecuencia de nuevos hechos preocupantes, tales como la guerra de

Corea y la explosión de la primera bomba atómica rusa. Alemania fue incluida en la OTAN, se estableció

el mando supremo de ésta, y tropas americanas tomaron posiciones en Europa. Se intentó una

organización europea de defensa, que dialogara con los Estados Unidos, como había ocurrido en el plano

económico bajo el Plan Marshall; pero los franceses rechazaron la idea, con el resultado práctico de

reforzar el protectorado militar de los Estados Unidos sobre Europa.

En un comienzo, los elementos básicos de la cooperación se dieron favorablemente a la OTAN. Poco a

poco, sin embargo, han ido surgiendo dificultades. Unas han sido de carácter militar, por el hecho

indudable de que la URSS ha ido reforzando su superioridad en armamento convencional, mientras

reducía la distancia tecnológica, con tendencia a una paridad estratégica. Por otra parte, ha ido cambiando

la situación y la actitud respecto del Tercer Mundo y sus problemas. Al principio, fue Estados Unidos el

que quiso mantener su libertad de acción; donde Francia veía comunistas, en Indochina o en Argelia,

Estados Unidos veía movimientos de liberación nacional. Ahora es al contrario, y mientras Europa, tras la

crisis del petróleo, se pregunta si podrá garantizar sus suministros de materias primas, es Norteamérica la

que ve comunistas (y no pueblos oprimidos) en Centroamérica y en África.

Al deteriorarse la situación económica, han surgido también intereses contrapuestos. Europa se quejó

primero de la inflación exportada desde los Estados Unidos; ahora se queja de la revaluación del dólar.

Por otra parte, al ponerse la vida más difícil, los europeos se resisten cada vez más a soportar los gastos

de la defensa. Finalmente la creación de la CEE ha llevado a un sistema de consultas políticas europeas,

que está interfiriendo con el sistema de consultas políticas de la OTAN, con tensiones crecientes (sobre

todo en relación con el Oriente Medio) entre sus respectivos resultados, como ya denunció Kissinger en

1974.

Finalmente, han aumentado las distancias culturales; América se distancia cada vez más de sus orígenes

europeos, y Europa mira cada vez menos a la sociedad americana como un modelo o unidad de vida y de

orden humano de convivencia.

El resultado global es una cierta crisis de la OTAN. De Gaulle, al rechazarse su propuesta (1958) de un

directorio político, se fue retirando, y declaró terminado «el mundo de la posguerra». Alemania fue

desarrollando su «política oriental» de modo independiente. Los grupos socialistas (menos, curiosamente,

el francés) se han vuelto a ver tentados por ideas pacifistas y neutralistas.

Subsiste, por otra parte, el hecho indudable de que la OTAN es una de las causas principales de la larga

paz de los últimos treinta años. Procede, pues, examinar a fondo la necesidad y los medios de

revitalizarla, y más que nunca hoy, en que la URSS, que se enfrenta con crecientes tensiones internas y en

los países satélites de la Europa del Este, podría tener la tentación de recurrir de nuevo al poder militar.

Lo ocurrido en Afganistán es algo más que una anécdota, a este respecto.

Europa tiene en ello el mayor interés, puesto que en definitiva ella depende más de los Estados Unidos

que a la inversa. Y tiene también interés en utilizar la OTAN como base firme de cooperación para mejor

resolver las crisis en otras partes del mundo, en lugar de pretender aislarse en la solución de sus

problemas políticos y económicos.

La adhesión de España, en estos momentos, a la Alianza Atlántica podría contribuir a un replanteamiento

de algunas de estas cuestiones. España viene a reforzar el famoso «flanco sur» y también a aportar nuevas

posibilidades de diálogo en el Oriente Medio y en el Atlántico Sur. Pensemos, pues, en grande, y no en

términos de menudeo de campanario, en medio de esta gran crisis histórica, cara al año 2000. Nunca la

pequeñez y la ruindad han hecho Historia.

Hablar hoy de incorporarse a los «bloques militares», como si de la Alianza Atlántica no formaran parte

hoy lo mismo la Francia socialista de Mitterrand y la Alemania socialdemócrata de Schmidt, exactamente

igual que la América de Reagan o la Inglaterra de Thatcher, parece poco serio. Proponer el desarme

unilateral, cuando la URSS aumenta el suyo (sin discusiones parlamentarias ni algaradas callejeras) y

domina cada año más países, es irresponsable, por no decir pintoresco. Rechacemos toda tentación de lo

que Ortega y Gasset llamó «tibetanismo»; pues al fin el Tíbet, de su aislamiento, tampoco sacó el quedar

a cubierto de las ambiciones y la violencia de los demás.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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